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Tras 57 años juntos, Paola y Valerio quisieron casarse frente a Dios

VALERIO GRASSI E PAOLA
Valeria Grassi
Los esposos con los hijos, yernos, nueras, nietos
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Porque el Señor hace maravillas, pero sin prisa y con la ayuda de la oración, de sus sacerdotes, de la fe y de los hijos. Entrevistamos a una de las hijas de la pareja, testigo y cómplice en esta historia herida y sanada

Haga click aquí para abrir el carrusel fotográfico

Buenos días Valeria, gracias por haber aceptado para nuestros lectores de Aleteia contar la historia de tus papás, que ha ocupado los titulares en los últimos días. Ellos son Valerio y Paola, 93 años él, 79 ella. Cuéntanos un poco los momentos decisivos de su vida.

Bueno, mi papá y mi mamá se conocieron en 1961, un año y medio antes que yo naciera, en Brescia (Italia).

Mi mamá es de Casale Monferrato (provincia de Alessandria, Piemonte Ndr) y estaba en la ciudad por casualidad, para ver a una amiga. A causa de una fuerte nevada no logró volver a casa como tenía pensado. Se quedó para las vacaciones de Navidad y durante este periodo conoció a un hombre, mi papá.

Él en esa época ya estaba casado, pero el matrimonio se vio seriamente comprometido. La esposa después del nacimiento de su primera hija había cambiado profundamente, estaban, como se suele decir, separados en la casa.

No puedo medir las fallas de uno u otro ni su conciencia. No tengo los elementos. De todos modos, en ese momento mi papá estaba tratando de entender y decidir qué hacer.

Y cuando vio a tu mamá por primera vez ¿qué sucedió?

Fue realmente amor a primera vista. Él tenía 36 años y ella 21.

Se enamoraron y…

En pocos meses se fueron a vivir juntos a una pensión; luego encontraron una casa precisamente en el mismo barrio donde por varios motivos ahora vivo yo con mi familia. El Señor ha querido precisamente que mi historia siga teniendo raíces ahí.

Y al año siguiente en julio nací yo, era el 1962. En esa época no existía la ley del divorcio, llegó en 1970. El inicio de una serie de leyes anticristianas, lo sabemos.

Apenas entró en vigor la esposa enseguida pidió el divorcio. Quiero especificar rápidamente algo: mis padres no eran católicos convencidos ni devotos. No tenían problema de vivir en adulterio. Nunca me di cuenta como hija, crecimos así.

A mis hermanos y a mí, nos dieron los sacramentos pero no nos llevaban a misa los domingos, nunca. Tanto es así que cuando tuve mi conversión fuerte y total, mis padres literalmente se consternaron.

Ellos se burlaban de mí, incluso; especialmente con respecto a la apertura a la vida que desde ese momento mi esposo y yo vivimos en nuestro matrimonio. Teníamos ya dos hijos, tres más nacieron, y en cada nuevo anuncio de embarazo hacían bromas y críticas.

Y, sin embargo, también ellos tuvieron cuatro hijos. Es más, cinco con la primera hija, ¿cierto?

Sí, pero no entendían. No entendían las razones de nuestra manera de vivir la familia y el matrimonio. Cuando luego fui a Medjugorje en 2011 mi fe dio otro salto. (Los cónyuges Borra forman parte del Camino Neocatecumental desde hace aproximadamente 20 años, Ndr) Al regresar seguí viviendo el amor por el Rosario y la Virgen de forma intensa y se lo propuse a todos.

Iba a casa de mis padres el domingo por la tarde y les invitaba a rezar una coronilla juntos. Digamos que estaba “exultante”… En fin, esto debió de despertar algo en ellos porque mi papá a medianoche me mandaba mensajes de WhatsApp: “Ave María…” Quería decir que estaba rezando el rosario y yo le respondí: “¿De verdad? Entonces yo lo rezo contigo.”

Otro signo que creo que les impactó lenta y progresivamente fue la oración en las comidas. Cuando nos quedábamos en su casa, mi marido siempre le daba la palabra a mi papá como cabeza de la familia. Y él siempre aceptaba y así rezaba. ¡Poco pero no nada!

Un paso atrás: ¿pero, y la primera hija de tu papá y de su primera esposa?

Fue acogida casi inmediatamente en la nueva pareja y mi mamá la amó y la crió como si fuera suya. La ama como a una hija realmente. Y nosotros somos hermanos, es mi hermana mayor. También a la esposa: Mi mamá la atendió durante muchos años y, cuando su salud sufrió achaques propios de la vejez, la  acompañó a las visitas médicas, entre otras cosas. Se ocupó de ella con amor. Hace siete años murió.

¿Y en ese momento qué sucedió?

Me dirijo a mi papá y a mi mamá y les digo, con un poco de atrevimiento pero segura de lo que nuestra fe indica como la verdad: “Ahora ya se pueden casar”. Mientras tanto les había buscado un encuentro con un buen sacerdote que les fascinaba también por cómo predicaba.

Un día estaban comiendo juntos y en un momento determinado les dice: “¡Vamos, los caso yo!” Y mi papá: “¿Qué dices, Paola? ¿Qué piensas?”

En ese momento mi madre estaba en contra. Fue mi papá siempre el que daba pasos de acercamiento, más que de regreso, a la fe. Así, mientras mi mamá permanecía en silencio, mi papá nos hacía un montón de preguntas sobre Jesús. Sobre quién era realmente, qué hacía.

Hace cinco años llegó a la parroquia don Angelo Gelmini, un sacerdote que, poco a poco, al invitar a mis padres festividad tras festividad, conquistó también a mi mamá. Les aconsejaba y estaba cerca de ellos.

En abril, anunció que sería trasladado a la curia a un puesto importante. En esa época mi mamá, que siempre había estado alejadísima de estos ambientes, empezó a frecuentar el oratorio: iba a jugar a la tómbola con sus amigas, comían pizza juntas.. Y el párroco estaba con ellas, pasaba a saludarlas. Un domingo mi mamá se acercó a don Angelo y le dijo, por su propia voluntad: “¡Antes de irse nos debe casar!”

Finalmente se abrió y se dejó acompañar en este camino.

¿Pero entonces ellos tenían, por así decirlo, la “sospecha” de que, a pesar de todo, aunque estuvieran juntos y se hubieran querido durante 57 años y estuvieran casados civilmente desde hacía 40, algo esencial cambiaría? ¡No lo vivían como una formalidad!

Exacto. Así lo sentían o lo intuían, y ese sacerdote les acompañó y educó poco a poco. Les esperaba en la misa, los formaba.

¡Un ejemplo de pastoral para los ancianos que puede hacer escuela!

Mi papá en un momento determinado pidió al sacerdote:”¿Cuándo puedo hacer la Comunión?” Y él le contestó: “Después de la boda”.

Y así llegó la tarde del 5 de septiembre de este año en el santuario mariano de la Virgen de Valverde en Rezzato.  Aquella tarde mi papá y mi mamá se casaron, aconpañados por sus hijos y nietos.

¿Cómo fue la ceremonia, cómo la vivieron ellos y ustedes? 

Fue bellísimo: Mi papá tiene 93 años y mi mamá, quince años menos. Estábamos sus cinco hijos, con nuestros respectivos esposos y todos los nietos, diez y uno en camino.

Estábamos ahí reunidos alrededor de ellos como las ramas y los frutos de ese árbol que quizá nació un poco torcido pero luego el Señor, que realiza milagros, endereza, acompaña y cuida… No fue historia romántica y superficial, sino una de hombres y mujeres frente a Dios.

“¿Valerio, aceptas a Paola como tu esposa?”. Él se gira hacia ella, la mira a los ojos, la toma de la mano y dice: “Sí”. Rompimos a llorar. Los nietos que se abrazaban a las novias se tomaban de la mano.

“¿Prometes amarla y respetarla todos los días de tu vida?” Y él:” Bueno, ¡el tiempo que me queda, sí!” 

Al final del rito mi papá vuelvo a preguntar: “¿Cuándo recibo la comunión?” Y el sacerdote les propuso que acudieran el sábado, a su última misa, “les daré la comunión en las dos especies”.

Era el 8 de septiembre. Mis papás acudieron al santuario para poder finalmente comulgar. Llegar de la mano a la iglesia. Estaba llena, pero conseguí dos sillas vacías semi escondidas, las puse juntas y les hice sentar uno al lado del otro. De repente llegó don Angelo y los llamó: “Les reservé los lugares delante, en la primera banca, ¡vengan!”

Primero pidieron confesarse precisamente con él. Y vi a mis padres ancianos acercarse al altar y volver a hacer su “Primera Comunión”.

Me contó enseguida mi papá. Y luego les dijo que fueran a misa cada vez que pudieran (son ancianos, tienen problemas en las piernas, ya no manejan). ¡Qué dulzura, qué gratitud enorme! Estoy muy agradecida y sorprendida por cómo el Señor los atrajo poco a poco a Él, usando muchas pequeñas cosas, con dulzura pero con mano segura. ¡El Señor es grande y mantiene sus promesas!

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