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¿Lo hago por los demás… o en el fondo por mí?

EGO

Andrey Krupenko - Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 27/09/18

Bajo la apariencia de un bien para los hombres pueden esconderse mi orgullo, mi vanidad, mi soberbia

Tal vez la mayor debilidad de todo hombre es el deseo de destacar, de triunfar. El deseo de ser valorado por todos y siempre.

Hoy en día se valora al que sabe mucho. Al que está bien formado. A aquel que queda por encima de los demás en una discusión.

El que cuenta es el que mejor argumenta, el que más sabe, el que más grita. El que pisa fuerte, aquel que sabe lo que quiere y entiende de todo.

Valoro al que habla bien, al que se explica con claridad. Al inteligente, al culto. Desprecio al ignorante. Paso por alto al que no destaca. Humillo al que no tiene éxito en su vida.

Me gustan los primeros puestos. Me gusta destacar, sobresalir, vencer, triunfar. El olvido y el desprecio me hieren en lo profundo.

Jesús no ve así la vida, yo sí. Para Él lo primero no es quedar por encima. Lo primero es el hombre, sus problemas, sus necesidades. No piensa en Él mismo, sino en el otro. El prójimo es el que importa.

Leía el otro día: “Lo primero para Jesús es la vida de la gente, no la religión. Al oírle hablar y, sobre todo, al verle curar a los enfermos, liberar de su mal a los endemoniados y defender a los más despreciados, tienen la impresión de que Dios se interesa realmente por su vida y no tanto por cuestiones «religiosas» que a ellos se les escapan. El reino de Dios responde a sus aspiraciones más hondas”[1].

No se fija Jesús en si el hombre cumple con todo, si tiene una vida religiosa ordenada. Va a las necesidades primeras. A su hambre, a su sed, a su enfermedad.

Lo primero es el hombre en su verdad. Ante él se arrodilla Jesús para tenderle la mano. El primero es el otro.

Los discípulos intentan pensar en sí mismos. ¡Qué difícil es dejar a un lado el propio ego! Lo experimento una y otra vez en mi pecado.

Comenta el padre José Kentenich: “Dios es amor. ¡Si estuviéramos hondamente colmados y captados por esta verdad! Dios no puede hacer otra cosa que amar, su deseo de amar es inconmensurable. ¡Si el hombre supiese despejar los obstáculos que se le oponen a esa voluntad de amar, a esa voluntad de comunicarse que tiene Dios! El único escollo es el pecado, el egoísmo, la egolatría”[2].

Mi egoísmo me cierra al amor de Dios. Quiero ser el primero. Quiero ser como Dios. Tener poder y destacar. Ocupar los primeros puestos. Mi ego, mi ansia de valer.

Mi herida por no haber sido valorado muchas veces. Cuando me despreciaron, cuando no tomaron en cuenta mi aporte.

Es como si necesitara siempre, en todo lo que hago, el reconocimiento de los demás. Me duele el alma cuando me ignoran y desprecian.

Me falta libertad interior para vivir. El ego tiene peso en mí. Más de lo que yo quisiera.

Me gustaría aceptar las críticas con humildad. Asumir los desprecios sin quejarme. Reconocer mi pobreza y alegrarme cuando soy pequeño, no cuando soy grande. Vencer a mi ego por encima de todo.

Pero sé que no es tan sencillo. Tiendo a buscarme a mí mismo incluso cuando pretendo cambiar el mundo con mi amor.

En ese momento de entrega generosa parece que soy más libre de mi yo. Pero pronto descubro intenciones ocultas que me desconciertan. ¿Hasta dónde llega mi generosidad?

El ego sale a mi paso bloqueándome la salida. Me perturba ese deseo mío de dar la talla, de estar a la altura.

No quiero defraudar a nadie, me digo a mí mismo. Tal vez una más de mis mentiras. Es a mí a quien no quiero defraudar. Es como si mi fracaso fuera un mal para otros. No, lo es para mí.

Es como la madre que sufre por el fracaso escolar de su hijo. Muchas veces no le preocupa tanto su hijo. Es su orgullo como madre el que está herido.

Y yo tiendo a hacer lo mismo. Mi ego busca el reconocimiento del mundo. Discuto con los que están más cerca tratando de ser yo el primero. ¿Quién tiene más motivos para destacar, para sobresalir?

Jesús sabe que voy hablando de mi ego. Que voy cuidando mi imagen. Bajo la apariencia de un bien para los hombres se esconden mi orgullo, mi vanidad, mi soberbia.

Yo por encima del mundo. Yo en el primer puesto sin que nadie pueda cuestionar la superioridad de mi inteligencia. Valgo. Soy más.

Me siento mejor y deseo los primeros puestos. No acepto las críticas. Me molesta el desprecio de los que me rodean. En el trabajo, en la familia, en entornos religiosos.

Mucha gente se presenta luciendo sus títulos, sus logros. También en la Iglesia. Presentan sus éxitos apostólicos. Es como si lo oculto no mereciera la pena. Hacen todo para ser vistos.

Es importante lo que los demás ven y valoran en mí. Mi entrega y mi generosidad no pueden pasar desapercibidas.

[1] José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica

[2]Kentenich Reader Tomo 3: Seguir al profeta, Peter Locher, Jonathan Niehaus

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