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¿La verdadera revolución del erotismo? El pudor, y no es broma

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La revolución sexual tiende a eliminar toda distancia entre los amantes, a mezclarles instantáneamente en una fusión en la que ya no existe el misterio. ¿La verdadera revolución? Afirmar esta distancia, el “pudor”

En un artículo anterior distinguíamos entre dos formas de eros. Un eros como tensión y falta y un eros como fusión y plenitud. La primera forma de eros confirma la condición de criatura del hombre, la segunda lo eleva al rango de un ídolo soberbio.

¿Cuál es la naturaleza de la primera forma de eros, de la que Platón y el dolce stil novo están entre los máximos intérpretes? Se trata de un eros altamente polarizado, entre el principio masculino y femenino, y por ello tenso al máximo. El eros se entiende como amor en tensión. Hoy se insiste mucho – con razón – en la diferencia esencial entre hombre y mujer, en contraposición a la paridad niveladora de las teorías del género. Pero sería un error igualmente grave confundir la acentuación de la diferencia con la absolutización de la diferencia.

La mujer de hecho no es solo complementaria al hombre, sino también suplementaria. Se podría decir que mientras la complementariedad hace posible la atracción, la suplementariedad hace posible el encuentro. La diferencia esencial, es decir, cualitativa, entre los sexos en fundamental, porque les hace complementarios. Pero no puede ser total, porque si fuese así, ya no habría una distancia entre hombre y mujer. Los dos sexos no formarían sino un solo individuo, como sucedía con el andrógino antes de que los dioses, temerosos de su poder, lo dividieran por la mitad.

Si no hubiese ninguna similitud, sería impensable encontrarse, en sentido físico o moral. Habría sólo un completamiento funcional: dos individualidades que se asocian pero que no se aman, no queriendo cada una la independencia de la otra.

Si ambos universos, el masculino y el femenino, fuesen radicalmente distintos, no podrían siquiera comunicarse. Sería trágico si no tuvieran, físicamente, cuerpos suficientemente semejantes, con partes homólogas, no del todo distintas; si, también psíquicamente, no fuesen en cierta medida intercambiables, capaces casi de hacer los mismos trabajos, de practicar los mismos deportes, de desempeñar los mismos oficios, etc.

Amar es desear formar una unidad, pero también reconocer y desear que el otro exista como otro. De lo contrario tendríamos solo una fusión que contempla la destrucción de ambos. La aspiración a la unidad es solo uno de los componentes del amor. Si amo a una persona, debo también querer que subsista independientemente de mi. Quiero que se una a mí, pero también que siga siendo otra distinta de mi. Una cierta paridad y simetría, generando tensión, alimenta el amor entre los sexos.

La personalidad es necesaria para establecer la alteridad, por eso hay que reconocer al otro en su independencia e igual dignidad, esto crea antinomia, genera tensión. La antinomia nace cuando el reconocimiento se asocia al deseo de unidad, de ser uno, una cosa sola. Desear implica complementariedad y disimetría, implica diferencia. 

El amor, cuando es sano, da lugar a una antinomia fundamental: el eros nunca puede ser satisfecho plenamente, nunca definitivamente aplacado. El eros por tanto es una aspiración a algo que no se tiene del todo. Por eso es finitud, imperfección, falta.

Esta tensión entre identidad (“yo”) y alteridad (“tu”) no es solo la condición indispensable para asegurar la naturaleza personal de la relación amorosa, es también la base indispensable de la familia.

La familia y la persona, como hemos visto, son dos realidades a destruir en la óptica de las ideologías totalitarias. Una obra de destrucción que, como recuerda Emanuele Samek Lodovici en su fundamental Metamorfosi della gnosi, puede utilizar al menos tres técnicas de disolución: 1) la vía del terror (la violencia de estado que infunde miedo y aísla a las personas); 2) la vía jurídica (el divorcio, las uniones civiles, es decir, dispositivos legales que atacan la estructura de la familia); 3) la revolución sexual.

La revolución sexual consiste precisamente en la difusión del “eros revolucionario”. En términos más concretos, la revolución sexual se propone abolir la familia por vía indirecta, intentando eliminar las condiciones que permiten su existencia. La primera entre todas es el pudor. Como decía Augusto Del Noce en la vigilia del 68, la difusión del erotismo de masa se acompañaba del “ocaso del pudor hasta casi su total desaparición”.

El pudor es exactamente ese elemento que permite diferenciar el “yo” del “tu”, como sostiene la psicoanalista Monique Selz en su libro Il pudore. Un luogo di libertà (Einaudi, Turín 2005). La comunión entre dos seres no debe sustituirse con la confusión. Un amor de fusión que aspirase solo a unirse con la persona amada sería malsano. Fundirse en una sola cosa con el amado excluye de hecho todo encuentro entre un “yo” y un “tu”. Al contrario,

encontrar de verdad al otro significa experimentar los límites, el vacío, la soledad. El amor es posible solo si en que ama y el que es amado son distintos uno del otro, y por tanto están separados. Se trata de tomar distancia de la proyección de uno mismo para reconocer al otro en cuanto tal, pero también al extraño presente en uno mismo. (M. Selz, Il pudore, Einaudi, Turín 2005, pp. 46-47)

Es la paradoja del amor: para encontrar de verdad al otro debo mantener una cierta distancia: el espacio del pudor. Es la única manera de definir los límites y trazar los espacios de cada uno. Sin pudor no hay encuentro entre los seres humanos. Hay solo un intercambio epidérmico de sensaciones y placeres que no resisten la prueba del tiempo, impidiendo la maduración de la fidelidad (y por tanto, de la familia).

No por casualidad asistimos hoy al intento cada vez más insistente de despersonalizar el encuentro amoroso haciéndolo cada vez más fluido, ocasional, momentáneo. Los sociólogos hablan de “sexo impersonal” para indicar la búsqueda – fuertemente facilitada por el ciberespacio – de relaciones sexuales con desconocidos, sin afectividad ni implicación emotiva.

En esto reconocerán hoy a los verdaderos amantes del eros: en la medida en que sean defensores del pudor.

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