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¿Se puede a la vez ser católico y liberal?

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¿Condena la Iglesia el liberalismo en su doctrina social? ¿De qué tipo de liberalismo estamos hablando?

Esta es la pregunta que el padre Robert Sirico —sacerdote católico italoamericano, presidente y cofundador del Instituto Acton— trata de responder en su último libro “Catholique et libéral, les raisons morales d’une économie libre”, de editorial Salvator (2018). Nacido en 1951 en Brooklyn, este antiguo activista de izquierdas se ha convertido gradualmente en un defensor del libre mercado y de su compatibilidad con la ética cristiana. Aleteia lo conoció durante la presentación de su libro en París

– ¿Puede uno definirse realmente como católico y liberal? ¿No es una provocación?

Por liberal, me refiero a la idea de la libertad humana que Dios nos confió cuando puso nuestro destino en nuestras manos. Tenemos que tomar decisiones, que tienen consecuencias. Una sociedad desarrollada a lo largo de los siglos tiene dos formas de organizarse: bien por la fuerza, la coerción y la violencia, como en Esparta, o bien por la libertad individual y la participación, como en Atenas.

Desde el punto de vista de las religiones, están las llamadas “coercitivas”, que utilizan la violencia para integrar a más fieles, o las que persuaden. En otras palabras, una impone y la otra propone. En el Concilio Vaticano II, a través del documento sobre la libertad religiosa Dignitatis humanae, la Iglesia anunció al mundo su intención de intentar proponer la fe y la verdad en las que cree, y ya no imponerla.

En la historia, especialmente en Francia, la Iglesia ha cometido a veces el error de querer ocupar el lugar del Estado: por eso ha perdido su sentido de la evangelización. Todavía podemos ver las consecuencias a través de la gran hostilidad de la sociedad hacia las ideas de amor y caridad encarnadas por el catolicismo en Francia.

De hecho, la sociedad laicista francesa de hoy imita en muchos aspectos el camino autoritario que antaño siguió la Iglesia. Eso es lo que quiero decir con “liberal” en este título: los individuos deben ser libres de tomar sus propias decisiones.

– Entonces, ¿sostiene usted que la compatibilidad entre liberalismo y catolicismo es real?

El catolicismo es una religión que ofrece al mundo su verdad pero no impone a la gente que la crea. En una sociedad, necesitamos tanto la libertad como la mesura. Pero esta mesura, ¿procede de las propias personas, porque creen en ciertas cosas y miden su comportamiento? ¿O viene del exterior, de hecho, por la fuerza?

El catolicismo ha alcanzado su pleno potencial cuando ha gobernado desde el corazón de los individuos, no desde los castillos y los parlamentos. Las grandes instituciones que hemos construido, como los hospitales, no fueron fundadas por una sociedad política, por un gobierno, sino por un grupo de mujeres católicas que respondieron por amor a las necesidades de los seres humanos.

Las sociedades occidentales tal y como las conocemos no habrían existido si en su historia el Estado hubiera ejercido su hegemonía sobre ellas. Ahí radica la compatibilidad entre catolicismo y liberalismo.

– Para los intelectuales liberales, la encíclica Rerum Novarum demuestra que los Papas han aprobado de algún modo la doctrina liberal… Pero al mismo tiempo, para los antiliberales, este mismo documento representa una condena de estas mismas ideas. ¿De qué se trata realmente?

En realidad, León XIII solamente condena una cierta forma de liberalismo. La prueba es que Frédéric Bastiat, un gran intelectual liberal francés, inspiró en gran medida la redacción. De hecho, el Pontífice condenó una forma de liberalismo mecánico que no se refiere a Dios. Esta es una vía del liberalismo que cree que todos los problemas pueden ser resueltos por la economía. Esto procede en realidad del mismo error que el marxismo.

La Iglesia propone un enfoque renovado del liberalismo, presente en la encíclica Centesimus annus. Se propone un nuevo liberalismo que cree en una sociedad libre gobernada por la ley y la dignidad humana.

– Pero muchos marxistas también dirán que hasta hoy solo se ha aplicado una cierta forma de comunismo…

Los marxistas no quieren entretenerse demasiado en la contribución del comunismo en la historia. Dondequiera que vio la luz y en todas sus formas, son innumerables los desastres que ha engendrado. Ya sea en Europa del Este, Venezuela hoy, Corea del Norte o China.

Por el contrario, cuando se examina la historia de las sociedades que han institucionalizado y difundido los derechos de propiedad, el libre comercio, el Estado de derecho, se ven sociedades prósperas, en las que el bienestar de los pobres se ha tenido en cuenta como nunca antes. La Iglesia condena la raíz misma del comunismo, el colectivismo, mientras que nunca cuestiona la esencia del liberalismo.

– ¿No es ingenuo pensar que una retirada del Estado generaría un comportamiento caritativo entre los individuos?

Para aquellos que crecen con un Gobierno que les proporciona zapatos y, de repente, se enteran de que ya no les proporcionará más zapatos, esto representa una tragedia. Sin embargo, esas personas se darían cuenta rápidamente de que incluso sin un Estado, ¡todos seguirían usando zapatos!

Esto es más o menos lo que ocurrió después de la caída del bloque soviético, cuando se decidió dejar de ofrecer residencias estatales a los moscovitas. Al principio, la gente estaba indignada, pensando que nadie podría encontrar un lugar donde alojarse… Hoy en día, ya no hay ninguna residencia estatal y todo está funcionando.

Los individuos no necesitan que otros individuos tomen decisiones por ellos. Si las personas son libres, pueden tomar sus propias decisiones y son libres de cooperar con otras personas. ¡Se llama vida humana y así es como funciona una sociedad! La sociedad no es esencialmente política, sino que está formada sobre todo por seres humanos que se asocian.

Por supuesto, hay que añadirle un marco, un Estado de derecho que prohíba que los individuos se maten entre sí, roben, incumplan contratos, etc. Pero la estructura general debe basarse en el principio de subsidiariedad, en el que el Estado desempeña el papel de cimiento, pero en el que los hombres son libres de levantarse por sí mismos. Tenemos una expresión para describir este enfoque en los Estados Unidos: el Gobierno nunca debe hacer por nosotros lo que podríamos hacer por nosotros mismos.

– ¿Por qué según usted los franceses son por lo general hostiles hacia estas ideas?

Los franceses se han acostumbrado a que el Estado intervenga para resolver todos sus problemas en todos los niveles de la sociedad. Tanto los políticos, que reciben muchos beneficios, como los ciudadanos que dependen del Estado para su educación y salud.

Este es también el caso de algunos capitalistas que reciben enormes subsidios del Gobierno o que se benefician de favores tales como exenciones fiscales. Como dijo Frédéric Bastiat, “el Estado es la gran ficción a través de la cual todo el mundo se esfuerza en vivir a expensas de todo el mundo”.

Así que si te imaginas un círculo de personas donde todos usan los bolsillos de su vecino, ¡funciona, pero no crea nada! Simplemente redistribuye los recursos disponibles hasta que quizás todo, tarde o temprano, se derrumbe. Por lo tanto, debemos empezar por pensar de forma diferente, este es el primer paso para salir de esta situación.

– Algunos franceses piensan que sin sanidad pública, estarían condenados a morir en la calle sin ninguna ayuda. ¿Tiene fundamento esta idea?

El primer cuidado de la salud viene de la alimentación y el agua, pero no son proporcionados por el Gobierno sino por el mercado. El problema de la sanidad pública es el propio socialismo: no sabemos realmente el precio de las cosas. La gente cree que no paga por su atención, cuando la paga a través de sus impuestos, ¡simplemente no sabe lo que representa! En estas condiciones, todo el mundo corre el riesgo de reclamar sistemáticamente lo que más cuesta y el sistema va hacia su perdición.

No conozco con precisión la situación en Francia, pero en los Estados Unidos, en las grandes ciudades, muchas personas abusan de los servicios “gratuitos”. No es raro que se llame a una ambulancia por un resfriado, y no exagero. Muchas enfermedades básicas se tratan en la sala de emergencias cuando solo requieren una visita al médico de cabecera. Todo esto se debe a que no tienen que asumir el coste de las cosas.

– ¿No es este el precio que hay que pagar para garantizar que las personas que sufren gravemente sean tratadas con rapidez?

De nuevo en Estados Unidos, no son los muy ricos o los muy pobres los que carecen de acceso a la atención sanitaria, sino la clase media. Esta última se ve abrumada por esa falta de coordinación y claridad en los costes de estos servicios. A veces interpelo a los médicos durante mis conferencias. Les pregunto el precio real de uno u otro servicio. No pueden responderme. Simplemente no lo saben debido a los subsidios del Gobierno y a la provisión de seguros.

En este sentido, el socialismo es antieconómico, porque no permite calcular el coste de las cosas y, por lo tanto, ajustarse fielmente a las necesidades. Por lo tanto, habría que dejar que el mercado regulara los precios. Conscientes del coste de las cosas, podríamos poner en marcha sistemas para ayudar a aquellos que no pueden permitirse una asistencia demasiado cara.

– ¿Es el catolicismo la condición sine qua non para que el liberalismo funcione?

Sí, exactamente, aunque el liberalismo puede abordarse de mil maneras diferentes. Creo que la mejor de ellas es la ética judeocristiana porque está enraizada en la dignidad del ser humano. Cuando se basa una estructura en este principio, se obtiene una forma humana de liberalismo que limita al Gobierno al tiempo que establece un marco social y moral para proteger a los individuos de medidas perjudiciales.

Creo que el liberalismo inmoral es tan malo para la sociedad como el comunismo. Pero también creo que el liberalismo cristiano es mucho más coherente y viable que cualquier forma de socialismo cristiano.

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