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¿Te agobia ser padre? Dios no espera que hagas esto tu solo

MOTHER,SON,BOND
Shutterstock
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Olvidamos fácilmente que tenemos ayuda divina a nuestra disposición todos los días.

No es ninguna novedad que criar a los hijos es duro. Tengo un esposo maravilloso y el apoyo de mi familia, de mi iglesia y de las comunidades escolares pero, a veces, todavía miro a mi alrededor y me pregunto en qué berenjenal me he metido.

Tengo cuatro hijos menores de ocho años y la mayoría de los días son mental, física y a veces espiritualmente agotadores. Al final del día (diantre, a veces incluso ya a las 10 a.m.), siento que he dado todo lo que tengo. Cuento las horas que faltan para que mi marido llegue a casa y me pregunto cómo lo conseguiré.

Cuando tengo los recursos para ver más allá del momento, me doy cuenta de que Dios no me llamó a ser madre y luego me dejó para que lo hiciera todo por mi cuenta. Él quiere ayudarme. El propósito de mi vocación de ser esposa y madre es acercarme más a Él, llamarle, permitirme ser receptiva a Sus gracias, que son realmente la única manera en que voy a hacer esto bien. 

He aprendido a las malas que los niños imitan todo lo que ven. Puedo decirles que hablen de forma tranquila, amable y respetuosa un millón de veces al día, pero si yo les estoy gritando, no van a entender el mensaje.

Por otro lado, si trato a los demás amablemente, hablo con caridad y expreso mi agradecimiento regularmente, ellos van a aprender a hacer lo mismo. Y porque soy una pecadora, la única manera en que puedo esperar hacer esas cosas de forma consistente es pedirle a Dios que me ayude, que llame a Dios como el Padre que es y recibir Su ayuda con los brazos abiertos y un corazón dispuesto. 

Aquí hay tres cosas que he aprendido sobre la educación de los hijos cuando redescubrí la bendición de que Dios es mi Padre:

Nunca seré demasiado mayor para disculparme

La misericordia de Dios es nueva cada mañana, pero también lo es mi propensión a mirar primero por mis intereses y a impacientarme cuando las cosas no salen como yo quiero, especialmente cuando no he dormido lo suficiente, lo cual, con un bebé, es la mayoría de los días. Disculparme con mis hijos cuando he perdido la calma les ayuda a ver que no hay situación en la que no puedan pedir perdón y que guardar rencor no hace ningún bien a nadie.

Los sábados por la tarde se convierten rápidamente en un buen barullo en nuestra casa. Sin embargo, hacer tiempo para la Confesión da mejores frutos para la semana siguiente que cualquier otra cosa que yo pueda hacer en su lugar. Este sacramento todavía me pone nerviosa a veces, pero con un examen de conciencia apropiado de antemano (me gusta este) y algún tiempo en la capilla después, siempre llego a casa más en paz, más tranquila, más paciente, más indulgente y, sencillamente, más feliz.

Cuidar de mí misma es importante

La Escritura nos dice que oremos sin cesar y que demos gracias en todas las situaciones. A primera vista, esto suena agotador e insostenible. ¿Cómo podemos rezar todo el tiempo cuando hay que preparar el desayuno, lavar los platos y la niña de tres años se ha dado un golpe en el pie?

Cuidarnos a nosotros mismos —aunque no de una manera extravagante— es crucial para servir bien a los demás. Nuestros cuerpos son regalos de Dios. Si eres madre biológica como yo, entonces conoces la experiencia incomparable de llevar otra vida dentro de ti y quizás también la de alimentar a esa vida con tu leche después del nacimiento. Si esa no es tu experiencia, o simplemente todavía no has llegado a esa etapa de la vida, nuestros cuerpos siguen siendo el medio por el cual servimos, y como tal, necesitan ser cuidados. Necesitamos buena comida; necesitamos algo de ejercicio más allá de levantarnos muchas veces en medio de la noche para volver a dormir a un pequeño; y necesitamos descanso.

Lo diré otra vez: nuestros cuerpos son dones de Dios y deben ser tratados como tales. El cuidado de nuestros cuerpos es la oración. Comer bien y dormir lo suficiente son formas de dar gracias a Dios. Cuando honramos nuestros cuerpos, honramos a Dios. No es de extrañar que nos sintamos mejor cuando lo hacemos. ¡Esto es lo que Él quiere para nosotros!

Siempre es buena idea decir gracias

Incluso si no nos gusta el regalo que hemos recibido (o el aspecto de la comida que mamá ha cocinado), responder al acto de generosidad y consideración del otro es un gesto digno de hacer. La gratitud abre nuestros corazones a la comunión con nuestros hermanos y hermanas y nos prepara para responder a las oportunidades que Dios nos da de servirle. Las cosas no siempre van a salir como queremos, pero todo puede aprovecharse como una manera de acercarnos a nuestro Padre. Él nos llama todos los días. Incluso una respuesta tímida puede ayudarnos a conformar nuestros corazones al Suyo.

No olvidemos que la misa es la acción de gracias definitiva y “fuente y culmen de toda la vida cristiana”. Incluso cuando no estoy totalmente presente, porque grito susurrando a mis hijos para que se relajen y busco un reclinatorio antes de que se golpeen contra el suelo, hay gracia en estar en la presencia de nuestro Señor en el Santísimo Sacramento. Dios quiere reunirse con nosotros donde estamos. Él quiere que pasemos tiempo en Su casa y que ese sea un lugar de consuelo y renovación. Di “sí” a Su invitación y observa cómo cambia tu vida.

Dios es mi Padre. Lo he sabido desde que aprendí el Padre Nuestro cuando era niña, hace casi tres décadas. Pero de alguna manera, cuando me convertí en madre, pensé que la mayor parte de la responsabilidad recaía en mí. Que aunque mis hijos eran regalos de Dios, era deber mío criarlos bien. La maternidad y la paternidad son una responsabilidad enorme, pero también es una oportunidad para acercarme más a mi propio Padre, para experimentar Su amor por mí en un nivel más profundo. 

Soy una esposa, una madre, una hermana y una amiga pero, antes de todo eso, soy una hija de Dios. Gracias a Dios por Su amor. Gracias a Dios por mi familia. Gracias a Dios por mi vocación y la bendición de servirle a través de estos pequeños.

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