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Cuando los monjes del siglo XII vieron la luna dividirse en dos

PHASE OF THE MOON
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Han surgido muchas teorías, pero quizás nunca sepamos la verdad

A finales del siglo XII vivió un cronista en la catedral de Christ Church en Canterbury llamado Gervasio. Aparte de los asuntos relacionados con su oficio, se sabe relativamente poco de la vida de este monje; a menudo se le confunde con alguno de los varios Gervasios de la misma época. Sin embargo, es en los registros del hermano Gervasio de Canterbury donde se encuentra uno de los pasajes más curiosos de los anales de la antigua ciudad catedralicia inglesa.

El registro declara que cinco monjes informaron de una extraña visión a Gervasio poco después de la puesta de sol de la noche del 18 de junio de 1178.

Vieron que “el cuerno superior [de la Luna] se separó en dos”. Además, escribe Gervasio, “del punto medio de la división se elevó una antorcha ardiente escupiendo, a una distancia considerable, fuego, rocas calientes y chispas. Mientras tanto, el cuerpo de la Luna, que se había retorcido abajo como si por agonía fuera, usando las palabras de quienes me informaron del suceso y lo vieron con sus propios ojos, palpitaba como una serpiente herida. Después, recobró su estado natural. El fenómeno se repitió una docena de veces o más, con la llama asumiendo varias formas retorcidas al azar y luego regresando a la normalidad. Después, tras estas transformaciones, la Luna, de cuerno a cuerno, en toda su extensión, tomó una apariencia negruzca”.

No está claro si los monjes creyeron que se trataba de una visión mística o si se atribuyó algún significado más profundo a lo que habían visto. No hay más mención de estos eventos en los registros de Canterbury. La historia, sin embargo, ha desconcertado a astrónomos y científicos, que tienen muchas teorías sobre lo que causó este avistamiento único y aparentemente aislado.

En 1976, el geólogo Jack B. Hartung propuso que la descripción se parecía mucho a lo que se habría visto durante la formación del cráter conocido como Giordano Bruno, un cráter relativamente nuevo en la cronología de la Luna.

Podemos distinguir que Giordano Bruno es más reciente gracias al vívido sistema de marcas radiales —líneas formadas por escombros tras el impacto de un meteorito— que aún hoy es evidente.

MOON
NASA - Public Domain

Dado que la Luna a menudo recibe el impacto de micrometeoritos que levantan polvo y cubren rápidamente este tipo de líneas en el satélite, podemos decir que el cráter Giordano Bruno se formó en algún momento de la historia de la humanidad y cabría la posibilidad de que se formara en 1178.

Sin embargo, hay algunas mellas en esta teoría. La creación de un cráter tan grande como el de Giordano Bruno levantaría suficientes escombros como para crear una tormenta de meteoritos de una semana de duración claramente visible en todo el mundo. Sin embargo, no existen tales registros en ninguna de las culturas astronómicas más prominentes de la época, incluyendo la europea, la china, la árabe, la japonesa y la coreana.

En 2001, Paul Withers, del Laboratorio Lunar y Planetario de la Universidad de Arizona, propuso una nueva teoría:

“Creo que estaban en el lugar correcto en el momento adecuado para mirar hacia el cielo y ver un meteorito que estaba justo enfrente de la Luna y viniendo directamente hacia ellos”, afirmó Withers. Esta idea también fue sugerida vehementemente por otros científicos en un artículo de 1977.

“Y fue un meteoro bastante espectacular que estalló en llamas en la atmósfera de la Tierra, chisporroteando, burbujeando y crepitando. Si uno estuviera en el parche correcto de entre uno y dos kilómetros en la superficie de la Tierra, obtendría la geometría perfecta”, teorizó Withers. “Eso explicaría por qué solo se documentó el avistamiento por cinco personas”.

Por supuesto, es imposible probar esta teoría o cualquier otra teoría sobre lo que vieron los cinco monjes de Canterbury. Parece tan probable que los monjes fueran testigos de una visión mística como lo sería que un meteorito estuviera en su exacto campo de visión en el ángulo justo y en el momento justo.

Cabría destacar, quizás, que, aunque los monjes usaron cuernos y serpientes para describir la escena, nunca la equipararon a un pasaje de la Biblia o afirmaron que fuera más de lo que vieron. Por otro lado, también es muy posible que Gervasio de Canterbury se limitara a registrar los hechos de lo que los monjes vieron, en lugar de sus especulaciones sobre lo que podría haber sido.

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