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¿Cómo puedo aceptar mi soledad?

LONELINESS
Benevolente82 - Shutterstock
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El mundo de hoy desprecia la soledad y al mismo tiempo la promueve. Es paradójico

Hace unas semanas Jesús les preguntaba a los Doce: ¿También vosotros queréis marcharos?. Jesús pregunta con dolor a los más cercanos. Muchos discípulos se alejan de Él porque no entiende que pueda ser Él un pan vivo que alimente a todos. No lo entienden. Tienen miedo. Se alejan. Pero los más cercanos se quedan con Jesús. Porque Jesús los ha llamado para estar a su lado.

Hoy escucho en labios de S. Pablo: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que lo aman?. Me ha elegido a mí que soy pobre. Ha elegido a los más heridos, a los más rotos. Porque son ellos los que necesitan médico, no los sanos.

¿Siento que estoy yo sano? ¿Me siento mejor que otros? Miro a Jesús y no quiero marcharme de su lado. Sé que estando con Él muchas cosas en mi vida cobran sentido. Sé que a su lado mi soledad duele menos. Esa soledad que es parte de mi equipaje. Estoy solo.

Jesús me dice que así puedo estar entero para Él. Pero yo a veces me confundo. Quiero llenar el vacío de la soledad del alma. Quiero acompañar la soledad llenándola de tantos.

El mundo de hoy desprecia la soledad y al mismo tiempo la promueve. Es paradójico. ¡Cuántas personas viven solas! La soledad vivida con alegría y como un camino para entregarme a otros tiene sentido. La soledad que se agota en sí misma y me encierra en el egoísmo, es una soledad que me hace daño.

Jesús me ha prometido que nunca estaré solo. Que Él siempre caminará conmigo, navegará en mi barca. Esa promesa es la que me da esperanza en medio de mis luchas.

Decía el P. Kentenich: ¿Qué hemos de hacer con mayor intensidad que antaño? Salir de la ermita del individualismo. Abandonar la actitud de estar siempre hurgando en nosotros. Deponer ese continuo girar en torno del mezquino yo.

Quiero dejar de lado mi individualismo, mi soledad enfermiza, mi egoísmo que gira en torno a mi yo y mis problemas. Quiero salir de mi ego para abrirme al tú. A ese hombre que sufre también la soledad y necesita que me acerque y le tienda la mano.

Estoy solo porque todos estamos solos. Hay un vacío en mi alma que sólo se llenará plenamente en el cielo. Aquí busco sucedáneos y pretendo que se calme mi sed infinita con el agua de la tierra.

Pero no basta. Ningún amor humano lo colma de todo. Es una flecha que apunta al cielo, a Dios, a ese eterno vivir el uno en el otro. Quiero ser lugar de encuentro. Un espacio amplio en el que Jesús se haga presente llenando de luz mi vida.

Quiero ser capaz de acoger y comprender. No quiero marcharme. Quiero estar cerca del que más necesita, del que más sufre. Me duele el dolor del hombre.

Horacio escribía: Si un hombre mira con amor compasivo a sus doloridos prójimos y a causa de su amargura pregunta a los dioses: – ¿Por qué afligís a mis hermanos?, sin duda será mirado por Dios con más ternura que el hombre que lo felicita por su misericordia y prospera feliz y sólo tiene palabras de adoración que ofrecer. Porque el primero habla a causa del amor y la piedad, atributos divinos y cercanos al corazón de Dios, mientras que el segundo habla por causa de un satisfecho egoísmo, un atributo bestial, que no tiene lugar en el ambiente luminoso que rodea el espíritu de Dios.

Me conmueve el dolor de los hombres y dejo mi aislamiento para comprometerme. De nada sirve mi soledad si no es para entregarla. De nada sirve mi pertenencia a Jesús si no es para amar en Él a los que sufren. Para caminar con ellos. Para no dejarlos morir solos. Para tender puentes en lugar de construir muros.

Tanta gente está sola. Porque nadie se acerca. Porque todos se han marchado de sus vidas. Tengo mucha soledad dentro del alma. Tengo mucho amor guardado que quiere entregarse. Hoy miro a Jesús en mi soledad y le digo que me quedo con Él para siempre. Para dar luz a muchos. Para dar esperanza.

Si la soledad es una de las heridas fundamentales del ministro, la hospitalidad puede convertirla en fuente de curación.

Doy vida a otros desde mi herida de soledad. Entonces compruebo que es posible vivir con esperanza mi vocación concreta. Allí donde estoy, no donde hubiera querido estar. Los sueños incumplidos pueden pesarme demasiado y quitarme la paz. Los entrego, me libero de ellos.

Tal vez no se han hecho realidad. No importa. Se los entrego a Dios. Son sueños verdaderos que puso en mi alma. Sueños de plenitud que tal vez se harán realidad en el cielo. Camino sujeto a Jesús al que pertenezco. No quiero irme, porque lo necesito.

Quiero estar con Él todos los días de mi vida. Quiero sembrar esperanza en corazones rotos. Abro mis oídos y mis labios para escuchar al que necesita ser escuchado, para hablar con palabras llenas de misericordia y esperanza. Esto es lo que le da sentido a mi vida.

Necesito aprender a consolar al que sufre, sostener al que tropieza, levantar al caído y animar al triste. Miro a Jesús que me mira esperando mi respuesta. En mi soledad estoy con Él, no lo dejo porque su vida le da sentido a todo. Su mirada sostiene mi paso frágil. Lo miro, Él me mira. 

 

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