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Se retiró Ginóbili, uno de los deportistas latinoamericanos más trascendentes de la historia

MANU GINOBILI
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Ganó encuentros sobre la chicharra, hizo tiros imposibles, las asistencias más maravillosas, los tapones más sublimes y las volcadas más violentas. Pero también fuera de la cancha fue un lujo de deportista.

Emanuel David Ginóbili dijo adiós al básquet. Todo lo que se diga por estos días para reseñar la historia deportiva de Manu quedará corto. Son horas de nostalgia y lágrimas para los amantes del deporte en la Argentina, en San Antonio Estados Unidos, y en una buena porción del mundo hispano.

Para los argentinos, Ginóbili fue el primer deportista que mostró que todo era posible; no consolidó un camino de años como acaso los tenistas que ganaron la Davis. Ginóbili fabricó el camino, lo terminó, lo engrandeció, y lo dejó listo para que otros lo recorran.

Para los latinoamericanos, la NBA era algo disputado allá lejos en el olimpo que llegaba una vez por semana en un programa de televisión con las mejores jugadas, en general aquellas de Michael Jordan. El máximo orgullo podía llegar a ser que un periodista le pregunte a uno de esos enormes titanes qué conocía de nuestros países y en el caso de la Argentina, por ejemplo, que responda la gentil respuesta: “la carne”.

Ginóbili trituró ese lugar común y torció el rumbo de la historia, no sólo para los argentinos, sino para todos los iberoamericanos. Porque antes de los Gasols a él le tocó mostrar que los extranjeros que hablamos esa lengua tan popular en Estados Unidos estamos llamados para cosas muy grandes.

 

 

Fue parte de una generación dorada, del unánimemente reconocido como mejor equipo de la historia del deporte argentino. Con Luis Scola, Andrés Nocioni, Fabricio Oberto y varios más encadenaron diez años de máximo rendimiento en la élite del deporte. En el mundial de Indianápolis, por primera vez, esa selección argentina de básquet logró vencer a un seleccionado de Estados Unidos integrado por jugadores de la NBA; y en su casa.

Eso no ocurría desde que los americanos habían conformado el glorioso Dream Team. Dos años después, en los Juegos Olímpicos de Atenas, con un Dream Team integrado por auténticas estrellas de la NBA, EEUU volvió a perecer contra esas fieras lideradas por un indómito Ginóbili. Y ganó el oro olímpico, ese que le era esquivo a las tierras gauchas por décadas. Ese que por horas nomás fue compartido con el fútbol, pero se sabe que el fútbol sudamericano está llamado a grandes cosas. Lo de aquella selección argentina de básquet fue descomunal.

Así Manu fue presentado en San Antonio, su equipo, su hogar. Le tocó ser el tercer argentino en debutar en la NBA, pero el primero en realmente trascender, en liderar, en golear. Fue cuatro veces campeón de la NBA; siempre con la misma camiseta. Fue dos veces elegido para el juego de las estrellas en el puesto más difícil y compitiendo con glorias como Kobe Bryant.

Le tocó ser sexto hombre, y prácticamente reivindicó ese rol, siendo el hombre que energizaba los encuentros cuando el ímpetu inicial comenzaba a caer, y casi nunca faltando en los momentos claves, cerrando los partidos. Salir del banco no le molestó, consciente de que lo importante era servir al equipo. Con los Spurs, fue parte del tridente más importante de su historia, con Tim Duncan a la cabeza y el base francés Tony Parker.

Ganó encuentros sobre la chicharra, hizo tiros imposibles, las asistencias más maravillosas, los tapones más sublimes y las volcadas más violentas. Pero también fuera de la cancha fue un lujo de deportista. No dejó nunca de sacarse fotos y saludar a los argentinos que hicieron el inmenso esfuerzo de viajar hasta la recóndita Texas para verlo. Casi nunca hizo declaraciones políticas.

Rehusó de homenajes y honores de las estrellas, al punto de sentirse realmente un foráneo en los Juegos de las Estrellas que disputo. Incluso, en los últimos años, hasta pidió encarecidamente que no lo elijan para ese evento anual de los mejores. Nunca una polémica, nunca una noche de alcohol, siempre prolijo, siempre a tiempo, siempre respetuoso y alegre con la prensa, siempre modesto en sus declaraciones aún tras las noches más fantásticas, siempre mostrándose austero aún con fortunas.

Para tomar la decisión final se tomó su tiempo. Varios meses de vacaciones con su familia, ese refugio sin el cual nada hubiera sido posible, como más de una vez dijo. A su esposa y sus tres hijos los tuvo presentes en cada declaración pública, y en ellos pensó a la hora de consumar esta difícil decisión de retirarse cuando aún, pese a sus 41 años, todos sabían que algo de gasolina quedaba en el tanque.

Las comparaciones son siempre odiosas. No se pueden comparar peras con manzanas. Pero Ginóbili logró ser reconocido por sus valores humanos como Roberto De Vicenzo, por su fidelidad al entrenamiento y el método como Guillermo Vilas, por su liderazgo y competitividad como Diego Armando Maradona, por su constancia como Juan Manuel Fangio… En la mesa de los grandes, son muchos los periodistas que por estas horas piden que sea Manu el que se siente en la cabecera de esa mesa con los más grandes del deporte argentino.

Kobe Bryant, Scottie Pippen, David Robinson, Lebron James, Stephen Curry, entre tantos otros se deshacen por estas horas en elogios para despedir del deporte a un latinoamericano. Sí, a un tipo nacido en tierras americanas que habla la lengua de Cervantes. Le reconocen, le agradecen, le elogian, dicen que fue para ellos inspiración… Si es que estos años de Ginóbili en la NBA fueron un sueño, lamentablemente, es hora de ir despertando.

Se retira Manu, un grande del deporte latinoamericano, en todos los sentidos.

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