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Telenovelas: ¿Portaaviones de la ideología de género?

TV
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Todo es parte de una estrategia de poder y los medios una herramienta indispensable

Las telenovelas son un recurso invaluable para la función de entretenimiento a que el medio radioeléctrico está obligado en una sociedad. Pero a través del entretenimiento también se difunde modelaje y se transmiten valores o antivalores. La telenovela, la serie, los unitarios, son todos canales de comunicación absolutamente privilegiados para este propósito.

La telenovela fue precedida, al menos en América Latina, por la radionovela originada en Cuba. Eran tiempos conservadores en donde guionistas y productores se decantaban por las historias que reflejaban los amores incomprendidos, las diferencias sociales, el éxito y el fracaso desde el punto de vista de escritores como Félix B. Caignet (El Derecho de Nacer) en los cuales el elemento raza y posición social signaban sus argumentos.

Sus historias salían de los problemas reales de la gente, de las contradicciones sociales, de las angustias y anhelos humanos o de las represiones y carencias de cada sociedad. Es común en las siempre exitosas novelas mexicanas la violencia contra la mujer, a la que subyace una profunda inseguridad masculina en sociedades matriarcales; o en general la infidelidad matrimonial, un ingrediente infaltable de esos caldos dramáticos, que esconde reales problemas de pareja sin la experticia o el coraje para enfrentarlos.

Siempre la telenovela, como aquellos géneros musicales cuyas tonadas y letras salen del alma misma del pueblo, de una manera u otra muestra las perversiones, bondades y dilemas de nuestros tiempos. Por algo se les llama “dramáticos”. El drama que abarca casi todo el espectro capitular para dar paso al desenlace, que es lo que mantiene al público enganchado y que, usualmente, disipa las dudas, saca a flote las verdades escondidas, alivia tensiones, venga los agravios y pone a ganar al bien sobre el mal. Ese es el esquema básico. No puede faltar el malvado que martiriza a los demás durante todo el ciclo, ni un caso de corrupción, ni un episodio violento, ni un lío amoroso. Lo truculento es el plato fuerte. Es el morbo lo que “amarra” y lo que vende. Ver la caída de “los malos” y disfrutar la reivindicación de los buenos es el merecido clímax, el premio a la constancia de seguir capítulo a capítulo. Hay guionistas tan hábiles que consiguen la lealtad total, el clamoroso éxito de sintonía.

 

En nuestra América Latina, bastante pudorosa y familiar, con leyes y normativas que regulan los contenidos de la TV, es cuesta arriba proyectar abiertamente antivalores o soltarse el moño en eso de ponderar la diversidad sexual o mucho menos hacer referencia a casos de abuso de menores, de paso, tan frecuentes en nuestro mundo secular que dejan pálidas las cifras eclesiales, aunque el escándalo sea mayor.

Otros países (europeos, básicamente) se han aventurado más lejos. Pero sí es notoria la presencia de personajes homosexuales en los elencos de nuestras telenovelas a partir de los años 70. Y en esto hay un detalle importante: extrañamente se ahondó en el conflicto humano con fines orientadores sino que se hacía burla cruel de su condición reduciéndolo al hazmereír de la novela. Hay que decir que excelentes actores representaron estos roles con una maestría tal que frecuentemente el mencionado papel se convertía en el atractivo mayor de la telenovela. Y eso iba domesticando a la audiencia.

Ciertamente, la sociedad iba cambiando, abriéndose a ciertos planteos, desechando tabúes y plastilinizando su manera de ver ciertas cosas. Es así como encajaban estos simpáticos personajes en la cotidianidad de la televisión y todo ello fue reforzando esa docilidad, no siempre facilitando la comprensión del fenómeno en toda su significación sino, simplemente, ablandando las mentes y abriendo el camino para lo que hoy es uno de los mayores fraudes de la humanidad: la ideología de género.

No corresponde, por supuesto, a la telenovela la responsabilidad de explicar a fondo y formar las conciencias, pero tampoco el ejercicio banal de manipular a conveniencia las contradicciones que envuelven el drama de la vida real.

Cierto es que la telenovela cumple una función social muy importante, que sus éxitos implican el trabajo arduo y encomiable de equipos humanos meritorios y que ha logrado resaltar valores sobre los cuales se asientan nuestras sociedades, como el amor, la solidaridad, la generosidad, el esfuerzo como generador de riqueza, el sentido trascendente del ser humano. Pero también lo es el que, siendo positiva la contribución a la crítica, la búsqueda y la apertura de mente frente a las más inquietantes incertidumbres de la persona, si está de por medio el puro beneficio siempre existe la tentación de optar por lo más rentable. Y el morbo es rentable.

Es mucho el productor o ejecutivo de TV que, inmersos ellos mismos en su propio drama, estimulan la manipulación de estos temas como un desahogo, pero también como una concesión al relativismo. Esa es la manera como son las cosas, eso es lo que debemos reflejar. No entra en consideración la responsabilidad mediática de abordar un asunto serio desde una perspectiva compasiva y desideologizada.

El argentino Jorge Scala, en conferencias en Madrid en 2011, se extrañaba del desconocimiento que existe de esta ideología “que es más dañina que la Nazi o el Marxismo, porque la Ideología de Género destruye la parte nuclear de la persona, su antropología sexual”. Hizo una afirmación que confirman los cada vez más numerosos homosexuales que públicamente se confiesan indignados y profundamente heridos por la utilización que el lobby gay hace de ellos: “el verdadero objetivo de la Ideología de Género -continúa Scala- es eliminar la capacidad de conocimiento personal sobre lo que cada persona es en sí mismo de forma cierta y no supuesta”.

Uno de los aspectos que más preocupa usualmente a los padres de familia es quién o qué está detrás de promover esta ideología. Y en realidad pareciera que no hay nada ni nadie específicamente responsable de la implantación de la Ideología de Género, sino que se ha convertido en una planificación política que, de acuerdo a quienes siguen el asunto, principalmente desde la ONU se extiende como sistema de poder global. Obviamente, los medios de comunicación son principalmente el espacio a penetrar. Y la telenovela, si se deja, la punta de lanza.

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