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¿Por qué me enfado tanto? ¿Cómo evitarlo?

George Rudy / Shutterstock
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Mi dignidad está unida a la humildad, a la mansedumbre y a la paciencia. Y solo así podré soportar a otros con amor, mantener la paz y construir la unidad

No quiero que pierda fuerza en mí la palabra dignidad. Tiene que ver con reconocimiento del propio valor. Me habla de una coherencia de vida.

Quiero mantener la dignidad en todas las circunstancias de mi vida. No todas serán dignas, pero en ellas mantendré yo la dignidad.

Tiene que ver con mi conciencia de hijo de Dios. Soy amado por Él. Me quiere con locura y me da una dignidad que no tengo yo de nacimiento.

Una persona puede perder la dignidad de muchas maneras. Puede perderla cuando se rebaja para conseguir algo. Cuando pierde su honor y su nombre por dejarse llevar por los demás, por lo que la gente espera de él.

Hoy me dice san Pablo que lleve una vida digna: “Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad de Espíritu con el vínculo de la paz”.

He sido llamado por Dios. Soy su hijo. Soy hijo de Rey. Y entonces me dice que mi dignidad está unida a la humildad, a la mansedumbre y a la paciencia. Y solo así podré soportar a otros con amor, mantener la paz y construir la unidad.

La verdad es que mi vida quiere ser digna. Pero en ocasiones veo a otros más dignos que yo. Yo me siento indigno. Me veo pequeño y pecador a los pies de un Dios todopoderoso que me mira con cierta impaciencia.

Dios me devuelve siempre la dignidad perdida. Me hace sentir que valgo, que mi vida merece la pena.

He sido llamado a una vocación muy especial. Dios me quiere como soy. Ama mi pobreza y se alegra al verme llegar hasta él.

Él me hace digno cuando yo no me siento digno. Y entonces, en esa dignidad, estoy llamado a vivir con humildad, paciencia y mansedumbre.

Siempre me admiro al pensar en esas actitudes de vida. Me impresionan las personas mansas que nunca estallan en arranques de ira. Saben contener sus emociones.

Reaccionan con mansedumbre ante peticiones exageradas. No se violentan. Mantienen la paz. Son pacientes y humildes.

Miro esas actitudes como un ideal que no tengo. Me gustan las personas que son así. Pero yo mismo me veo tan lejos…

Mi orgullo me puede en muchas ocasiones y no mantengo la paz. Mi rabia, mis celos, mis envidias, mis odios, son caldo de cultivo para mis reacciones airadas. ¿Cómo podría mantener la paz?

Miro esas actitudes y veo que no son las que hoy predica el mundo. Para triunfar en la vida no basta con ser manso y humilde. Hace falta quizás orgullo, fuerza, pasión por la vida.

El mundo me vende otros valores distintos a los de Jesús. Me gustan más lo de Jesús. Sé que con esos valores seré más feliz.

Arthur Ashe, el legendario Jugador de Wimbledon, se estaba muriendo de Sida. Comentaba: “Si la riqueza es el secreto de la felicidad, los ricos deberían estar bailando por las calles. Pero sólo los niños pobres hacen eso. Si el poder garantiza la seguridad, los VIPs deberían caminar sin guardaespaldas. Pero sólo aquellos que viven humildemente, sueñan tranquilos. Si la belleza y la fama atraen las relaciones ideales, las celebridades deberían tener los mejores matrimonios”.

No soy más pleno siendo rico y poderoso. Tendré miedo a perder mis seguridades y posesiones. Jesús me pide que renuncie a todo lo que me pueda quitar la paz. Para ser yo un constructor de paz.

Así de sencillo. Podré unir desde la mansedumbre y la humildad. Con un corazón sencillo sin pretensiones.

No sé bien cómo educarme en el mansedumbre. La violencia es algo que brota en mí con rapidez. Estalla en un segundo y no controlo su furia. Súbitamente toma posesión de mi voluntad. Y dejo de ser dueño de mí mismo.

Pensar en ser manso me parece como un deseo elevado que requiere volver a nacer. Cuando me ofenden. O soy víctima de una injusticia. Cuando hablan mal de mí, con o sin razón. O me exigen más de lo que puedo dar. Cuando se burlan de mí y me ofenden. ¿Cómo puedo parar la violencia que brota dentro de mí como la lava de un volcán? No lo sé.

Quisiera ser manso de corazón y así evitar reacciones que no deseo. Luego tendré que pedir perdón. Sanar la herida causada. Recomponer los eslabones rotos. Volver a empezar. Y todo porque no se detuvo antes de salir esa rabia contenida.

¿De dónde nace la rabia que tengo? Yo mismo no me reconozco cuando estallo y pierdo la paz. Acabo diciendo cosas que no quiero decir. Hiero con mis palabras y mis gestos. Puedo llegar a herir hasta con mis manos.

¡Qué fácil traspasar fronteras que rompen vínculos profundos! Es tan fácil herir y tan difícil sanar. La violencia anida en mi interior y se alimenta de sentimientos de frustración y de rabia.

He experimentado el rechazo, me han ofendido quitándome la dignidad. Han socavado los cimientos de mi autoestima. He guardado muchos rencores que no logro perdonar. Y súbitamente estalla la ira en mi interior. A veces sin una razón justificada.

Una ira que rompe la paz, la unidad, el amor. Una ira apegada a mi orgullo que no quiere perder siempre.

¡Qué difícil ser manso, humilde y pacífico! Se lo pido a Dios. Que limpie mi corazón de rencores y odios. Que acabe con mi rabia. Que me dé su paz.

Yo solo no puedo ser todo eso que me pide. Él me da la dignidad y me hace manso y humilde.

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