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¿Cómo fue la evangelización de los indios americanos?

JESUITS
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Pere Marquette and the Indians (1869) by Wilhelm Lamprecht, at Marquette University
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La Compañía de Jesús ha desarrollado en el continente un fuerte compromiso con la justicia social el cual arrancó cuando, a finales del siglo XVI, comienza su presencia en tierras americanas. Y se mantiene...

Todos los investigadores coinciden en que nuestras tierras, cuando se produce la llegada de los primeros misioneros eran – aunque hermosas y exuberantes- inhóspitas y salvajes, lo cual hacía más duro y riesgoso el trabajo de llegar e instalarse.

Para nadie es un secreto que muchos colonizadores en el Nuevo Mundo veían a los indios como salvajes, por lo que sus métodos para con ellos eran brutales. Los trataban y vendían como esclavos.  Bartolomé de las Casas, fraile de la Orden de los Dominicos, cumplió un papel fundamental en la denuncia de los excesos y en la defensa de los indígenas subrayando que eran personas y que como tales debían ser respetados. Sus alegatos, inteligentes y bien fundamentados condenando frontalmente los abusos, han hecho historia.

Fray Bartolomé de las Casas, también conocido como el “apóstol de los indios”, estaba interesado en la cultura de los habitantes del Nuevo Mundo. Estudió sus costumbres, tradiciones y les predicó el Evangelio. En su obra “Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias” condensa sus teorías, sus prácticas y registra las atrocidades de los conquistadores españoles hacia los indígenas.

Ciertamente que las tierras guayanesas (Venezuela) ingresaron como protagonistas en la Historia de América desde los albores del descubrimiento. En el siglo XVI, el panorama era agresivo en estas regiones míticas donde la Leyenda de El Dorado aún se cuenta.

“El paisaje humano estuvo compuesto por muy diversas familias étnicas y con toda verdad podemos afirmar que se trataba de un auténtico mosáico de naciones. A ello hay que añadir muy diversos grados de nomadismo en la mayoría de los autóctonos”, cuenta el sacerdote jesuita José Del Rey Fajardo, Director del Instituto de Estudios Históricos de la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas. También puntualiza: “Si en los Llanos los jesuitas laboraron con seis naciones distintas, en el Orinoco el número de familias lingüísticas fue mucho mayor”.

Muchos jesuitas se embarcaban como misioneros hacia América, en conjunto con los franciscanos y dominicos.

Desde que llegaron los jesuitas a estas tierras tuvieron problemas con los conquistadores. Los religiosos insistían en que era necesario para los indígenas una sociedad paralela a la de los españoles; en otras palabras, sostenían que había que respetar sus costumbres y tradiciones sin interferir en su organización y modo de vida ni imponerles sus instituciones.

En pleno siglo XVII, los jesuitas fueron visionarios y adelantados. Intentaron entender mejor a las personas con las que habrían de convivir y a las cuales aspiraban transmitir el Evangelio de Cristo. Asumieron, entonces, una tarea nada sencilla: aprendieron los idiomas aborígenes y adoptaron su modo de vivir,  costumbres, ropaje, tipo de vivienda y comían lo mismo que el indígena.

Construyeron escuelas donde instruyeron a las comunidades para que aprendieran a escribir y leer. Les enseñaron también técnicas de ganadería, cómo tallar piedras y el arte de fabricar instrumentos musicales.

Se puede decir que la Compañía de Jesús fue la orden religiosa con mayor éxito en la cristianización de los indígenas, no solo por su calidad humana y formación, sino porque aprendieron las lenguas nativas de los indígenas y su comunicación con ellos era fluida.

Esto es considerablemente meritorio si tomamos en cuenta que encontraron un universo complejo: “Pluralidad de pueblos y lenguas donde podía encontrarse unas tribus feroces y depredadoras y otras introvertidas, ajenas al acontecer del mundo circundante, aferradas a sus tradiciones ancestrales y encerradas en las inaccesibles selvas y montañas. Si en los Llanos los jesuitas laboraron con seis naciones distintas, en el Orinoco el número de familias lingüísticas fue mucho mayor”, precisa el P. Del Rey, Académico de la Lengua en Venezuela.

El reto era inmenso y tal vez por ello, sobre las misiones llevadas a cabo por los religiosos de la Compañía de Jesús, llama la atención su proyecto de “reducciones”, tildado de utópico al principio, pero que constituyó una empresa bastante particular y digna de estudio.

Según el P. Del Rey, la vida reduccional tenía un objetivo primordial: implantar nuevas formas de convivencia social y así, dentro del ámbito de la casa del misionero, se iniciaba un proceso de socialización juvenil que iría progresivamente generando formas de vida más sanas y más educadas. El vestido, la dieta alimentaria, los buenos modales, el lenguaje correcto así como una actitud cada día más responsable definen el cambio no sólo de mentalidad sino de comportamiento social.

Los jesuitas cultivaban el valor de su pedagogía cultural y espiritual como categoría integradora de los opuestos, de manera que la religiosidad teatral de la Compañía de Jesús se entrelaza con el “barroquismo salvaje de los neófitos, con un resabio de militarismo español y de paganismo de la selva”, como describía Lacouture sobre el Paraguay. La Misión, el histórico film dirigido por Roland Joffé, recrea este escenario de manera magistral.

“Pero el proceso aculturador es muy lento –explica el P. Del Rey- así que la tolerancia y la comprensión exigirían al misionero armarse de paciencia y resistencia pues ésta era la única clave para diseñar el paso de una civilización “sacral” a una “profana”. Por ello, siempre llamó la atención la liberalidad con que los jesuitas actuaron frente a la población adulta a la que permitían, por ejemplo, ausentarse de los poblados durante cinco días a la semana para atender sus sembradíos.

Siguiendo la etimología del término, estas “reducciones” no serían otra cosa que un intento de “llevar” (del latín reducti) a los indígenas hacia el cristianismo, o lo que es lo mismo, un proceso de evangelización similar en sus objetivos a las otras iniciativas que desde años atrás se estaban llevando a cabo en el Nuevo Mundo. Sin embargo, lo que va a diferenciar a este proyecto serán los medios para llegar a dicho fin, que diferirían notablemente de aquella actitud impositiva, despótica y arbitraria  llevada a cabo por los primeros conquistadores, a la que se opuso con entendimiento, alma y corazón el noble y combativo Fray De Las Casas.

En efecto, las reducciones eran pequeños pueblos donde se organizaban las misiones en estructuras de cargos públicos. En cada una existían un jefe superior, alcaldes y regidores que integraban el Cabildo.

El asunto era exigente. El primer requisito para un encuentro entre el indígena y el misionero requería del dominio de la lengua a fin de poder entenderse –refiere el P Del Rey-. “Siempre que se entablaba un ensayo misional surgía paralelamente el consiguiente proceso filológico. Por parte del misionero, un desconocimiento total de la lengua; por parte del indígena, ignorancia del castellano y carencia de todo tipo de escritura. Así pues, la evolución del proceso filológico tuvo que ser lento y extremadamente dificultoso pues el misionero debió aprender el idioma sin ninguna ayuda metodizada”.

Los principios de este esfuerzo avanzaban por un doble carril: la aspiración evangelizadora y la construcción de un nuevo modelo de sociedad asentada sobre las bases morales y religiosas del cristianismo. Todo indica que el propósito de los jesuitas era el de aprovechar la fundación de estos poblados indígenas separados de los españoles para construir una sociedad desde cero en la que ese aislamiento permitiese alejarlos de los males y la corrupción moral de la sociedad castellana y europea. En cierto sentido, era un intento de crear una sociedad ideal según el modelo concebido por estos religiosos jesuitas y de ahí el carácter utópico que muchos le atribuyeron al proyecto.

 

BARTOLOME DE LAS CASAS
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Pero funcionó. Tan es así, que sería el recelo lo que provocaría que finalmente fueran expulsados y su proyecto de reducciones fuese desmantelado hacia el siglo XVIII. A pesar de ello, fue una misión exitosa fruto de un encomiable esfuerzo e interés por parte de los jesuitas, cuyas iniciativas individuales buscaban introducir el cristianismo en América a través de nuevos métodos y desde una visión más humanizada y civilizada de los indígenas.

De hecho, establecieron comunidades cristianas y libres. Cada indio tenía su vida privada familiar y propiedades personales. La planificación de los pueblos se centraba alrededor de una gran plaza y la iglesia era la construcción más importante. También junto a la plaza estaba la escuela y una “casa de resguardo” para los huérfanos y viudas.

Los Jesuitas prohibieron el canibalismo que se practicaba en América. al tiempo que servían como maestros y verdaderos padres. Visitaban diariamente a los enfermos y compartían la dura labor física con los indios.

Iniciativas como estas fueron llevadas a cabo por órdenes religiosas como los franciscanos y los jesuitas en toda América, siendo especialmente relevante la actuación de este último grupo en tierras de la actual Paraguay, Argentina y Brasil.

En la película “La Misión” (1986), de un dramatismo contundente, filmada en la zona paraguaya de las impresionantes Cataratas de Iguazú, Jeromy Irons y Robert De Niro llevan los roles protagónicos. El primero interpreta a un sacerdote jesuita, el padre Gabriel, que protege a indígenas guaraníes en una misión perdida en la selva sudamericana en el siglo XVIII y choca con los poderes terrenales. De Niro es un ex traficante de esclavos. Este film retrata admirablemente aspectos claves de la historia de la Compañía de Jesús en América Latina.

La congregación, fundada en 1540 por el español Ignacio de Loyola y seis compañeros, ha desarrollado en el continente un fuerte compromiso con la justicia social el cual arrancó cuando, a finales del siglo XVI, comienza su presencia en tierras americanas. Y se mantiene.

En toda Hispanoamérica, en las Indias Occidentales, tuvo dos papeles de gran importancia. Por un lado, fueron los grandes educadores y comenzaron con colegios que se vinculaban a empresas agrarias. Entonces incidían en el desarrollo económico porque tenían las haciendas mejor administradas y con eso financiaban la educación. Y luego estaban sus misiones, que es la segunda gran obra relevante de la historia de los jesuitas en las Colonias. Los jesuitas fueron expulsados en 1767 por las monarquías católicas europeas a causa de la gran influencia que llegaron a tener y que era vista como un auténtico desafío. Por ello tuvieron que abandonar también su labor en América. Hubo idas y venidas en los años que siguieron, con regresos y expulsiones, hasta que se restablecen a finales del siglo XVII y principios del siglo XIX.

“El objetivo fundamental de la Misión-ciudad eran los niños y los jóvenes, los cuales eran moldeados, sin interferencias, en los valores –viejos y nuevos- de la misión y como consecuencia fue surgiendo un folklore religioso en la Orinoquia que iba impregnando el acontecer diario de esas pequeñas reducciones-ciudades. Todo se perdió tras la expulsión de los jesuitas de nuestro gran río en julio de 1767”, se lamenta el jesuita historiador.

¿Se cometieron abusos en las colonias? Es muy probable debido a la intromisión de personajes y/o grupos políticos, también por la irrupción de determinados intereses particulares. Era una época ruda la de Conquista y los procedimientos primitivos. El experto Miguel Vega Carrasco recuerda en un escrito a los historiadores que señalan que los propios religiosos estaban autorizados a ejercer la violencia y que lo harían en más de una ocasión. Pero más allá de todo ello, la labor jesuita jugó un papel fundamental en la organización del Nuevo Mundo y tuvo como peculiaridad la implantación de un modelo que respondía a un objetivo más espiritual y religioso que político-administrativo. Al menos en teoría, su ambicioso proyecto suponía un cambio importante con respecto a los otros modelos de colonización implantados en América.

Y la Misión continúa.

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