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Creyente y amigo de los franciscanos: La otra cara de Albert Einstein

ALBERT EINSTEIN
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El científico se acercó a la Biblia y al cristianismo en la época nazi, aunque no se convirtió oficialmente al catolicismo

¿Albert Einstein fue un científico creyente? A juzgar por sus intervenciones a partir de los años 30 del siglo XX la respuesta es afirmativa.

El cambio filosófico del célebre físico se debió al surgimiento del comuniso y el Nazismo anti judío y anti cristiano (“El golpe más duro que la humanidad haya recibido nunca es la llegada del cristianismo”, afirmaba Adolf Hitler el 11 de julio de 1941, en Conversaciones en la mesa de Hitler, Goriziana, p. 45).

La idea bíblica de Dios

Se lee en el dosier de Uccr online (26 julio): Einstein se convenció gradualmente que la idea bíblica de Dios y del hombre fundó una antropología que debe redescubrirse, ya que “el debilitamiento del pensamiento y el sentimiento moral” contemporáneo, causa “del embrutecimiento de los modos de la política del nuestro tiempo”, está conectada con el debilitamiento del “sentimiento religioso de los pueblos en los tiempos modernos” (A. Einstein, Pensamientos, ideas, opiniones, Newton 2004, p.22).

“Guerra moral, el mensaje evangélico”

Einstein maduró la convicción de que la igualdad entre los hombres y la doctrina de una ley moral universal necesitan de una base y entiende, mejor que muchos otros, que el nacionalsocialismo es una guerra moral al mensaje evangélico y una amenaza a la humanidad en cuanto ha preferido a Maquiavelo que a Moisés: “¿Quién puede dudar de que Moisés fue mejor guía que la humanidad de Maquiavelo?” (A. Einstein, Pensamientos, ideas, opiniones, Newton 2004, P. 16).

Como informa Francesco Agnoli, “no es fácil entender hasta qué punto estas convicciones y estos análisis se vuelven fe personal o no”, en Einstein, «Pero ciertamente están allí, y se expresan cada vez con más frecuencia a lo largo de los años, junto con la referencia a ‘nuestros antepasados judíos, los profetas y los antiguos sabios cristianos’» (F. Agnoli, Filosofía, religión y política en Albert Einstein, ESD 2015, p. 74).

La fusión

En 1935, en una conmemoración de Moisés Maimónides, el pensador judío que en la Edad Media argumentó a favor del acuerdo entre la racionalidad y las enseñanzas bíblicas, y que Spinoza en la edad moderna eligió precisamente como su oponente principal – Einstein escribió:

“Una vez que los bárbaros teutones habían destruido la antigua cultura de Europa, una nueva y más refinada cultura (la medieval, ndr) empezó lentamente a fluir de dos fuentes que, de alguna forma, habrían logrado no dejarse sepultar completamente en la devastación general: la Biblia hebrea y la filosofía y el arte griegos. La unión de estas dos fuentes tan diferentes una de la otra, marca el inicio de nuestra época cultural y, de esa unión, directa o indirectamente, surgió todo lo que informa de los verdaderos valores de la vida de nuestros días. (…)” (A. Einstein, Pensamientos, ideas, opiniones, Newton 2004, p. 227).

© DR

El becerro de oro

Frente a la Jewish Academy of Sciences, en 1936, al citar el episodio bíblico del baile idolátrico alrededor del becerro de oro, Einstein afirma: “Debemos aferrarnos a esa actitud espiritual hacia la vida “, huyendo “de esa total adhesión a los objetivos materiales y egoístas que hoy amenazan al judaísmo”. (A. Einstein, Pensamientos, ideas, opiniones, Newton 2004, p. 30).

En abril de 1938, a los casi 60 años, el físico alemán escribió: “Ser judío significa antes que nada aceptar y seguir en la práctica esos fundamentos de humanidad propuestos en la Biblia, fundamentos sin los cuales ninguna sana y feliz comunidad de hombres puede existir” (A. Pais, Einstein vivió aquí, Bollati Boringhieri 1995, p. 243).

Un año después, el 19 de mayo de 1939, advirtió “un regreso a una nación en el sentido político del término equivaldría al alejamiento de nuestra comunidad de la espiritualización de la que estamos en deuda con el genio de nuestros profetas” (A. Einstein, Pensamientos, ideas, opiniones, Newton 2004, p. 223).

“Hijos del mismo Padre”

También en 1939, señaló: “Los principios más elevados en los que se basan nuestras aspiraciones y juicios provienen de la tradición religiosa judeocristiana. No hay espacio en todo esto para la deificación de una nación, de una clase, y menos que nunca de un individuo. ¿No somos todos hijos del mismo Padre, como decimos en lenguaje religioso? De hecho, ni siquiera la divinización de la humanidad, como totalidad abstracta, caería dentro del espíritu de este ideal. Solo al individuo se le da un alma. Y el alto destino del individuo es servir en lugar de dominar o imponerse de cualquier otra manera» (A. Einstein, Pensamientos, ideas, opiniones, Newton 2004, p.26)

Biblia y Cristianismo

En estos años, por lo tanto, las referencias bíblicas y evangélicas se multiplican en los discursos públicos de Einstein. El 22 de marzo de 1939, coincidiendo con el estallido de la segunda guerra, el padre de la Relatividad afirma:

“En el pasado éramos perseguidos a pesar de ser el pueblo de la Biblia; hoy, en cambio, somos perseguidos precisamente porque somos el pueblo del Libro. El objetivo no es solo exterminarnos, sino junto a nosotros destruir también el espíritu, expresado en la Biblia y en el cristianismo, que vuelve posible la llegada de la civilización en Europa central y septentrional. Si este objetivo se consigue, Europa será una tierra desolada. Porque la vida de la sociedad humana no puede durar mucho tiempo si se basa en la fuerza bruta, la violencia, el terror y el odio” (A. Einstein, Pensamientos, ideas, opiniones, Newton 2004, p.26)

Un Dios no personal

En una carta de 1945, Einstein definió las constantes de la naturaleza “números genuinos que Dios ha querido escoger arbitrariamente, por así decirlo, cuando se dignó crear este mundo” (I. y G. Bogdanov, Los buscadores de números, Piemme 2012, p.40). Se trata siempre de un Dios no personal, que rechazará durante toda su vida. Como dice Agnoli: es “una inteligencia ordenadora del cosmos” que se mueve ambiguamente, de manera resolutiva, indefinida”.

Como escribió a su amigo Guy Raner, en 1949: “En repetidas ocasiones he dicho que, en mi opinión, la idea de un Dios personal es infantil. Puedes llamarme agnóstico, pero no comparto el espíritu de cruzada del ateo profesional, cuyo fervor se debe principalmente a un acto doloroso de liberación de las cadenas de adoctrinamiento religioso recibido en la juventud. Prefiero una actitud de humildad que corresponde a la debilidad de nuestra comprensión intelectual de la naturaleza y de nuestro propio ser”.

La amistad con los franciscanos

En los últimos años de su vida Einstein fue a menudo a Italia a visitar el convento de San Francisco de Fiesole, en la provincia de Florencia, donde profundizó la amistad con algunos franciscanos, incluido el sacerdote Odorico Caramelli, músico.

El 18 de octubre de 1960, el sacerdote Caramelli recordó su amistad con Einstein durante una entrevista con el periodista Alberto María Fortuna:

“¿Einstein? Lo conocí aquí, hace muchos años. Cándido. Como un niño. Humilde, de una humildad natural y espontánea. Y, aunque no era católico, iba con gusto a la iglesia porque le gustaba estar con Dios, en quien creía. Vino a menudo a San Francisco. Antes me escuchaba tocar, luego se decidió y trajo un violín y, rasgueando como sabía hacerlo él, me dejaba acompañarlo con el órgano. De noche bajaba al bosque del convento y, sentado sobre la pequeña pared de la cisterna etrusca, le tocaba a la luna. Una vez, después de acompañarlo en una Sonata de Bach, se conmovió tanto que me abrazó, casi llorando” (Dos frailes franciscanos que recordar. Padre Caramelli, Fray Clementino, Fiesole 1972, pp.43-44).

“Es diabólicamente difícil acercarse a Él”

Cinco años antes de morir, recuerda finalmente el dossier de Uccr on line, Einstein escribió algo inédito: se refiere a Dios llamándolo “Él”, dándole, por lo tanto, una fisionomía precisa y contradiciendo tanto la visión de Spinoza como a su constante rechazo a un Dios antropomórfico.

En una carta del 15 de abril de 1950, a su viejo amigo italiano Michele Besso, escribió: “Hay una cosa que he aprendido durante la larga vida: es diabólicamente difícil acercarse a “Él”, si no quieres quedarte en la superficie”.

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