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Prueba este método para resistir a la tristeza

KOBIETA, TWARZ
Philipe Cavalcante/Unsplash | CC0
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¡Y asómbrate!

Quiero ser inmune a la tristeza. Y para eso sólo tengo que buscar la mano que me sostiene oculta en medio de los espinos. Sólo tengo que disfrutar pequeñas alegrías de mi vida, busco sus fuentes.

Me detengo a contemplar las sutiles alegrías que a veces no percibo. Una mano amiga. Una sonrisa. Una palabra amable dicha al pasar.

Una mirada que ríe. Un atardecer que lo llena todo. Una canción profunda que toca el alma. Una lectura que me sana. Un rato de silencio que pasa rápido dejándome la paz. Una película que me lleva a soñar con lugares desconocidos.

Un rato de descanso mirando el agua de una fuente y escuchando su voz. El ruido de las aguas del río. La paz del bosque. La inmensidad del mar volcado en el infinito.

Una llamada inesperada. Unas palabras de agradecimiento. Un te quiero. Un hasta siempre. Son gotas de miel que endulzan las tristezas que soporta el alma.

Quiero ser más agradecido. Percibir en mi día esa mirada de Dios sobre mí, conmovida. Quiero aprender a agradecer por todo.

Comenta el padre José Kentenich: “¿Acaso no debemos decir, haciendo una consideración serena, que son innumerables las fuentes de alegría, los cálices de flores en nuestro camino de vida? Son en su mayoría alegrías pequeñas las que nos salen aquí al encuentro. Podrán ser alegrías de la naturaleza, alegrías que residen en la gratitud. ¡Qué importante es que, como artistas de la alegría, aprendamos y enseñemos el arte de descubrir esas pequeñas fuentes de alegría y de disfrutar de ellas! En un tiempo tan pobre en alegrías, esta debería ser nuestra tarea esencial: disfrutar de las gotas de miel de la alegría en todas las ocasiones en que Dios quiera ofrecérnoslas. Ese es el arte de alegrarse, el arte de educar a otros a la alegría. El arte de hacerse inmune a la tristeza tiene que ser por cierto un arte sumamente difícil”[1].

No tengo derecho a que resulten bien todos mis planes. No me debe nada nadie. Tampoco Dios me lo debe.

En lugar de rencores guardo sonrisas. Agradezco como un niño. Entre lágrimas caídas en el camino. Con dolor sonrío. Con la pena de haber perdido.

Me asombro de nuevo al ver flores que antes no conocía. No son las que esperaba encontrar cuando sembré semillas. Son esas flores que sembró, eso seguro, una mano amiga.

Miro hacia atrás los días que son pasado. Pasa tan rápido el tiempo por mi vida… Me detengo asombrado. Sobrecogido como un niño.

Espero encontrar a Dios siempre en mi camino. Descubrir su sonrisa, su paz en el alma. Estoy seguro de que la paz es suya. Y la luz que tengo cuando me dejo habitar. La paz y el consuelo. La esperanza que brota en mi pecho.

Cojo un papel y un lápiz. Me quedo callado pensando. Comienzo a escribir todas las gratitudes que encuentro, todas las luces que veo.

La miel que me salva. Veo a Dios oculto. Acariciando mi alma herida, cansada y triste. Sosteniendo mi sonrisa ancha y mis ojos grandes. Asombrados.

 

[1] J. Kentenich, Las fuentes de la alegría sacerdotal

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