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El suicidio de un famoso

DEPRESJA NASTOLATKA
Shutterstock
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¿Realmente lo tenía todo?

En la fila del supermercado, aquella adolescente sostenía en su mano una conocida revista que dedicaba un completo reportaje al suicidio de tal rico y famoso, mientras le decía a su madres: ¡No es posible, pero si lo tenía todo!

Con expresión de asombro, no porque alguien hubiera sido capaz de suprimir su existencia, lo que humanamente debe despertar sentimientos de conmiseración, sino más que nada, porque lo hizo siendo rico, famoso y de probado talento.

Escuché a su madre contestar: “¡Hija nadie lo tiene todo si no se tiene a sí mismo! ¡Pobre persona!” Y agregó unos comentarios que reflejaban la sabiduría de su adultez, mientras le aconsejaba no comprar la edición.

Casos como ese son noticia que, por diferentes medios, se ventilan hasta agotar el morbo y sin ningún pudor. Lo mismo exhiben quiebras emocionales, que depresiones, adicciones, enfermedades y un largo etcétera real o inventado de aquel que lo “tenía a todo”. 

Pero poco o nada aportan acerca de una verdad de fondo. 

Una verdad en la que muy posiblemente, la decisión de acabar con su vida no surgió del peligro del éxito, de la popularidad o el poder, sino del autorechazo ante el que consintieron y en el que se encontraba agazapada su vulnerabilidad, para en un oscuro momento tomar el trágico control final de sus vidas. 

No aprendieron a valorarse a sí mismos como personas.  

Mucha gente supone que por encima de las posibilidades de una vida “ordinaria”, es necesariamente más feliz el rico y famoso que aparece siempre en imágenes de poder y glamour. No imaginan que algunos de estos personajes puedan vivir en medio de una gran soledad, pues son más valorados y requeridos por su éxito que por su persona misma.

Una soledad que los deprime y de la que suelen huir con estimulantes externos como alcohol, drogas y excesos.  

Por esa soledad así agravada sienten que no tienen dignidad, que nadie los puede amar, y cuando el destino los va alcanzando tras sonados fracasos sentimentales o al declinar su carrera, entonces se aferran aún más a todo lo que aún obtienen con su éxito, buscando en el mismo un sucedáneo del aprecio y amor que no logran de otra forma.

Sin embargo, pareciera que lo hacen pensando: “Si la gente supiera lo que hay en los más profundo de mí mismo, dejarían de aplaudirme y alabarme”.

Han perdido la sencillez que impide anidar en el corazón las experiencias negativas, convirtiéndose en víctimas de una arrogancia por la que procuran a toda costa permanecer en un pedestal para que nada ni nadie los alcance, y sobre todo, no los descubran como realmente son en sus debilidades.

Es por ello que aferrándose a la imagen que se han construido y a la que se deben, sonríen a la cámara mientras afirman haberse realizado plenamente, cuando en realidad son presas de un excesivo deseo de aprobación para sentir seguridad, y lo que realmente sienten es miedo constante de “perderlo todo”.

Un miedo que finalmente los empuja a buscar la felicidad, huyendo de la infelicidad por la puerta falsa. 

Son vidas frágiles que de pronto se rompen en mil pedazos cuando les resulta inalcanzable el poder aceptar en su justo valor, todo cuanto la vida les ha ofrecido, tanto lo dulce como lo amargo.

Al final, una tumba en la que bien se podría poner un epitafio como: “Aquí yace alguien que perdió la esperanza por no haber aprendido a valorarse solo por ser quien era, y no por lo que tenía, sabía o podía”

¿Cómo se explica esto? 

La respuesta se encuentra en el amor que solo se puede aprender y recibir en la familia y que juega un papel decisivo para lograr la madurez, pues sabernos amados al margen de defectos y cualidades, nos estimula a luchar por lograr una unidad de vida en la que no existan diferencias entre como somos realmente, como creemos que somos y como nos manifestamos a los demás.

Significa que cualquiera que fuesen las circunstancias de nuestra vida, podemos regirnos por la verdad de nuestras personas y basar en ella una verdadera autoestima. Una autoestima que a su vez se funde en la humildad de olvidarnos de nosotros mismos, para con una sana psicología darnos a los demás, y entonces… entonces realmente tenerlo todo.

Quien decide quitarse la vida lo hace siempre a través de una acción carente de sentido, que en ciertos casos se debe a no haber subordinado su proyecto de vida al amor hacia los demás como lo mejor de su naturaleza, sino a cosas inferiores como el dinero, placer, poder.

Es así que tenerlo todo se identifica más que nada con la dignidad de amar y sabernos amados.

No son malos en sí, la fama, el poder o la riqueza cuando se asumen como un medio y no el fin de una vida humana, que se puede agotar buscando el amor y la felicidad donde no se encuentran.

Por Orfa Astorga de Lira. 

Consúltanos a: consultorio@aleteia.org 

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