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Abastecimiento de agua potable, angustia diaria en Tierra Santa

DEAD SEA
By Alewtincka | Shutterstock
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El agua es una necesidad básica y un derecho inalienable, pero las razones hidrológicas y políticas privan a los habitantes de Tierra Santa que luchan contra la “la sed”

Con la llegada del verano y el sol, nuestro deseo de agua y frescura se hace más apremiante. Ya sea de piscina o de mar, de grifo o mineral, buscamos el agua que necesitamos. En una ciudad como Roma o París, generalmente no hay escasez de la hermana Agua, como la llama san Francisco de Asís en el Cántico de las Criaturas. Pero este no es el caso en algunas partes del mundo, donde el agua es más escasa o se distribuye de manera desigual. Tanto es así que la emergencia hídrica define la vida cotidiana de algunos habitantes.

Este es el caso de Tierra Santa. En Belén, donde nació Jesús, la red de distribución de agua es un verdadero colador. Las pérdidas de agua son del orden del 40%. Por no mencionar que la red está a menudo contaminada, recuerda la agencia SIR, el Servicio de Información Religiosa de la conferencia episcopal italiana, en un artículo dedicado a la campaña de solidaridad “Sed de agua” en favor de las poblaciones que sufren esta crisis. Belén, subraya el SIR, se abastece con gotero por las autoridades israelíes. De hecho, el agua llega a los habitantes de la ciudad una vez cada 25-30 días.

El proyecto “Sed de agua” fue lanzado hace algunos años por la Asociación Pro Terra Sancta (ATS), una ONG al servicio de la Custodia de Tierra Santa. Su objetivo es “garantizar y mejorar el acceso y el suministro de agua a las familias cristianas más necesitadas de Belén”, explica Vincenzo Bellomo, responsable de proyectos sociales en Belén. La ayuda ofrecida a los cristianos de Belén, subraya el responsable, se resume en acciones sencillas pero concretas que permiten afrontar la crisis. ¿Cómo? Instalando paneles solares o donando nuevos tanques para reemplazar los viejos que están oxidados y por lo tanto son peligrosos.

ATS cuenta con el apoyo de varias parroquias en Italia, como la de Santa Maria del Suffragio en Milán, que donó a la campaña su colecta de Cuaresma 2018, 10.000 euros. “Con esta iniciativa hemos querido sensibilizar a nuestra comunidad sobre la vida cotidiana de los cristianos en Tierra Santa”, explica al SIR su párroco, Claudio Nora.

Un acuerdo entre Israel y la Autoridad Palestina

La situación debería de mejorar en los próximos años. El Estado de Israel y la Autoridad Palestina firmaron un acuerdo en julio de 2017 que prevé la venta a los palestinos de 32 millones de metros cúbicos de agua al año a “precios moderados”, comenta la Custodia en su sitio Terrasanta.net. Alrededor de dos tercios de este volumen de agua —22 millones de m3— están destinados a Cisjordania y 10 millones de m3 a la Franja de Gaza, afirma The Times of Israel.

El agua debería suministrarse a través del ambicioso proyecto Red Sea-Dead Sea Water Conveyance Project, puesto en marcha por Jordania, Israel y la Autoridad Palestina para salvar el Mar Muerto, cuyo nivel desciende más de un metro cada año y corre el riesgo de desaparecer si no se hace nada. El proyecto, que cuenta con el apoyo del Banco Mundial, incluye la construcción de una planta desalinizadora en Áqaba, Jordania, y una serie de tuberías para drenar cada año cientos de millones de metros cúbicos de agua salobre del mar Rojo al mar Muerto. Jordania anunció el noviembre pasado que continuaría el proyecto aunque Israel se retirara.

Las aguas del Jordán

Una de las causas del desecamiento del mar Muerto, conocido por su alto nivel de salinidad, es que recibe cada vez menos agua del Jordán. El río bíblico, después de un recorrido de más de 200 kilómetros y atravesando el lago de Tiberíades (también llamado lago Genesaret, Kineret o mar de Galilea), Palestina, Israel, Siria, Cisjordania y Jordania, desemboca en el mar Muerto. Es la única fuente permanente de agua superficial en la región y, por lo tanto, está sujeta a una explotación intensiva. El agua del río Jordán es potable hasta el lago Tiberíades, desde donde parte el gran acueducto nacional, el National Water Carrier (NWC), que transporta el agua a las principales ciudades costeras y hasta el desierto del Néguev. Sin embargo, sus aguas se contaminan una vez que han salido del lago.

El hecho es que el Jordán, en los Altos del Golán (compuesto por las laderas del macizo del monte Hermón y del Golán en sentido estricto), nace de la confluencia de tres ríos, dos de los cuales, el Banias y el Dan, se encuentran, desde la Guerra de los Seis Días (1967), en territorio controlado por Israel. El tercer río, el Hasbani, sale del Líbano, por la vertiente occidental del monte Hermón. Esto explica por qué el retorno de los Altos del Golán a Siria significaría dar a Damasco el control sobre una parte significativa del agua que Israel necesita, y también por qué el Estado judío hace de esta agua una “cuestión de seguridad nacional”.

La situación sobre el terreno

Además del río Jordán, hay también dos cuencas de agua subterránea: los acuíferos montañosos y la capa freática de Gaza —un acuífero costero— cuyas aguas no son aptas para el consumo humano y, como consecuencia, la agricultura en la Franja de Gaza se ve contaminada por las aguas residuales y la infiltración de agua salada, según insiste el B’Tselem o Centro de Información Israelí para los Derechos Humanos en los Territorios Ocupados.

En la Franja de Gaza, el agua salobre desalinizada se ha convertido en una fuente esencial de abastecimiento para los 1’7 millones de personas que viven en una superficie de 360 km², de las cuales unas 400.000 viven en la ciudad de Gaza. Muchos hogares han instalado sistemas de tratamiento por ósmosis inversa para tener agua potable. En 2014 también había 18 instalaciones de desalinización en la Franja de Gaza, de las cuales 13 eran gestionadas por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF).

Los acuíferos montañosos o Mountain Aquifers —al oeste, este y noreste— desembocan principalmente en el subsuelo de Cisjordana. Están controlados por Israel. Hoy en día, la parte asignada a los palestinos por el Acuerdo interino de paz de Oslo II (1995) se ha reducido aún más. En lugar del 20% negociado, esta proporción se redujo a poco más del 10%, según las cifras proporcionadas por la Autoridad Palestina del Agua (PWA).

En cuanto a Cisjordania, no olvidemos el famoso “muro de protección” construido por Israel. La barrera no siempre sigue la Línea Verde —es decir, la línea de demarcación de 1949— sino que a menudo se desplaza hacia el este y hace una especie de “yincana”, incorporando y confiscando efectivamente muchos pozos palestinos, en particular en las cercanías de los asentamientos israelíes donde, según Peace Now, viven cerca de 400.000 colonos o settlers.

Según las estadísticas del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), reportadas por Agnese Carlini, investigadora de la Universidad de Perugia, la población de los Territorios Palestinos Ocupados (TPO) tiene acceso a unos 300 millones de m3 de agua al año, o sea, una proporción mucho menor que a la que tiene acceso la población israelí: unos 2.000 millones de m3. Muchos acusan a Israel de obstruir el acceso al agua: pozos drenados, destruidos o monopolizados… Incluso hablan de “genocidio por el agua” contra los palestinos. Otros, por otro lado, denuncian a la élite palestina de Ramala, que supuestamente obtiene “abundantes beneficios de la crisis del agua, vendiendo a un alto precio agua purificada, a menudo proveniente de los servicios públicos israelíes”, informa Emanuele Bompan en lifegate.

En cualquier caso, en los oleoductos palestinos, ya sea en Cisjordania o en la Franja de Gaza, se pierden 77’3 millones de m3 de agua cada año, es decir, más de la mitad del agua consumida —122’6 millones de m3— según las cifras facilitadas por la Oficina Central de Estadística de Palestina (PCBS) en 2012. Un verdadero colador que invita a la reflexión.

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