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El regalo de ver crecer a mis hijos junto a sus primos

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Primos que son como hermanos. Son amigos, pandilla... Tribu. Tener una tribu extendida aporta alegrías y habilidades vitales, además les prepara para el futuro

Cuando era niña, vivíamos a 8 kilómetros de 9 de nuestros 10 primos. A pesar de la gran diferencia de edad entre nosotros, era estupendo criarnos tan cerca (geográfica y emocionalmente) de todos nuestros primos. Era como tener una tribu extendida. Siempre supe que habría alguien para apoyarme, al margen de lo que pasara o lo mucho que me enfadara con mis hermanos.

Ese “alguien” iba rotando, naturalmente. Como en todas las relaciones, los primos tienen temporadas de más proximidad y épocas de sequía. Sin embargo, aprender a navegar por estas dinámicas cambiantes desde una edad muy temprana nos dio a todos una mejor habilidad para gestionar las relaciones en general.

Esto me ha hecho pensar en aquellos años de formación en mi infancia cuando leí el escrito de Casey Huff sobre criarse cerca de los primos, en Her View from Home:

[La historia] va sobre los mejores momentos de la infancia y del hecho de que toda la pandilla de primos está presente en todos y cada uno de esos momentos. Va sobre trasnochar, sobre chistes privados y sobre saludos secretos. Es un club exclusivo de traviesos que maquinan cómo hacerse con una bola más de helado, una hora más antes de ir a la cama o salirse una vez más con la suya tras sus pícaras escapadas.

Va sobre aprender nuevas habilidades de los grandes y la paciencia en el cuidado de los pequeños.

Va sobre ganar nuevas perspectivas en la vida de personas que “entienden” a nuestros hijos y comprenden toda la belleza y la complejidad de su historia familiar en su totalidad, en lo bueno y en lo malo.

Mis hijos no han tenido la misma experiencia que yo. Ellos han vivido casi toda su vida a una gran distancia geográfica de sus primos, a cientos y cientos de kilómetros.

A mi cuñado nunca le ha gustado esta situación. Se disgustó cuando nos mudamos fuera de Texas y detestaba la distancia entre nuestros hijos con más vehemencia que ningún otro. Durante mucho tiempo, su actitud me molestó un poco. Después de todo, no estábamos de gira de placer por el mundo, nos mudábamos por nuestros trabajos, por necesidad.

Aun así, aunque me costó muchos largos años recordarlo, mis hijos se estaban perdiendo una de las experiencias más educativas de mi infancia: crecer con la familia extendida de tías, tíos y primos con los que compartir burlas, aflicciones, amor y protección. Se estaban perdiendo la experiencia de tener una tribu, de pertenecer a un grupo mayor que su propia familia nuclear. De hecho, se perdían lo que significa pertenecer a algo más grande que uno mismo o que su familia.

Volvimos a mudarnos a Texas hace unos meses y, aunque vivimos a apenas un kilómetro de distancia, los niños no se ven tanto como me gustaría. Parte del motivo es la rutina típica de los niños: siempre hay alguno enfermo, con dentición, aprendiendo hábitos de sueño o (en caso de los adultos), directamente agotado. Sin embargo, otra parte de la razón es que a los niños les resulta extraño integrarse en las vidas de sus primos. No surge de forma natural porque no ha sido natural, es como una habilidad que nunca desarrollamos y perfeccionamos.

No obstante, en las raras ocasiones en que conseguimos juntar a los primos, puedo ver mi infancia mapeada en sus juegos revoltosos y risas estridentes. Puedo ver todo lo que se han estado perdiendo y me siento profundamente agradecida por poder darles la oportunidad de disfrutar del regalo de sus primos ahora, mientras aún son lo bastante jóvenes para valorarlo sin entender del todo por qué.

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