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¿Soy excesivamente radical?

WILLPOWER
Africa Studio - Shutterstock
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Buscar un mundo de perfectos, vivir juzgando envenena, mejor crear espacios de cielo en los que muchos se sientan acogidos en su debilidad, queridos en las situaciones difíciles

El otro día volví a oír hablar de los “haters”. Son personas que muestran sistemáticamente actitudes negativas u hostiles ante cualquier asunto. Se trata de aquella persona que odia o aborrece. También se puede referir al envidioso, al odioso o al aborrecedor.

El término “hater” se ha popularizado para designar a aquellos que, para expresarse sobre cualquier tema, se valen de la burla, la ironía y el humor negro. Sobre todo en las redes sociales.

Hoy en día se llama “hater” a aquel que por sistema denuncia, critica, ataca, condena. Se convierte en alguien cínico que critica todo lo que le rodea sin hacer distinciones.

Los haters ven algo peligroso en el mundo. Y lo atacan. Son desconfiados y desdeñosos. Creen que siempre los demás son los que están equivocados y ellos nunca.

A veces me da miedo convertirme en un hater. Llenarme de odio y desconfianza. Juzgar el mundo y lo que hay en él. Erigirme en poseedor de una verdad eterna que entra en colisión con este mundo enfermo.

Me da miedo ser alguien lleno de quejas y reproches hacia los demás. Quedarme siempre en el lado negativo de la vida. Convertirme en un juez que condena.

En un mundo en el que todo vale, en un mundo cambiante, me da miedo querer ser yo el dique que contiene las aguas, la atalaya que denuncia lo incorrecto, el juez que decide lo que está bien y lo que está mal.

Jesús no fue un hater. No vino a decir todo lo que está mal. Sí denunció muchas conductas erróneas. No se calló. Amó siempre. Nunca odió el mundo.

Leía el otro día sobre las comidas de Jesús con publicanos y prostitutas: “En ellas, Jesús les ofrece su confianza y amistad, los libera de la vergüenza y la humillación, los rescata de la marginación, los acoge como amigos. Poco a poco se despierta en ellos el sentido de la propia dignidad: no son merecedores de ningún rechazo. Por vez primera se sienten acogidos por un hombre de Dios. En adelante, su vida puede ser diferente”[1].

La vida de Jesús no estuvo llena de rabia, sino de misericordia.

No quiero convertirme en el que condena las vidas que me rodean cuando no veo reflejado en ellas el ideal que sueño.

No quiero ser el que siempre pone la nota disonante. El que avisa del riesgo y alerta del peligro. Como un faro en medio de la tormenta.

Tampoco quiero ser el que lo tolera todo. ¿Dónde está ese justo punto intermedio? ¿Cómo puedo soñar con la verdad de Jesús, con los ideales que me hacen mejor persona, sin caer en denunciar siempre lo que no está bien a mi alrededor?

La persona está antes que su pecado. Mucho antes que las decisiones que no comparto. No quiero ser yo el sanedrín que condena continuamente actitudes. Sin ver detrás a la persona en su fragilidad.

Los haters odian, tienen rabia y están llenos de quejas. ¿Soy yo así?

Me gusta el mundo que toco. Está lleno de peligros y maldad. Y también está lleno de amor y de verdad. De una presencia invisible de un Dios bondadoso que todo lo ama, que todo lo puede.

No me lleno de quejas y juicios. No me vuelvo ácido y lleno de rencor. Me hace daño el odio. Me hace daño pensar mal de todos, de todo.

Tal vez ser “odiador” me vuelve desconfiado. O es mi desconfianza la que me lleva a odiar y rechazar aquello con lo que no comulgo.

Siento que si como con los pecadores, estaré aprobando su pecado. Si saludo a un culpable algo de su culpa se me pegará en la piel.

Y yo busco un mundo de justos, de perfectos, de inmaculados. Por eso me lleno de odio. Yo tengo la razón. El mundo no la tiene.

Me convierto en alguien con quien no se puede hablar, ni discutir. Soy tal vez radical en exceso. ¿Simplemente por no pensar como el mundo? No. No es eso.

Es mi odio el que me hace radical. Es mi odio el que me hace odiar al diferente. Temer al que no vive como yo deseo vivir.

No quiero vivir juzgando. Me enveneno. Y al llenarme de rabia hago que el ambiente que me rodea tenga una atmósfera de pantano en la que no se puede respirar.

Me gustaría crear espacios de cielo en los que muchos se sientan acogidos en su debilidad, queridos en las situaciones difíciles que viven. No quiero ser un hater, un hombre lleno de quejas, miedos y odios.

[1] José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica

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