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El triunfo de López Obrador en México instala a la izquierda en el poder

MEXICO
Javier Garcia - Shutterstock
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¿Podrá liderar el monumental cambio que requiere México para cumplir su compromiso con Latinoamérica y con el mundo?

Parece cosa de Juan Rulfo, pero esta mañana de lunes dos de julio, México amaneció siendo otro.  Otro país con otro rostro.  Y con otros miedos y esperanzas.

El triunfo contundente de Andrés Manuel López Obrador (dos a uno con su más cercano perseguidor, Ricardo Anaya) ha resuelto lo que parecía una maldición de la incipiente democracia mexicana: la batalla postelectoral.

En las elecciones más grandes y concurridas de la historia (la participación rebasó 63 por ciento del listado electoral mexicano, de 89.5 millones de electores) nadie, ni siquiera el presidente del vecino país del norte, Donald Trump, ha cuestionado la legitimidad del triunfo de quien por sus iniciales es conocido en México como AMLO.

 

 

En sentido contrario, Trump mostró una gran mesura al escribir en un tuit que está “deseoso” de trabajar con el “nuevo presidente de México”, en una relación que beneficie a ambos países.

Cerca de 53 por ciento de los mexicanos decidieron respaldar un proyecto de izquierda para el país; un proyecto que se basó en dos ideas: acabar con la corrupción y combatir el régimen de privilegios instaurado –según él– por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y por el breve mandato de doce años del Partido Acción Nacional (PAN).

AMLO construyó su propio partido en, apenas, cuatro años.  Hábilmente, se montó en un acrónimo que “pegó” en el corazón guadalupano de México: Morena (acrónimo de Movimiento de Regeneración Nacional).  Muchos conocen a la Virgen de Guadalupe como la Virgen Morena.

Empujado por millones de pobres, el discurso de López Obrador dejó en el arroyo a los otros tres partidos “históricos” de México: al PRI –que ha conquistado su peor escenario electoral desde que nació en 1929-, al PAN, que queda desorientado y sin liderazgo de derecha, y al Partido de la Revolución Democrática (PRD), que queda deshecho y sin liderazgo de izquierda.

 

 

AMLO se alió con todos, y dejó para mañana la idea de cómo va a conciliar al Partido Encuentro Social (PES, ultra conservador) y al Partido del Trabajo (PT, ultra de izquierda).  Aparentemente esas contradicciones no cuentan ahora, pero quizá pasen factura al triunfador en las elecciones, al momento de tomar decisiones legislativas.

En su discurso ante miles de personas reunidas este domingo por la noche en el Zócalo de la Ciudad de México, retomó las famosas palabras de Abraham Lincoln y dijo que iba a gobernar con, por y para los pobres.  Y prometió el doble de pensión universal para los adultos mayores y pensión igual a los discapacitados.

Sus propuestas de campaña carecen del “cómo”.  Pero han sido miel para los oídos de millones de mexicanos que estaban hartos de la corrupción, la inseguridad, la impunidad y el crecimiento económico mediocre de México.

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Antes de su arenga en el Zócalo, en un hotel de la Alameda Central de la Ciudad de México, calmó a los mercados, a los empresarios, a los inversionistas y a la otra mitad de mexicanos que no votaron por él.  Habló de respeto irrestricto a la Constitución, a las libertades, a las creencias. Él mismo se ha nombrado guadalupano, aunque “juarista” (a ejemplo de su héroe político, Benito Juárez, quien en el siglo XIX, intentó minimizar al máximo el papel de la Iglesia católica –era masón—en la vida del país).

En medio de todo esto, una elección ejemplar, sin violencia, una “fiesta de la democracia”, como lo han calificado comentaristas y pensadores como Enrique Krauze, director de la revista Letras Libres y uno de los historiadores más connotados de la hora actual de México.

Krauze, autor del libro El poder soy yo, en el que criticaba la actitud mesiánica de AMLO, fue muy respetuoso en sus comentarios en el gigante de la comunicación televisiva mexicana, Televisa.

Discutió el triunfo de Morena poniendo como premisa el respeto a las libertades y a la verdad al que se tiene que ceñir un gobierno que llega con la mayoría absoluta en el Congreso; que arrasó con todos y con todo, y que dejó claro que los mexicanos ya no querían “más de lo mismo” (aunque 80 por ciento de los integrantes de Morena vengan de los mismos partidos que hoy casi ya no existen).

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La tentación absolutista –muy propia de los caudillismos latinoamericanos—está latente en el gobierno de AMLO, que comienza hasta el próximo 1 de diciembre.  También su innegable vena populista.

Ha dicho en campaña que no lo comparen con (Hugo) Chávez.  Pero México es un país surreal.  Y todo, absolutamente todo, puede pasar: hasta el hecho que una elección que se presagiaba caótica (hubo cerca de cincuenta candidatos a puestos de elección popular que fueron asesinados) terminó siendo un proceso ejemplar, sin un solo reclamo, sin una mancha, cuidado por un millón y medio de ciudadanos y que llevó, por vez primera, a la izquierda al poder.

¿Podrá este sexagenario, nacido en el sureste mexicano, en Tabasco, casado en segundas nupcias con Beatriz Gutiérrez Müller (su primera esposa murió hace quince años) y padre de cuatro hijos, liderar el monumental cambio que requiere México para cumplir su compromiso con Latinoamérica y con el mundo?

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