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Cómo ser alguien en quien se puede confiar

Man and woman holding hands

By Jamesboy Nuchaikong | Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 23/06/18

La incoherencia acaba con la confianza que han depositado en mí

Hay personas fiables. Puedo descansar en ellas. Son como una roca en el mar, siempre firme en medio de mis tormentas.

No tengo que saberlo todo de ellas. Simplemente me dan confianza, me fío de su criterio. La sospecha no se introduce como una mancha en mi ánimo.

Miro sus actitudes, palabras y silencios con un respeto infinito. Confío ciegamente y deposito en ellas mi total confianza.

Tal vez es porque no me han fallado nunca. O quizás más bien porque Dios les ha dado un alma pura e inocente que me lleva a confiar sin ninguna duda, sin reproches.

Tienen a Dios dentro, muy hondo y me fío entonces de lo que viven, piensan y hacen. Podrán equivocarse, eso no lo dudo, no les pido lo imposible.

Pero confío en ellas, en su forma de vivir la vida y mirar a Dios.

Me gustaría ser así. Dar confianza a los que se me confían. No resultar sospechoso. ¿Confían en mí? ¿Qué rompe la confianza que me tienen? Tal vez mis errores o incoherencias. No lo sé.

Lo cierto es que yo temo defraudar a otros. Me asusta fallar y no estar a la altura de las expectativas que he despertado.

No siempre consigo ser el que esperan o el que yo pretendí ser en algún momento. Tal vez fue culpa mía. Pensé que era más fuerte, más capaz, más fiel, más verdadero.

Me pasa a mí, que predico mucho, que no suelo cumplir todo lo que digo. Hablo con vehemencia, exhorto y animo.

Pero temo que me ocurra lo que decía san Antonio: “El gran peligro del cristiano es predicar y no practicar, creer pero no vivir de acuerdo con lo que se cree”.

La incoherencia acaba con la confianza que han depositado en mí. Tengo mucho de incoherente en mi vida.

Hablo de vivir el presente para tener más paz y no vivir con angustias. Y siento en el estómago los miedos ante lo que no controlo mirando al futuro.

Digo que hay que ser feliz dando en lugar de esperar siempre que piensen en mí y me lo den todo. Y mientras tanto soy yo la persona que más me importa.

No logro renunciar cuando hablo maravillas del valor de la renuncia y del sacrificio. Digo que la paciencia es un bien que permite crecer en hondura y me gusta que todo suceda con rapidez, a mi tiempo y no al tiempo de Dios. Lo quiero todo ahora mismo.

Digo que la vida es corta y que la vida verdadera es la que nos hará eternos y pongo todo mi interés en lo que pasa ahora, en mi mundo tangible, en mi entorno.

Soy incoherente. No logro estar a la altura de lo que sueño. Ni hacer realidad una parte mínima de lo que practico, de lo que creo.

Digo creer en tantas cosas. Pero no vivo lo que creo. Creo en el poder del bien en mi vida. Y así no me turba tanto el mal que veo.

Debería confiar más en Dios y en las personas, y no vivir limitado por mis sospechas. Soy desconfiado. Me dicen que es bueno confiar, pero yo controlo. Quieren que deje hacer a los demás, dándoles espacio y yo no lo hago. Hago las cosas como creo que deben ser hechas.

Desconfío de las capacidades de los demás. No les doy su lugar, me da miedo. No les doy la oportunidad de equivocarse. Lo controlo todo para que salga bien, eso me digo. La verdad es que no confío en ellos. Creo que sólo yo tengo la verdad, sólo yo hago bien las cosas. Y me engaño.

Quiero ser una persona íntegra y equilibrada. Porque sólo así seré digno de confianza.

Leía el otro día: “Por el contrario, quien ha desarrollado un sentido íntegro y equilibrado del propio yo es capaz de dar confianza, de emprender relaciones afectivas estables y profundas; es capaz, sobre todo, de salir de sí mismo y ocuparse de los problemas y las dificultades de los demás”[1].

Pero cuanto más me conozco más veo que es una tarea casi imposible llegar a ser equilibrado e íntegro. Es un sueño que mueve mi alma. Un anhelo tan profundo…

Sé que cuando aprenda a confiar en mis fuerzas, en lo que hay en mí, me volveré más confiado con los demás y con Dios.

Pero me pesa mi inseguridad. El miedo a hacerlo mal y a fallar. Si no confío en mí mismo, ¿cómo voy a confiar en los otros? Mis miedos hacen mella en el corazón.

La confianza es un don que anhelo y pido. Cuesta tanto confiar… Es tan fácil perder la confianza… La incoherencia, la incapacidad de hacer lo que digo, lo que creo. Me vuelvo blando, inconsistente. Y veo que los demás desconfían de mí, no me abren su alma, no se acercan a mí, tienen miedo.

Me cuesta creer en las personas. Desconfío de su mirada, de sus pensamientos, de sus creencias. Me da miedo ser así.

Necesito aprender a confiar dando confianza a los que tengo más cerca. Dejándolos ser ellos mismos. Sin querer que cambien todo lo que hay en ellos.

Confiar es un arte que tengo que practicar más. Aprender a delegar. A hacerme prescindible. Dejar que otros crezcan mientras yo me hago más pequeño.

Es un arte que no controlo. Creer en la bondad escondida. Sacar lo mejor de las personas que se me confían. No halagarlas en exceso. No criticarlas continuamente. Un punto medio que no es tan sencillo alcanzar.

[1] Giovanni Cucci SJ, La fuerza que nace de la debilidad

Tags:
confianza
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