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¿La persona más importante de tu vida… eres tú?

Nuvolanevicata | Shutterstock
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"Si nos ocupamos demasiado de nosotros mismos, no nos quedará tiempo para los demás"

La salud es importante. Es lo que escucho por todas partes. Mis horas de sueño, lo que como y lo que bebo. El deporte que hago, la ansiedad con la que vivo.

La actitud que tengo ante los fracasos y los éxitos. Mi capacidad de lucha, mi resiliencia. Las relaciones tóxicas que evito. Las relaciones sanas que frecuento. Mis vacaciones, mi trabajo. El equilibrio justo. Mis hobbies. Mis emociones sanas.

Pienso en todo lo que me angustia y me quita el sosiego. Lo acepto, importan mi salud física y mi salud mental. Son importantes.

Pero veo que con frecuencia me obsesiona estar sano. Como si pudiera controlarlo todo. Dueño de la vida y de la muerte.

Evito los riesgos. Alejo de mí las enfermedades. Quiero tener un cuerpo perfecto. Sin grasa, sin agotamiento. Sólo fibra y músculo.

Busco una vida equilibrada, sana, perfecta. Deseo estar en forma. Pero de repente me encuentro con que todo esto es vanidad.

El tiempo pasa muy rápido, la enfermedad llega, el desgaste erosiona mis fuerzas, los años van limitando mis ansias. Mi cuerpo se va quebrando sin que pueda evitarlo.

También el alma se cansa, se agota, se angustia. Quizás a veces invierto más tiempo en el cuidado de mi cuerpo que de mi alma. Y el alma, siendo sinceros, es lo que permanece para siempre cuando ya no queda cuerpo para seguir caminando.

Quiero que engorde más mi alma, y que adelgace mi cuerpo. Me siento anoréxico de emociones. Quiero estar más en forma en mi corazón. Para sentir en lo más profundo y amar en todo lo que hago.

Quiero ser capaz de entender un poco más lo que pasa por mi alma. Me pregunto con más frecuencia qué es lo que estoy viviendo.

Me gustaría desentrañar todas las dudas que atormentan mi corazón herido. Anhelo descansar más en Dios que es donde de verdad mi alma descansa.

Es tan frágil mi cuerpo, es tan corta mi vida… Algunos años que me parecen muchos. O pocos. No soy eterno. Es para el cielo para lo que estoy hecho. Además veo que pensar tanto en mi salud puede volverme egoísta.

Comenta Santa Teresa de Calcuta: Si nos ocupamos demasiado de nosotros mismos, no nos quedará tiempo para los demás”.

Me preocupo en exceso de mí. De mi estado de ánimo. De mi cansancio y de mi estrés. Y pienso sólo en lo que a mí me conviene para ser más feliz.

No tengo asegurado el final feliz de mis días. Nadie me ha prometido una vida hecha a la medida de mis sueños.

En la película Mientras seamos jóvenes, uno de los protagonistas, un padre que cuida de su bebé, comenta: “Sinceramente, me cuesta relacionarme con un bebé. Quiero a mi hija, pero aún soy la persona más importante de mi vida”.

Quiero pensar que yo no soy la persona más importante de mi vida. Pero veo que al final gasto demasiada energía buscando mi lugar en el mundo. El lugar perfecto, el trabajo perfecto, las relaciones perfectas.

Pero no lo logro y me frustro. Y dejo pasar la oportunidad sagrada de entregarme del todo, por entero, en lo que estoy viviendo.

Creo que esa es mi verdadera vocación. Vivir aquí y ahora y darme del todo justo allí donde me encuentro.

Se trata de hacer felices a los demás con los que comparto la vida. Ellos son los más importantes. Los que de verdad importan. Aunque esté yo menos sano. Menos en forma. Menos cuidado.

Descentrarme y buscar fuera el sentido de mi vida es lo que me hace madurar y crecer como persona.

Si no lo hago así, lo tengo claro, seré un eterno adolescente infeliz. Centrado en mí. En lo que me falta. En lo que necesito. Viviré pensando que el mundo me debe algo. Una oportunidad para ser feliz.

Creeré que son los demás los que tienen que cuidarme. Y que yo no necesito cuidar a nadie. Porque me quita la paz y tengo que guardarme.

Cuidaré mi vida. Y me sentiré vacío. Porque el amor es desgaste. Y la vida tiene sentido cuando se pierde.

Miro a María. Me anima su actitud ante la vida. Comenta el padre José Kentenich: En tanto María, ¿qué entregó ella? Ella quiere recibir. Ella no interrumpe al Señor con su actividad nerviosa. María no ofreció servicios ni actividad, sino que se ofreció a sí misma. Vosotros lo comprendéis: – En este relato subyace una negativa a la acción egoísta o autorreferente. Se trata de una entrega total a Dios, a sus deseos, a sus sugerencias[1].

María se ofrece a sí misma. No piensa en su salud. En el cuidado de su maternidad. Se entrega por entero. Se rompe por amor. No se cuida pensando en lo que Ella necesita.

Me gusta mirar a María para aprender de Ella. Lleva a Jesús en su seno y se hace peregrina. No busca que la cuiden.

Ella cuida y se entrega. No desea que se hagan realidad sus deseos. Desea sólo que se haga carne en Ella la palabra de Dios. Me parece la actitud que yo más anhelo. La actitud sagrada del que entrega su vida.

Así quiero ser yo. No me cuido a mí mismo, cuido a otros. No me guardo para no perderme, me entrego sin poner un límite. Mi salud pasa a un segundo plano. Igual que mis deseos y mis sueños.

Y me hago ofrenda, entrega, pan partido. Miro a María y miro su entrega. No se cuida. No se guarda. Yo quiero ser así.

[1] J. Kentenich, retiro a sacerdotes de la Federación de 1951

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entrega
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