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John Carpenter busca trabajo 

JOHN CARPENTER
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Un cineasta incomprendido que ha reflexionado mucho sobre la vulnerabilidad ante el mal del ser humano, y a pesar de todo, no pierde la confianza en él

“En Francia, soy un autor; en Alemania, un cineasta; en Gran Bretaña, un director de género; y en Estados Unidos, un mendigo”. He de decir que al mendigo nunca lo conocí, pero a los otros tres dobles de John Carpenter sí. Conocí al director de género cuando yo aún no sabía distinguir entre una película de serie B y una de gran presupuesto, porque él me hizo entender que el cine, el buen cine, no se hace sólo con dinero, se hace con cariño y mimo hacia la profesión, además de con mucho talento.

Conocí al cineasta después de ver varias películas suyas y darme cuenta de sus rasgos comunes, con los cuales un espectador puede sentirse en casa cuando va al cine. Y finalmente acabo de conocer al autor, al comprobar la firmeza de sus imágenes, mientras las de los estrenos más recientes se difuminan en mi memoria a poco de haberlos visto.

John Carpenter nunca fue un hombre de grandes discursos. En los setenta, mientras sus compañeros de generación denunciaban esto o lo otro, él nos mostró amenazas como el terrorismo o la progresiva soledad de las generaciones más jóvenes, no para explicárnoslas sino para combatirlas.

Algo así es lo que había detrás de  Asalto a la comisaria del distrito 13 (Assault on Precint 13, 1976) y La noche de Halloween (Halloween, 1978). Sus personajes defendían fortines, juntos pese a sus diferencias. Negros y blancos, hombres y mujeres, jóvenes y adultos. La guerra los perseguía a todos, siguiendo un modelo narrativo que luego él fue sofisticando hasta hacerlo suyo y contagiárselo a otros cineastas, entre los que sobresalen Quentin Tarantino, Jeff Nichols, James DeMonaco, Adam Wingard, David Robert Mitchell o Jeremy Saulnier, todos ellos -y muchos más- atentos a la lección de un maestro más pendiente de crear imágenes que de convertirlas en máquinas parlanchinas.

La cosa (The Thing, 1982) fue la apoteosis carpenteriana, la máquina con la que él nos mostró nuestra vulnerabilidad ante el Mal, porque puede transformarse rápidamente y porque nos puede convertir en sus intermediarios, para que antes de luchar contra él nos matemos entre nosotros. No hay héroes, sólo un puñado de irresponsables trabajadores en una estación en el Ártico, capaces de luchar unos contra otros mientras una forma extraterrestre se apropia de sus cuerpos y sus mentes.

Pero Carpenter no se anda con las medias tintas del cine mainstream actual: tiene fe en el ser humano, a pesar de todo, y en sus batallas no nos deja perder aunque nuestras pírricas victorias tampoco sirvan para salvarnos del frío, la intemperie o el regreso de las fuerzas que acabamos de vencer.

El actor favorito de Carpenter es Kurt Russell, que fue uno de los héroes del cine de acción en los ochenta y parte de los noventa, sin superpoderes pero peligroso cuando lo cabrean. Con él hizo dos películas donde interpretaba a Plissken el Serpiente, un delincuente asocial a quien le gustan poco los políticos y mucho menos los colgados que dirigen sectas y manipulan a la gente.

A su modo, es un Clint Eastwood de la vida, sin caballo ni espuelas, dispuesto a corregir situaciones injustas, no en el Far West sino en el futuro, un futuro punk en el que, lejos de haber avanzado, la sociedad en general se ha vuelto más primitiva. Un futuro tecnológico al que le faltan propósitos y sentido de la dirección. Un futuro de individualistas rodeados por hordas de tipos asalvajados y presidentes mentirosos y corruptos.

A Plissken, Carpenter y Russell le sumaron al camionero Jack Burton de Golpe en la pequeña China (Big Trouble in Little China, 1986), para hacer con él un homenaje a los antiguos seriales cinematográficos donde géneros como la aventura o las artes marciales se mezclaban con la comedia, en un cóctel lleno de encanto que -por desgracia- fracasó en taquilla.

La obra de Carpenter, de hecho, nunca ha sabido salir de su pequeño formato. Todos sus grandes proyectos fueron mal recibidos por el público y la crítica, devolviéndolo a su refugio en la serie B. Sin mucho dinero, aunque con mucho talento, dirigió El príncipe de las tinieblas (Prince of Darkness, 1987) y Están vivos (They Live, 1988), hoy en día considerados títulos de culto y excelentes descripciones de la Norteamerica de Ronald Reagan, caracterizada por el consumismo indiscriminado y el infantilismo bobalicón, que sólo sirvió para ampliar la brecha social en Estados Unidos, donde la clase obrera es una clase conformada por supervivientes y rodeada por clases privilegiadas que actúan como seres de otro planeta.

Es triste comprobar la caída de Carpenter a partir de los noventa, pese a haber dirigido entonces una de sus mejores películas: En la boca del miedo (In the Mouth of Madness, 1995). Su carrera en adelante no remontó la mala suerte con Fantasmas de Marte (Ghost of Mars, 2001), su última aventura cinematográfica, antes de entrar en el mundo de la televisión, al cual está a punto de regresar, si las cosas van bien.

Tags:
cine
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