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¿Es verdad aquello de que estamos usando sólo una pequeña parte de nuestro cerebro?

CONSCIOUSNESS
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La “ley de atracción” y el supuesto “poder de la mente”

Muchos autores del esoterismo y del movimiento New Age han dado amplia difusión a una creencia esotérica y pseudocientífica llamada “Ley de atracción”.

Ya el mismo nombre de “ley” a muchos les parece que es algo irrefutable, o análogo a lo que se entiende por ley en ciencias físicas. 

El libro que mayor difusión ha dado a estas ideas es El Secreto de Rhonda Byrne que se ha vuelto una referencia entre la literatura New Age y del así llamado “pensamiento positivo”, donde se mezcla espiritualidad New Age con lenguaje pseudocientífico, y cuyo núcleo doctrinal es una versión postmoderna de antiguas creencias gnósticas. 

¿De qué se trata?

La ley de atracción es una creencia falaz donde se sostiene que los pensamientos, sean conscientes o inconscientes, influyen sobre la vida de las personas afirmando que son “unidades energéticas” que devolverán a la persona que los emite, una “onda” similar.

Se profesa un antiguo pensamiento esotérico, de correspondencia en el universo y que los acontecimientos que nos suceden son atraídos por nuestros pensamientos. Para hacerla funcionar se necesita: “Saber lo que uno quiere”, “Pedírselo al Universo” (como si fuera una divinidad), actuar, sentir y pensar como si lo deseado ya se hubiese adquirido y estar abierto a recibirlo. 

La expresión tiene su origen en el movimiento llamado “Nuevo Pensamiento” (s. XIX, USA), que influyó en líderes de diversas sectas y en autores como William W. Atkinson, quien mezclaba creencias mágicas con lenguaje pseudocientífico. Las versiones actuales de esta doctrina deben su existencia también a autores  como Wallace D. Wattles quien escribió “La ciencia de hacerse rico” (1910). 

Muchos de los difusores de esta creencia sostienen que “la negatividad atrae negatividad y lo positivo atrae lo positivo”, con lo cual cada persona es culpable de las cosas negativas que le suceden, “por pensar como piensa” y desaparece mágicamente la responsabilidad personal y la injusticia social. 

El lenguaje que utilizan asimila términos científicos para hablar de creencias mágicas e irracionales, confundiendo así al lector incauto. Así la “ley de atracción” enseña que, si una persona desea algo, lo obtendrá gracias a “energías” y “vibraciones” positivas. ¿De qué energía se está hablando? ¿De qué vibraciones? ¡Pura pseudociencia!

Doctrina contradictoria

El núcleo de la creencia es que los pensamientos tienen “poder” para “atraer cosas del Universo”, postulando así que si alguien no se cura de una enfermedad es sencillamente porque no lo desea o porque no piensa correctamente. Si las cosas van mal, la culpa siempre es de uno mismo que no actúa de la manera correcta para obtener beneficios.

Así podríamos deducir que los millones de seres humanos que padecen hambre o violaciones a sus derechos fundamentales, es porque de algún modo piensan del modo incorrecto. Cada ser humano atraería así su prosperidad o su sufrimiento desde el Universo y cada uno recibiría las consecuencias de su “pensamiento”. 

A muchos les parece atractivo, porque les ofrece la ilusión de que pueden controlarlo todo y les evita así pensar en las contradicciones e injusticias que viven millones de seres humanos diariamente. Una explicación fácil y cómoda para una realidad compleja como es la vida humana y el problema del mal. Cuando no se obtiene el resultado que se busca, simplemente se nos dirá: “Te faltó fe” o “no pensaste con suficiente fuerza”, o “no pensaste correctamente”. Respuestas mágicas a creencias mágicas. 

Es una versión de las “teologías de la prosperidad” neopentecostales en clave  New Age: “Todo lo que necesitas para prosperar económicamente es cambiar de actitud y atraerás todo el dinero como un imán”.

Lo mismo puede utilizarse para curarse de una enfermedad, conseguir trabajo, o bajar de peso. “Solo es el poder de la mente”. Y aunque la ciencia ya ha demostrado que usamos el 100% de nuestro cerebro, siguen repitiendo el mito de que usamos una muy pequeña parte de este.  

Los promotores de estas ideas recurren a buscar cualquier pensamiento semejante en todas las religiones, en la psicología o en el hermetismo renacentista, para legitimar que es una “Ley universal”, cuando no deja de ser más que charlatanería.

¿Y la ciencia?

No es necesario explicar que una creencia de este tipo carece de cualquier fundamento científico. Y alguien podría objetar que lo mismo sucede con cualquier creencia en realidades sobrenaturales. Pero lo cierto es que las religiones no presentan sus creencias como leyes científicas, sino como creencias, unas más racionales y otras menos racionales, pero nunca como algo que se da por evidente, cuando en realidad no lo es.

Algunos de sus difusores comparan la “ley de atracción” con la ley de gravedad para dar por descontado que se trata de una ley del Universo, cuando es solo pensamiento mágico.

Las nuevas versiones “New Age” le agregan lenguaje robado de la física cuántica. De hecho, muchas pseudociencias utilizan el término “cuántico” para dar mayor prestigio “científico” a creencias absurdas sin ningún respaldo de la física.

Las anécdotas que se usan como testimonios son siempre casos aislados y positivos que sirven como publicidad de ciertos libros o pseudoterapias.  Es obvio que muchas personas padecen los mismos males, como en una catástrofe natural y sin embargo no se puede afirmar que todos pensaran negativamente atrayendo el mal a sus vidas.  

Verdades a medias 

Si bien no podemos negar la influencia de la mente y de las actitudes en aspectos de la vida personal y de la salud física y mental, porque el ser humano es una realidad unitaria, como en casos de enfermedades psicosomáticas, o la importancia de la educación de las emociones en la psicología positiva, saltar de cuestiones demostradas por la ciencia a conclusiones de ciencia ficción, es algo muy desprolijo y falaz. Incluso puede ser peligroso cuando las personas, por ejemplo, abandonan un tratamiento médico debido a que creen que se curarán con “el poder de la mente”. 

El mundo está lleno de personas muy positivas que viven sufrimientos muy grandes y no es por “atracción”, sino porque la libertad humana hace que muchos decidan hacer el bien o el mal, independientemente de cómo piensen los destinatarios de esa acción. 

Los mensajes cargados de pensamiento mágico se saltean la realidad y son muy atractivos por las falacias que utilizan, tomando verdades a medias, sean éstas de origen científico, filosófico o religioso, para hacer valer creencias insostenibles racionalmente. 

Libros como “El Secreto” están llenos de este tipo de prédicas, donde es cada uno quien se hace bien o mal con su pensamiento y si cada uno se ocupa de sí mismo (egoístamente) estaría ayudando a la armonía del universo. Así ya borramos de un plumazo el amor al otro como alguien distinto de mí, sino que, con la excusa del panteísmo de fondo, como todos somos lo mismo, el amor al otro es simplemente amor a mí mismo, porque todos somos el Universo y el universo es Dios. 

Otros predican cierta “compatibilidad” de la espiritualidad cristiana con estas ideas, cuando en realidad son diametralmente opuestas. El cristianismo enseña que somos libres y que al Universo no se le pide nada, porque no es Dios. La idea de que somos ilimitados con poder ilimitado -como enseña “el Secreto”-, se contradice con la realidad limitada que somos.  

Es una invitación al egoísmo, porque la ocupación con uno mismo y los propios pensamientos, da la espalda al sufrimiento ajeno, en el que no habría que pensar, no sea cosa que se lo atraiga. 

Y es falsa la idea de que muchos pensadores y filósofos antiguos enseñaban esto. En realidad, sacan frases de contexto y las acomodan a su interpretación. Incluso la obra esotérica atribuida a Hermes Trismegisto citada al comienzo del documental basado en el libro “El secreto” nunca habla de ninguna “Ley de Atracción” como pretenden.  

Cualquiera es libre de creer en estas cosas, pero no es ético hacerlas pasar por ciencia, ni por filosofía, ni por tan antiguas, ni por cristianas, como hacen sus promotores. 

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