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Cuando el azul era para las niñas y el rosa para los niños

BABY'S BOOTEES
By Christina_summer | Shutterstock
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La atribución del rosa para las niñas y del azul para los niños se remonta tan solo al 1900, después de 700 años de tradición cristiana donde el azul era el color de la Virgen María, símbolo de pureza divina y de feminidad

Cuando nace un niño, la tradición dicta que los niños vistan de azul y las niñas de rosa. Colores claramente definidos que todavía hoy caracterizan la moda infantil y que, según se cree, son estereotipos sexuales que pretenden marcar lo femenino y lo masculino desde tiempos inmemoriales.

¡Pues no! No siempre ha sido así. Los colores también tienen su historia y hay que remontarse al siglo XII para entender esta tendencia.

En la Edad Media, la ropa blanca, imagen de pureza e inocencia, seguía siendo la norma entre las niñas y los niños hasta los 6 años. Pero el azul hizo su introducción en el mundo occidental, de mano del culto mariano.

Elegimos revestir a la Virgen de un color con pigmentos caros, el lapislázuli, tan precioso que cuesta tanto como el oro, si no más, y que lo usamos solo para representar a los personajes más simbólicos, los más sagrados.

Se convirtió en el color divino de la Virgen María y el color femenino por excelencia, mientras que el rosa —que de hecho es solamente un rojo pálido— es un símbolo de virilidad y poder.

El azul

Convertido en color de la Virgen, el azul brilla en vidrieras góticas, esmaltes y miniaturas. La Virgen vive en el Cielo. Y por primera vez en Occidente, el cielo se pintaba de azul. Este color considerado tanto tiempo como bárbaro, se vuelve divino, evoca espacios de calma, de serenidad, de paz… Los teólogos diferencian la luz divina de la luz terrenal. La primera es azul, el color de la pureza por excelencia. La segunda es blanca.

Entonces el azul entró en política, un pasaje marcado por san Luis, que quiso ponerse bajo la protección de la Virgen María. El rey de Francia eligió las flores de lis sobre un fondo azul como colores reales.

Entonces los señores de la aristocracia se apropiaron de él, seguidos por la burguesía, y el azul “divino” se volvió cada vez menos “divino”.

En tres generaciones, según Michel Pastoureaux, autor de Azul, historia de un color (ed. Paidós Contextos), se pasa del escudo de armas a la insignia, de la insignia a la bandera y a los uniformes. Y aquí el azul, declinado en infinidad de variantes, se convierte en un color propio del poder político y militar, y por tanto propio de los hombres.

En 1930, los ajuares para bebés comenzaron a diferenciarse, y las familias adineradas comenzaron a adoptar el azul para los niños.

El rosa

Por el contrario, hasta aproximadamente el siglo XVIII, el rosa se asociaba casi exclusivamente con los hombres.

Sin embargo, se habla más bien de “rojo pálido”, de encarnado (color carne) y no de rosa propiamente dicho. Los antiguos griegos ya atribuían este color a sus hijos, considerando a los niños más productivos que a las niñas.

Y este color, durante la Edad Media y el Renacimiento, se vestía todavía mucho, como lo demuestran tantas representaciones artísticas de la época. Vemos caballeros con calzas rosas y grandes figuras como Enrique IV disfrazado de Marte, dios romano de la guerra, en una pintura que data de 1606. Incluso Cristo, en una pintura de Bronzino — la Crucifixión—  de 1545, tiene también su toque de rosa.

Luego el rosa adquirió otra dimensión. La marquesa de Pompadour encontró que el rosa era “de una finura exquisita” y lo llevó a Versalles, arrastrando con ella a las cortesanas que comenzaron a imitarla vistiendo de rosa a sus niñas.

La llegada del movimiento romántico solo tendrá que dar un último empujón en el siglo XIX, y el rosa se convirtió en la encarnación de la ternura, la suavidad, en símbolo de la feminidad por excelencia hasta nuestros días.

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