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Duelo: Lo que necesitas para sanar heridas

CONSOLING ANOTHER PERSON

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 25/05/18

Y no sólo taparlas

Muchas veces no sé qué hacer ante el dolor ajeno. Me detengo callado sin saber qué decir. No encuentro la pregunta adecuada, la mirada correcta, el gesto oportuno.

No me parezco a María que al pie de la cruz llora en su propio dolor y abraza el dolor de Juan, de María Magdalena, del mismo Jesús muriendo.

Cuando sufro me cierro y no soy capaz de sentir compasión por otros. De abrirme y sufrir con el que sufre. Dibujo torpemente mis gestos, mi postura. No sé bien cómo hacer para calmar el dolor del que sufre.

A veces creo que mis palabras traerán consuelo. Pero quizás son más bien mis silencios los que ayudan.

No el silencio de la indiferencia. Cuando la vida ajena no me interesa. Me refiero más bien a ese silencio respetuoso y sagrado cuando no encuentro palabras adecuadas.

Un abrazo, una sonrisa, un te quiero. Sé que mi amor sana y anima. Es la mejor forma de consolar al triste. El mejor calmante del alma. Levanta al que llora. Sostiene al caído.

Decía el padre José Kentenich: “La llave mágica del amor. ¡Cuán pronto transforma el amor también el dolor y la tristeza en alegría! Hemos de aprender a transformar la cruz, el dolor y la tristeza en alegría, en alegría real”[1].

Mi amor callado y presente convierte el dolor en alegría. Mi amor fiel e incondicional.

Creo que el dolor tiene algo que purifica el alma por dentro. Es como si limpiara mis entrañas más hondas. En lo más oculto, allí donde mi vista no alcanza. Es como un fuego que todo lo purga. Lo impuro, lo sucio.

El dolor es una herida abierta dentro de mi alma. A veces quiero cerrarla de golpe, sin respetar el duelo. No quiero que el dolor me envenene. No quiero seguir sufriendo.

Pero he descubierto que las heridas cierran de dentro hacia fuera y no al contrario. Yo intento vanamente cerrar por fuera. Estirando la piel. Atando los extremos. Cubriendo esa hondura que tanto me incomoda.

Me da miedo que se infecte todo. La herida abierta duele en cuanto la toco. Se me olvida que la herida tiene que cerrar de dentro hacia fuera. Lentamente, sin prisas.

Y no sé bien por qué Dios me dio tan poca paciencia. Busco en el arcón de mis dones por si acaso hubiera algo más de paciencia escondida, olvidada. Intento encontrar un alma serena en la larga espiral de mi dolor cansino.

Y me veo corriendo nervioso tratando de resolver todas mis inquietudes. Como si faltara el tiempo. Como si sobrara el ímpetu.

Sé que el dolor de mi alma viene de una herida honda. Sé que sin la paciencia jamás curará mi herida.

Intento que no me duela. Intento que no les duela a aquellos que me confía. Intento tapar heridas, limpiando hondo, vendando fuerte.

Pero no siempre me resulta porque no tengo paciencia. Quiero que no se infecte mi herida más profunda. Que no me llene de odio, y de rabia, y de rencor.

Porque cuando la fiebre nubla mi entendimiento es porque no he sido paciente para curar mi herida. Y pierdo la alegría. Y la rabia manda en mí. Día tras día acuden a la puerta como mendigos mi dolor y mi tristeza.

Igual yo me detengo ante la puerta del dolor ajeno. Busco silencios más que palabras. Busco dar cariño más que exigir amor. Busco actuar con delicadeza, sin prisas.

A veces soy un poco precipitado. Me viene por la sangre. Y me olvido del dolor que llevo y del dolor que llevan. Y paso por encima del sufrimiento. Sin delicadeza, sin ternura.

No quiero que la indiferencia haga más daño. No quiero que mi olvido produzca dolor. Quiero ser un sanador herido. Tengo compasión desde mi tristeza. Dejo que Jesús me sane a mí mismo. Y así poder yo sanar a otros.

Sé muy bien que la paz no consiste en no tener heridas, ni dolores. Es inevitable que al amar yo sufra y resulte herido. Y que al sufrir mi herida sea profunda. La pérdida, la ofensa, el desprecio, la soledad no querida.

No me da miedo el dolor que limpia el alma. Querrá decir que he vivido. La ruptura duele. Y la distancia daña.

No quiero pasar de puntillas por la vida de los hombres. Ni por la mía. Cuando lloro me siento tan contento…

Miro fotos pasadas derramando mi llanto. Tengo el alma sensible casi ya de niño. Las cosas me afectan más de lo que yo quisiera. Tocan quizá la herida propia del nacimiento. La herida en que me rompo al abrirme a la vida.

Me sobran las palabras que buscan el consuelo. Esas que a veces digo y a veces oigo: “Ahora descansa en paz. Está con quien más quiso. Ahora por fin camina. Y sabe dónde vive. No te preocupes tanto, es que Dios lo ha querido”.

Son las palabras hechas para consolar heridas. Las oigo y las repito. Las guardo y las olvido. No consuelan a nadie. Ni yo mismo hallo consuelo.

Sé que el dolor tan hondo es parte de la vida. No quiero tapar con vendas la herida que me duele. Quiero aceptar mi llanto. Y limpiar con las lágrimas. Quiero abrazar al que llora. Llenándolo de cariño.

“Hacer de sus propias heridas una fuente de curación no es una llamada a compartir los dolores personales superficiales, sino un constante deseo de ver el sufrimiento de uno mismo como surgiendo del fondo de la condición humana que todos compartimos”[2].

Quiero tener paciencia para curar heridas. Día tras día. A la misma hora. Limpiando en lo más profundo. Sin importarme vivir con heridas abiertas. Evitando que se infecten y me dejen lleno de amargura.

Por mis heridas entra el fuego de Jesús. Puede entrar también el odio. Le pido a Jesús que me llene de esperanza. Que calme mi dolor.

Pienso hoy en Jesús. En sus muchas heridas. Él me consuela herido. Y yo me abrazo a Él, en medio de mis penas. Convertirá mi llanto en una dulce alegría. Por eso confío tanto en el amor de Jesús que me sana por dentro. Sana mi herida.

[1] J. Kentenich, Las fuentes de la alegría sacerdotal

[2] H. Nouwen, El Sanador herido

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