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El papa Francisco abre la caja de Pandora de los abusos en Chile

POPE FRANCIS
Antoine MEKARY I ALETEIA
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Con los últimos gestos del Pontífice se abre un camino para toda la Iglesia sobre el tratamiento y la prevención de los casos de abusos 

En dos mil años de historia jamás un entero episcopado había puesto sus cargos en las manos del Sucesor de Pedro: así ocurrió por escrito el 17 de mayo 2018 en el Vaticano. Así lo confirmó Hans Zollner presidente de la comisión vaticana anti pedofilia en una entrevista para Aleteia.

30 obispos chilenos presentaron formalmente su renuncia en bloque al papa Francisco debido al dolor causado a las víctimas, al mismo Papa, al Pueblo de Dios y a Chile, a causa de “graves errores” y “omisiones” en los casos de abusos de poder, de conciencia y sexuales. 

Por lo pronto, en la diócesis de Rancagua, el obispo Alejandro Goic, al volver de Roma, anunció que suspendió del ministerio sacerdotal al 22% de sus sacerdotes, acusados de pertenecer a una red de abusos de menores e intercambio de material pedopornográfico.

Entre otras medidas, ahora se esperan decisiones importantes en la materia, e incluso nuevos nombramientos en el episcopado de Chile que podrían demorar de tres a seis meses debido a la complejidad en la selección de candidatos idóneos, con “olor a oveja” y no con “psicología de élite”, parafraseando a Francisco. 

La caja de Pandora de los abusos en Chile fue abierta por el papa Francisco a partir del gesto de aceptar él mismo en primera persona su error y reunirse en Santa Marta con las víctimas de Fernando Karadima, condenado en 2011 por la congregación para la doctrina de la fe (CDF): Juan Carlos Cruz, José Andrés Murillo y James Hamilton.

El Papa se conmueve con las víctimas

El Papa y las víctimas se conmovieron, conversaron y se reconciliaron, en tres días (28,29, 30 de abril) de muerte y resurrección para iniciar a reparar el daño acumulado en décadas. 

Juan Carlos Cruz nos contó detalles de ese encuentro en una entrevista el 2 de mayo: “Para mí fue muy emocionante que (el Papa) me dijera: ‘¡Perdón!’ Y claro, uno salta y se pone nervioso: ‘¡No, no Santidad’. Y Francisco insiste: ‘No, no, yo fui parte de este problema y te quiero pedir perdón’.

Es decir, esto no lo hace ni un amigo. Entonces, menos te lo esperas del Papa. En ese sentido, (silencio…) fue una cosa emocionante para mí (llanto). Pero, por otro lado, me duele que me estén pasando cosas tan buenas y a otras personas le estén pasando cosas tan malas”. 

El Papa es líder y ejemplo de franqueza -hasta para los políticos- por aceptar su error tras el tropiezo en su viaje pastoral a Chile (15-18 de enero) cuando, especialmente en Iquique, por desinformación defendió al obispo de Osorno, Juan Barros, acusado del encubrimiento de Karadima. 

Sin embargo, esa era apenas la punta del iceberg solidificada en la supuesta impunidad de diversos otros casos de abusos como el de la Compañía de María (marianistas), el juicio del legionario irlandés, John O’Reilly o las malas conductas de rectores de seminarios, etc. 

Tras el informe (2.300 páginas y 64 testimonios) de sus enviados especiales a Chile, el obispo maltés Charles Scicluna y el oficial de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el sacerdote español Jordi Bertomeu, en febrero 2018, Francisco antecedió a la visita de los obispos de Chile, convocados a Roma, el encuentro con las víctimas de Karadima.

Los obispos fueron recibidos en grupo por el Papa, no hubo encuentros personales. No celebró con ellos la misa en Santa Marta ni se les vio el domingo en la celebración de la solemnidad de Pentecostés o en el rezo del Regina Coeli en la plaza de San Pedro a medio día.

El obispo de Roma tuvo un gesto de cercanía igualmente inédito con personas ignoradas y heridas por el clero chileno que por años tuvo oídos sordos privilegiando la imagen de ‘sabio y santo’ del poderoso párroco de la iglesia de El Bosque (1970-1980), en una zona exclusiva de Santiago de Chile. 

Por eso, probablemente, el Papa en su carta a los obispos chilenos para preparar el encuentro afirma: “La psicología de élite o elitista termina generando dinámicas de división, separación, “círculos cerrados” que desembocan en espiritualidades narcisistas y autoritarias”.

Karadima, así como ocurrió con Maciel en México, se ganó la consideración de poderosos clérigos y políticos.

En efecto, el cardenal Francisco Javier Errázuriz (arzobispo mérito de Santiago) en una carta del 10 de mayo a la CECH publicada por medios locales, admite que la fama de Karadima de atraer vocaciones ofuscó su juicio.

Igualmente fue inédito el lenguaje del clero chileno que luego de tres días de encuentro con el Papa en la auletta Pablo VI del Vaticano, agradece a las víctimas (por primera vez con este énfasis) su “perseverancia y su valentía”, tantas veces en medio de los “ataques de la propia comunidad eclesial”, a través de un comunicado del 18 de mayo. 

En una carta filtrada por la prensa preparada antes del encuentro con los obispos de Chile (15, 16 y 17 de mayo), el Papa se muestra duro afirmando que no es suficiente la “remoción de personas”, y exhorta a ir a fondo.

Así, denuncia el sistema y denuncia las actitudes “de mesianismo, elitismo y clericalismo” que son síntomas de “perversión en el ser eclesial”.

La tarea pendiente de los obispos chilenos 

Para volver a estar con los débiles, los oprimidos, los que claman justicia, no es suficiente seguir las directivas de la Comisión Pontificia para la Protección de los menores (instituida en 2014) en materia de abusos. 

El papa Francisco mismo recibe a víctimas de abusos en privado, sin cámaras ni fotógrafos, los viernes en casa Santa Marta en el Vaticano, dispuesto a sanar esas heridas y a conocer la realidad ‘no de oídas’. 

Ahora, los obispos de vuelta a Chile no tienen pretexto y tienen la responsabilidad -vigente hasta que el Papa decida qué hacer con sus cargos- de ir a buscar a las víctimas, escucharlas, pedirles perdón, reparar y moverse incluso antes que cualquier tribunal. 

Respecto a las renuncias, el ojo del huracán gira alrededor del ‘círculo de hierro’ de Karadima que involucra a los obispos Andrés Arteaga (enfermo de Parkinson y por eso no viajó a Roma), Horacio Valenzuela, obispo de Talca y Tomislav Koljatic Maroevic, obispo de Linares.

Sin embargo, también están los obispos que han sido negligentes con otros casos, las presiones y quienes defienden el poder eclesial a todo costo. 

El Papa denunció que hay declaraciones (del informe Scicluna) que certifican “presiones ejercidas sobre aquellos que debían llevar adelante la instrucción de los procesos penales o incluso la destrucción de documentos comprometedores por parte de encargados de archivos eclesiásticos”. 

De vuelta a Chile, el 18 de mayo, el cardenal Ricardo Ezzati en una conferencia de prensa sostuvo que la denuncia sobre la destrucción de documentos fue “una novedad también para mí, como ha sido una novedad para todos los obispos”.

Asimismo, contestó sobre las acusaciones de encubrimiento en su contra. “La información la dio un joven que yo no conocía y he pedido que eso se verificara en el tribunal de justicia de Valdivia justamente para rechazar esa infamia, y la corte de Valdivia me absolvió totalmente porque no hay ningunísima prueba de ello”. 

En definitiva, en juego está la seguridad de los niños y de los jóvenes, no la reputación de los pastores.

Francisco en su dura carta a los obispos sostiene al respecto:  “Por favor, cuidémonos de la tentación de querer salvarnos a nosotros mismos, salvar nuestra reputación (“salvar el pellejo”); que podamos confesar comunitariamente la debilidad y así poder encontrar juntos respuestas humildes, concretas y en comunión con todo el Pueblo de Dios”.

Los obispos ahora tienen la tarea pendiente de demostrar su verdadera “vergüenza” y “dolor” y poner en práctica la prevención y reparar incluso económicamente si fuera necesario a las víctimas para ayudarles en su curación psicológica. 

El informe Scicluna en Chile no sólo es una denuncia: es el oído del Papa al clamor de justicia por parte de aquellos que siendo jóvenes frágiles deberían haber sido protegidos y ayudados en su tiempo. 

De hecho, en las historias de los niños y jóvenes abusados hay aspectos comunes. Así, no es nada casual el testimonio de (las víctimas de Karadima) Juan Carlos Cruz que a los 16 años pierde a su papá y James Hamilton que a los 17 años, hijo de familia de padres separados y padre ausente, inician a frecuentar El Bosque.

El párroco, quien debería haberlos ayudado, en cambio, se aprovecha de su vulnerabilidad. Y pruebas no hay porque todo se fragua en la intimidad y evitando demasiados ojos indiscretos. 

En el contexto del caso chileno, ahora los últimos gestos y palabras del Papa se ponen ante los ojos de la Iglesia universal como un paradigma para el tratamiento y la prevención de los casos de abusos.

Los obispos tendrán que seguir el crecimiento de sus sacerdotes y no dejarlos solos. Porque como admite el Papa: Queremos pasar de ser una Iglesia centrada en sí, abatida y desolada por sus pecados, a una Iglesia servidora de tantos abatidos que conviven a nuestro lado”.

Te puede interesar: Abusos en Chile, el Papa convoca a roma a los obispos, cronología de una crisis. 

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