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Cómo llegar a la Iglesia

CATHOLIC CHURCH
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La ruta de uno no será como la de otro… y Dios se encarga de ello

Cuando preguntas por una dirección en Pittsburgh, lo más probable es que alguien te ofrezca su ruta secreta especial, que suele incluir siete giros cada kilómetro y con la que terminas completamente perdido más de una vez. Y todo eso en una zona sin GPS, y es que ¿por qué ibas a tenerlo fácil? Gracias a todas las colinas, ensenadas y valles, rara vez hay un camino recto para ir a algún sitio.

Las rutas secretas de algunas personas son más sencillas que otras, algunas son más rápidas y otras son ridículamente complicadas. Las personas no llegan a la Iglesia de la misma forma.

Yo solía pensar que simplemente esa era la forma que tienen de hacer las cosas personas que son diferentes. Lo es, pero ahora veo que es algo que Dios utiliza.

Llegar a puerto

El gran converso del siglo XIX, John Henry Newman, escribió sobre su propio descubrimiento de la Iglesia católica en un libro titulado Apologia pro vita sua (es decir, una explicación de su vida).

Casi 20 años más tarde, añadió un capítulo sobre su vida después de entrar en la Iglesia. Nunca jamás se arrepintió de haber entrado. “He estado en perfecta paz y satisfacción; nunca he tenido una duda”, afirma.

Entrar en la Iglesia fue “como si hubiera llegado a puerto después de una galerna [viento borrascoso]; y mi felicidad por haber encontrado la paz ha permanecido sin la menor alteración hasta el momento presente”.

Así fue mi experiencia. Es lo ideal. Al poner estas dos frases juntas no pretendo reivindicar nada para mí. Fue una bendición y un don, no un logro mío.

Puedo suponer cuáles fueron las razones terrenales de esa bendición y al menos una de ellas no redunda en mi beneficio. Me tomó mucho tiempo encontrar mi camino para entrar, varios años después de reconocer realmente a la Iglesia como la Iglesia.

Mi mente y mi espíritu estaban programados para el ser católico. Las cosas que molestaban a otras personas a mí me parecían bien, incluso cuando no creía en ellas.

La transubstanciación era una de esas cosas. Nunca entendí realmente el intenso disgusto de mis amigos evangélicos ante esa idea.

Yo pensaba que si uno podía creer que Dios se hizo hombre en la Anunciación, podía creer que Dios se nos entregaba a Sí mismo en la misa y que podía encontrarse en el tabernáculo. Como dirían mis mordaces amigos seculares, si te tragaste un camello, puedes tragarte otro camello.

Y para mí tenía un sentido intuitivo, que si Dios hizo una cosa, haría la otra. Constituiría un patrón. Su presencia continuada en la tierra sería material, como Su primera venida. Y me encantaba la idea de que Jesús siempre estuviera a la vuelta de la esquina y que pudiera ir a verle siempre que quisiera.

Durante varios años, no quise moverme de mi sitio por una serie de razones, así que no lo hice. Sin embargo, porque Dios es bueno y la Iglesia tan atractiva, mi mente y mi espíritu seguían creciendo hacia la Iglesia incluso mientras yo permanecía fuera, justo en el borde. Dios, en Su amor, siguió formándome incluso cuando estaba siendo desobediente.

Rutas diferentes

Esa fue mi ruta, y una fácil, aunque debió haber sido más fácil aún. Muchas personas que conocí (y conozco) que se sentían atraídas por la Iglesia tuvieron muchas dificultades.

Mis amigos evangélicos serios lo pasaron especialmente mal, porque la Iglesia mantenía verdades que a ellos les habían enseñado desde la infancia que estaban del todo erradas (algunos de ellos, creo, estaban siendo tan desobedientes como yo. Encontraron el camino, como yo. Pero no todos ellos).

Yo pensaba “Jesús en el tabernáculo, sí, estupendo”. Y ellos piensan “Sí, estupendo… [chillido] ¡No, espera, eso no!”.

Yo era una nave espacial en una película de ciencia ficción intentando tibiamente escapar a un rayo abductor porque, en realidad, más bien esperaba ser capturado. Ellos eran soldados en primera línea de batalla intentando repeler un ejército invasor de orcos.

Yo estaba en lo alto de una pendiente resbaladiza con un agradable terreno abajo, pero prefería quedarme en tierras altas, me preocupaba más la caída por la pendiente que el aterrizaje. Ellos eran Indiana Jones colgando sobre un hoyo lleno de serpientes.

Al volver la vista atrás, solía pensar que mis amigos y yo simplemente llegamos a la Iglesia por rutas diferentes, porque Dios llama a la gente desde lugares muy diferentes. Mi ruta pasaba por una autopista de cuatro carriles, la suya serpenteaba campo a través.

Lo que hace Dios

Ahora veo más lo que Dios estuvo haciendo y cómo usa quienes somos. Mis amigos evangélicos que se hicieron católicos pasando por tantas dificultades pueden hablar de esa experiencia a otros que estén pasando por lo mismo. Ellos conocen los argumentos. Cuando alguien argumenta: “Es que la Biblia dice”, ellos pueden decir: “Bueno, en realidad no”.

Yo no puedo hacer eso porque nunca tuve que hacerlo para mí mismo. Si alguien dice: “Es que la Biblia dice”, mi respuesta habitual es: “No dice eso, pero no puedo recordar por qué no lo hace”.

Sin embargo, tengo una mejor idea sobre cómo funciona la situación en conjunto, cómo tiene sentido imaginativo, cómo se siente desde dentro y qué satisfacciones ofrece la Iglesia. Mis amigos antes evangélicos tienden a no ser tan buenos en eso.

Dios utiliza para Sus propios propósitos los caminos de donde venimos, incluso si permanecimos fuera mucho más tiempo del que debiéramos. Dios es misericordioso, pero también es astuto.

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