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Venezuela otra vez a elecciones el 20 de mayo, ¿qué esperar?

VENEZUELA

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Macky Arenas - Aleteia Venezuela - publicado el 12/05/18

La Iglesia habla de ilegitimidad, la comunidad internacional de ilegalidad y los electores aún deshojan la margarita

La mayoría de las organizaciones, partidos políticos e individualidades con significación pública en Venezuela se han manifestado en contra de realizar elecciones el 20 de mayo. La misma postura la mantiene el grupo de países que apoya la restauración de la democracia en el país.

La razón es obvia: los puntos declarados como innegociables son, en realidad, los mismos 4 requerimientos que se colocaron sobre la mesa a lo largo y ancho de los frustrados intentos de diálogo entre el gobierno y la oposición y que el Cardenal Parolin –secretario de Estado vaticano- recordó en su jamás respondida carta al presidente venezolano Nicolás Maduro.

Esa agenda es la “piedra de tranca” que gravita como una nube tóxica sobre esta consulta electoral: crear condiciones de transparencia comicial, permitir la llegada de ayuda humanitaria, liberar a los presos políticos y volver a la legalidad, la cual que no representa la Asamblea Nacional Constituyente. Nada de eso ha ocurrido, salvo la liberación de unos cuántos detenidos permaneciendo un importante número aún tras las rejas en situación deplorable.

Desde aquellos tiempos de diálogo es mucha el agua que ha corrido bajo el puente y hoy nos encontramos ante la inminente realización de unos comicios presidenciales sobre los cuales una parte de los ciudadanos alberga dudas que la mantienen reacia a votar y la otra, con todo y dudas, piensa que debe acudir a las urnas.

El gobierno, consciente de que necesita un contendor y a sabiendas de que está blindada su capacidad de ganar aun perdiendo, consiguió un escenario electoral que ha dividido a los electores, opositores en su incuestionable mayoría: un candidato que opone su nombre al de Maduro recorre el país, apoyado por dos o tres representantes de los más tradicionales partidos  -históricamente mayoritarios, ya venidos a menos- intentando movilizar el voto anti-gobierno.

Pero es un candidato que fue chavista, que viene de perder las elecciones para gobernador –aspiraba a reelegirse- en su propio estado y quienes lo acompañan carecen de fuerza real y su enrolamiento en este proyecto, que muchos ven como una jugada del régimen, les ha restado credibilidad.

No obstante, parte del electorado piensa que la abstención es históricamente la peor estrategia y otros sostienen que, absteniéndose, al menos no contribuyen al éxito de una opción que consideran inconstitucional y fraudulenta.

Lo cierto es que el voto ha perdido su atractivo como instrumento de cambio en este contexto crítico. Como dice la letra de la famosa canción de Rocío Jurado, “se nos rompió el voto de tanto usarlo”. El liderazgo, en general, también ha perdido capacidad de convocatoria y es una interrogante si saldrá con vida de este remezón.

Ni siquiera el gobierno funciona como bloque pues hay fundadas sospechas de que ya no controla a su militancia, al punto de que el abstencionismo también cunde en las filas rojas. Por otra parte, las sanciones impuestas por varios países han hecho su trabajo y podrían muchos oficialistas estar pensando seriamente en no figurar avalando unos comicios que han sido abiertamente declarados fraudulentos por la comunidad internacional.

La Iglesia, como es usual, ha puesto el dedo sobre la llaga: el problema no es votar o no votar, sino que el actual estado de cosas en el país, el hambre, el colapso de la salud y de los servicios públicos (especialmente agua y electricidad), deslegitiman un proceso electoral en estos momentos. La atención no debe ser desviada de los ingentes y muy graves problemas que las mayorías del país, necesitadas y descartadas, están sufriendo.

El respetado analista y escritor venezolano, Alberto Barrera Tiszka, se suma a esas prioridades señalando: “Para la mayoría de la población, dentro y fuera del país, la situación es alarmante. Hemos llegado a un límite casi inimaginable en términos de hiperinflación, de deterioro en la calidad de vida, de violación de los derechos humanos y de control y represión oficial.

El país frívolo que exportaba reinas de concursos de belleza se ha convertido en el país trágico que exporta pobres desesperados. Todo esto, bajo la mirada de un gobierno que sigue empeñado en negar la realidad, que prefiere destruir la nación que negociar”.

Y termina con una rotunda manifestación de voluntad de apoyo la abstención esta vez, sentenciando: “Llamar a votar porque no hay más remedio, porque no hay otra alternativa, es absurdo. Estamos denunciando que las elecciones son un artificio, que la democracia en Venezuela es una trampa”.

Pueden pasar varias cosas: que Maduro resulte ganador con o sin los votos necesarios – lo que no sorprendería-; que la votación opositora sea tan contundente que impida consumar el fraude y tengan que aceptar el triunfo del contendor –lo cual es altamente improbable teniendo en cuenta que ahora sí está en riesgo la presidencia de la República- o que, en virtud de un ataque de sensatez (de esos que asaltaban a Chávez cuando sentía la soga al cuello) enfrenten la fragilidad del piso gubernamental y  se produzca algún tipo de negociación que permita la salida del tren gubernamental, manteniendo algunas piezas del oficialismo integrando un esquema de transición que restaure los procedimientos constitucionales y abran otros caminos.

Hay quienes acarician la posibilidad de que el candidato opositor a Maduro se retire, pero todavía no hay el menor indicio de algo semejante.

En todo caso, de nuevo el país político y el país nacional mantienen agendas distintas. La situación social es de tal magnitud explosiva, que no debe descartarse cualquier escenario. Lo único que no procede es hacer ciencia ficción.

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