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La mujer latinoamericana: ¿víctima o heroína?

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La mitad de los hogares descansa sobre hombros femeninos. Las “jefas de hogar” se encuentran igualmente en las clases medias y altas de la sociedad

Muchos son los cambios que han afectado a la familia en América Latina en las últimas décadas y grandes los desafíos que enfrenta. Las políticas públicas de los gobiernos no siempre han favorecido su estabilidad, al punto de que algunos estudiosos han descrito la relación como “una historia de desencuentros”.

Ya en el umbral del siglo XXI se evidenciaba la vulnerabilidad de la familia ante las transformaciones y las crisis que implicaban. A pesar de que la familia es la institución a la que se recurre para hacerles frente no obstante su vulnerabilidad, esa importancia que gobiernos, instituciones religiosas e individuos otorgan a la familia no se corresponde con las políticas que debían contribuir a fortalecerla.

Es un lugar común decir que en América Latina las sociedades son matriarcales porque son las madres quienes sostienen afectiva y económicamente a la familia nuclear. De un patriarcado de derecho pasamos a un matriarcado de hecho. La falta del padre se ha hecho notar por generaciones y las familias se caracterizan por uniones consensuadas de cohabitación sin mayores formalidades, además de nacimientos fuera del matrimonio. Y se sabe que, aun cuando las sociedades postpatriarcales otorgan los mismos derechos a hombres y mujeres, en la práctica es el ingreso el que facilita o impide sus posibilidades de acción al recibir las mujeres, como mucho, tres cuartas partes de los recursos que obtienen los hombres.

En nuestro continente, una buena porción de las desventajas económicas de muchas mujeres se debe a carencias en todo tipo de ingresos. La Cepal ha indicado que, mientras en Suecia el porcentaje de mujeres y hombres que carecen de ingresos es el mismo, en la América Latina rural el 57% de las mujeres no tienen ingresos en contraste con el 20% de los hombres que se encuentran en igual situación. Si se ha contado con acceso a la educación, como ha ocurrido históricamente en Chile, Colombia o Venezuela, los ingresos de las mujeres van a la par con los que reciben los hombres.

Algunas visiones un tanto pesimistas pronosticaban la desaparición del matrimonio y la familia. Y no es difícil comprender esta impresión cuando la revolución sexual se llevaba todo por delante y la familia tradicional sucumbía ante lo que por décadas se llamó la “paternidad irresponsable”. No cabe duda de que la estructura familiar, al menos en lo que respecta a las familias tradicionales, la madre suele jugar el rol más determinante, siendo de ordinario el eje medular alrededor del cual se mueven los demás componentes de la comunidad familiar.

En Venezuela, la familia es matricentrada. La matrisocialidad venezolana no es estructuralmente deficiente, más bien, funciona de un modo coherente y complejo como todo sistema cultural. En la mayor parte de las familias venezolanas, el padre es apenas una figura distante, desentendida de los asuntos de los hijos. Su rol puede limitarse a ser el proveedor de ingresos económicos, pero con frecuencia no pasa de eso.

En términos generales, en Latinoamérica la familia matricentrada es una de las estructuras familiares más comunes, modelo bajo el cual vive el 80% o más de la población, constituido por mujer-madre e hijos. En esa realidad predomina una estructura familiar donde el padre está virtualmente ausente de este núcleo. Esta ausencia no es necesariamente física. Puede tratarse también de una ausencia emocional. Por lo tanto, es la madre la figura verdaderamente central en ambos aspectos de la vida de los venezolanos. Ese esquema priva en casi toda la región.

Tal vez sea esa influencia materna –consecuente y comprometida con la estabilidad familiar- la explicación para que los estudios revelen que el matrimonio se sostiene en pie como una institución que la crisis, lejos de debilitar podría fortalecer. No está desapareciendo ni convirtiéndose solo en otro tipo de relación social, sino que sigue existiendo como institución dominante de las relaciones sexuales y generacionales. Ello, a pesar de que hay Observatorios de Pobreza que hablan de “tendencia de época” y de la contundencia de la crisis del matrimonio como institución.

Mientras en Europa aumentan las personas que viven solas, forman familias de pocos miembros o simplemente la alternativa no es la vida familiar, en cada país de América Latina, con excepción de Uruguay, según Cepal, existe más población en hogares con nueve o más personas que en hogares de una sola persona.

Hay un dato en que coinciden todas las estadísticas: aumentan los hogares que tienen a la mujer como principal proveedora económica y de cuidado. Son cada día más. Ya en 2014 en Argentina, por ejemplo, se verificaba el notable incremento en madres solas, “multiplicadas en los últimos 30 años”, según el Observatorio de la Maternidad. En 1985 eran el 6,7% de las madres, mientras que en 2012 ya eran el 16,2% a nivel nacional. En la ciudad ya rozan el 20%.

Es un hecho que la fragilización de las mujeres, en términos económicos en relación a las responsabilidades en los cuidados cuando hay hijos, se agrava en los sectores populares. En los hogares sostenidos por una mujer con bajas calificaciones laborales y en aquellos donde los hijos conviven con uno de sus progenitores, en abrumadora mayoría, las madres no reciben recursos del padre ausente. Son económica y socialmente vulnerables.

“La monoparentalidad –sostienen sociólogas del continente- se extendió entre mujeres de sectores medios y altos, por lo que no hay que asistirlas como familias en situación de pobreza o de riesgo, como se hace usualmente”. También, porque esa organización familiar visibiliza dos problemas sociales: las tensiones que enfrentan las mujeres para compatibilizar las responsabilidades laborales y familiares, y la persistencia de las desigualdades de género en el ámbito productivo.

“Aunque las madres en hogares monoparentales detentan las mayores tasas de participación laboral femenina –porque necesitan trabajar-, en muchos casos se insertan en trabajos informales o de menor calificación para compatibilizar su trabajo y el cuidado de los hijos”, explican.

La Encuesta Anual de Hogares (EAH) de la Ciudad de Buenos Aires refleja que los hogares con jefatura femenina son el 45%, casi igualados a los hogares clásicos y tradicionales que tenían al hombre como principal proveedor económico. Hace diez años, la jefatura femenina alcanzaba al 37% de los hogares porteños.

La mayoría de estas mujeres se convierten en “jefas” porque no comparten el hogar con una pareja, están solas o viven con sus hijos. Otras están en pareja pero son “jefas” porque aportan más dinero. Esta tendencia se explica por el estilo de vida de la época: el aumento de los hogares unipersonales.

Esta nueva realidad tiene su lado positivo y su lado negativo. Lo bueno es que la mujer, gracias a su creciente nivel de estudio y trabajo, puede mantenerse sola sin depender de un varón, o puede superarlo en sus ingresos. Lo malo es que la maternidad en soledad muchas veces condiciona el tipo de trabajo que se debe buscar.

Esta categoría ‘jefas de hogar’ comprende un conjunto de mujeres con realidades muy diversas. Aún los países latinoamericanos deben legislaciones dirigidas a las mujeres cabeza de familia. Son grupos que deberían ser objeto de análisis y políticas públicas no solo por su crecimiento, sino porque es un grupo de mujeres que se ha diversificado y complejizado.

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