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Fracasar en el amor: la herida más profunda (pero se cura)

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Koldunov - Shutterstock
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Siempre de nuevo puedo volver a amar y recibir amor

Me doy cuenta con mucha frecuencia de la fragilidad del amor.

El psiquiatra Enrique Rojas comenta: “El amor es de las cosas más complejas que existen. ¡Qué fácil es enamorarse! Y ¡Qué difícil es mantenerse enamorado! ¿Cómo se mantiene uno enamorado? Con el paso del tiempo trabajando ese amor”. ¡Cuántos fracasos en la vida matrimonial por no haber trabajado el amor primero!

Decía san Juan Pablo II a los jóvenes en 1987: “Quien no se decide a querer para siempre, es difícil que pueda amar de veras un solo día”.

El amor tiene en su germen un deseo de eternidad. Amar quiere decir querer para siempre. Amo a alguien y deseo que ese amor nunca muera.

Amo para siempre casi sin comprender lo que esto significa. Y la fuerza de mi sí me capacita para amar un día más, el siguiente. Sólo un paso más cada mañana. El paso necesario para seguir amando.

Pero si no soy capaz de desear un amor que sea para siempre, tampoco tendré fuerzas para amar un día más.

El amor que deseo es el que Dios me tiene. Un amor sin medida. Un amor que no se gaste. Que no se frustre: “Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó”.

Deseo un amor eterno porque quiero ser amado de forma incondicional. Y quiero amar como Dios me ama. Entiendo que el amor verdadero es así. Es el amor que Dios me tiene aunque tantas veces no lo perciba y me angustie en mis miedos y tristezas.

Jesús me invita a amar permaneciendo en su amor: “Como el Padre me ha amado, así os he amado Yo; permaneced en mi amor. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como Yo os he amado. Esto os mando: que os améis unos a otros”.

El amor es una necesidad, es un mandato de Dios. Él me pide que ame a mi hermano como Él me ama a mí. Me pide que ame a los que me confía. Que los ame con su amor que es eterno e incondicional. Un amor nuevo, profundo, maduro.

Pero a menudo compruebo la fragilidad y la inconstancia del amor.

Los novios se arrodillan frente al altar prometiéndose un amor eterno. Yo los bendigo. Pero luego la vida, los miedos personales, las heridas familiares, pueden incapacitarles para la vida matrimonial. No maduran en su amor, no crecen. Se estancan, dejan de crecer.

Reconozco, mirando mi vida, que tengo una discapacidad que no me deja amar de forma madura. Mis límites me bloquean. Exijo, reclamo, me cierro, pierdo la alegría, me lleno de envidias y egoísmos.

Quiero un amor para siempre. Un amor como el que Dios me tiene. Deseo que me amen así, sin condiciones. Y deseo amar para siempre, sin medida.

Pero fallo. Y me duelen las heridas que llevo. Y me pesan mis discapacidades para amar siempre. Necesito que el amor de Dios sostenga el mío. Y su fuerza me levante cada mañana.

El fracaso en el amor es el peor de los fracasos. La herida del desamor es una herida honda, difícil que sane.

Hablar del amor a quien ha sufrido en sus vivencias de amor es tocar su herida más profunda. Eso lo sé. Y sé que tengo que hacerlo con mucho cuidado y respeto.

No hablo de culpas. Ni de responsabilidades. Cada uno sabe la parte que le toca.

El fracaso del amor lo llevo como una herida. Lo cargo con pesar. Me entristece. Me duele. Pero no por eso pierdo la esperanza. No me desanimo. Es posible volver a amar, volver a empezar.

Me dan mucha pena las personas heridas que han renunciado a volver a amar. Se han cerrado a la posibilidad de un nuevo camino. No quieren volver a intentarlo. No creen en el amor porque han probado las espinas.

Siempre puedo volver a amar. Hay muchas posibilidades de amar en mi vida. Amor de padre o madre. Amor de esposo. Amor de hijo. Amor de hermano. Amor de amigo. Siempre de nuevo puedo volver a amar y ser amado.

Después de los fracasos puedo volver a querer para siempre. No quiero que mis heridas me hagan permanecer en la superficie para no sufrir más. O cerrado en mi cueva, para que no me hagan daño. No quiero cerrarle la puerta a un amor verdadero en mi alma.

Recuerdo las palabras del papa Francisco a los jóvenes: “El Señor los mira con esperanza, nunca se desanima de nosotros. Quizás nosotros sí podemos desanimarnos de nosotros mismos o de los demás ¡Jesús no se desanima de ti! Jesús te quiere como eres. Con tus defectos. No te maquilles el corazón, sino muéstrate delante de Jesús para que te pueda ayudar a progresar en la vida. Hay fotos que son muy lindas, pero están todas trucadas y déjenme decirles que el corazón no se puede photoshopear, porque ahí es donde se juega el amor verdadero, ahí se juega la felicidad ¿cómo es tu corazón? No podemos hacerle photoshopa los demás, a la realidad, ni a nosotros”.

No quiero desanimarme al ver mis límites y mis fracasos. La foto de mi vida no es perfecta. No quiero venderle a nadie lo que no soy. Quiero amar desde mi herida. Desde mi fealdad y desde mi belleza. Desde lo que soy.

Quiero creer que es posible amar desde mis límites. Dios lo puede hacer en mí. Siempre hay una nueva oportunidad para darme por entero, para recibir amor, para amar para siempre.

No quiero maquillar la realidad. Soy el que soy. Con mis carencias y talentos. Con mis virtudes y defectos. Es lo que amo en mí.

Cuando me amo como soy es más fácil que otros puedan amarme. Me doy sin máscaras, sin tapujos. Con mi verdad.

Sólo el que me conoce en mi verdad puede amarme con profundidad. Ese amor eterno es el que sigue deseando mi corazón. Un amor para siempre. Quiero amar al otro como es. Beso su verdad.

Dice el papa Francisco: «No importa si es un estorbo para mí, si altera mis planes, si me molesta con su modo de ser o con sus ideas, si no es todo lo que yo esperaba. El amor tiene siempre un sentido de profunda compasión que lleva a aceptar al otro como parte de este mundo, también cuando actúa de un modo diferente a lo que yo desearía. El problema es cuando exigimos que las relaciones sean celestiales o que las personas sean perfectas, o cuando nos colocamos en el centro y esperamos que sólo se cumpla la propia voluntad”[1].

Acepto su verdad, sin maquillaje. La beso como es y la quiero. Mi amor entonces crece en madurez. Se hace profundo.

[1] Papa Francisco, Exhortación Amoris Laetitia

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