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¿No será esto por lo que insistimos tanto en llevar razón?

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Orgullo, heridas,… conócete

A veces me toca enfrentarme a situaciones tensas. Momentos en los que corro el peligro de perder los papeles y no decir lo correcto, lo que edifica, lo que construye.

Conozco a tantas personas que se transforman en momentos de alta tensión. Yo mismo me veo a veces llevado a juzgar sin saber. A decir mi opinión sin haber estudiado el tema. Me preguntan por todas partes y yo lanzo respuestas audaces. Juzgo, condeno, me enfado.

No soy capaz de guardar silencio. ¿Tan feo resulta el silencio? Está mal visto no saber de ciertos temas. Y no controlar todos los asuntos que están hoy por hoy en el candelero. Como si la ignorancia fuera pecaminosa.

Quiero tener razón. Quedar por encima. Me puede el orgullo. Entro en una lucha sin cuartel por tener la razón.

El otro día leí un artículo de Juan José Millás sobre lo infecundo que resulta querer tener siempre la razón: “Si llevas razón, no necesitas ser sutil ni inteligente ni educado. Llevar razón te coloca por encima del bien y del mal. Conozco personas a las que quiero y admiro cuyo único objetivo en la vida es llevar la razón. Siento una terrible ternura por ellas porque me recuerdan épocas de mi vida en las que yo mismo necesitaba llevar razón a toda costa. Desde entonces, siempre que descubro a alguien llevando la razón me dan ganas de abrazarlo y de hacerle unas caricias al tiempo de decirle que no pasa nada por no llevarla”.

Y yo me siento tantas veces queriendo llevar la razón. Tengo mis juicios bien grabados. Sé lo que corresponde decir en cada caso.

Y si se discute sobre cualquier tema, aunque yo no sepa, no quiero perder la razón si he manifestado mi opinión. No quiero perder ninguna batalla dialéctica.

No quiero hacer el ridículo. ¿Por qué me da tanto miedo hacer el ridículo? Me cuestan las humillaciones. El rechazo y el desprecio. Me da rabia no saber de lo que todos saben. Me resulta difícil no estar a la altura en los temas que debería dominar.

Comenta W. James: “Yo, que lo he arriesgado todo para llegar a ser psicólogo, me siento humillado si alguien sabe más psicología que yo. Pero estoy contento de regodearme en la más aviesa ignorancia del griego. En este campo, mis carencias no me hacen sentirme personalmente humillado en lo más mínimo. Si hubiera tenido pretensionesde ser lingüista, habría sido exactamente lo contrario”[1].

Quiero que me admiren y se inclinen ante mí en aquello que controlo y sé. Todo es vanidad. Creo que muchas veces caigo en esta lucha por culpa de mi orgullo. Quiero tener la razón. Quiero que el que me ama me dé la razón.

Una y otra vez caigo. No quiero que me ganen en una discusión. Yo siempre por encima. Como si por tener razón fuera más listo. O más valioso. O más feliz.

No me da la felicidad tener la razón. ¡Cuántas discusiones infecundas que no llevan a ningún sitio! El amor verdadero no se construye sobre la razón.

El que tiene razón no ama más. Tal vez ama menos. Y busca que al darle yo la razón tape sus heridas. O las sane. Es una demostración de poder, de inteligencia, de amor propio. No lo sé.

¡Cuántas peleas puedo evitar dando la razón a quien quiere tenerla! No como a los tontos. Sino con la conciencia de estar construyendo la paz.

Jesús no quiso imponer nunca su razón. ¡En cuántas discusiones guardó silencio cuando vio que no conducía a nada seguir defendiendo la verdad!

Y a mí me cuesta callarme cuando me creo en posesión de la misma. Lanzo mi razón como una piedra al corazón del que está a mi lado. El silencio es una roca más sólida que mil palabras.

No sé por qué tengo el corazón tan desarmado, tan inestable, tan roto a veces. Tal vez por eso necesito que no me lleven la contraria, que me aprueben siempre, que me ensalcen y alaben. No lo sé.

La herida honda del desamor. La herida causada por algún desprecio guardado. Necesito que me aprueben.

[1] Giovanni Cucci SJ, La fuerza que nace de la debilidad

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