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La mujer que evita que me desplome

VIRGIN MARY,MOSUL
Safin Hamed | AFP
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Me vuelvo hacia María apesadumbrado por mis temores y angustias

Miro a María en este mes de mayo. Me arrodillo ante Ella en el Santuario. Quiero comenzar de su mano una vez más. Es mi Madre. Soy su hijo. Necesito una madre.

María es Madre, es mi Madre. María es cercana. En ocasiones confundo respeto con lejanía. Y adoración con distancia. O siento que si trato con familiaridad lo sagrado dejará de ser tan sagrado y pasará a ser algo vulgar.

Es cierto que si pierdo el respeto a quien amo por una excesiva cercanía, se puede acabar perdiendo también el amor verdadero, el amor respetuoso y tierno. Eso lo sé, lo he aprendido. Y me da miedo perder ese respeto enaltecedor.

Pero al mismo tiempo sé que María no está lejos de mí. No la venero desde lejos. María está cerca de mí porque yo necesito una Madre. Está en medio de mi vida, de mis problemas, de mis miedos, porque sé que si voy solo me acabo perdiendo.

Muchas veces vivo la vida con ansiedad. Tengo miedo al futuro, a lo incierto. La incertidumbre me quita la paz. ¿Qué pasará mañana? ¿Seré fiel hasta la muerte? Dudo.

María es siempre fiel y me da seguridad. Me sostiene. Mi amor a Ella expresado en mi alianza también quiere ser para siempre. Aunque falle con frecuencia.

La quiero para siempre. Puede ser que luego mis actos no ratifiquen mi sí. Me turban mi fragilidad, mi falta de memoria, mis despistes continuos, mis olvidos y mis miedos. Y no logro amar como Ella me ama.

¿Acaso no siento su abrazo continuo en mi espalda cuando voy caminando rápido sin saber muy bien hacia dónde? Sí. Ella está allí sujetando mi vida para que no se desplome. Levantando mi sí para que no caiga herido.

Me vuelvo hacia María apesadumbrado por mis temores y angustias. Quisiera decirle lo que comenta el padre José Kentenich: “Claro es que quisiéramos pedirle: – Virgen María, quítanos todas las preocupaciones. Pero si estas desaparecen ¿qué sería de nosotros? Podríamos decir las palabras más bonitas, pero estaríamos saturados de egoísmo”[1].

No quiero pedirle que me allane el camino, que me quite las cruces. Como tampoco le hubiera pedido a mi madre siendo niño que apartara las piedras en las que iba a tropezar. Para no sufrir. Para no caer. Esos momentos de dolor en mi infancia me hicieron más fuerte.

María no me aparta las piedras. Pero me sostiene cada vez que caigo. Me levanta de nuevo. Me da fuerzas para que mi amor se reponga después de cada derrota. Y me da una confianza ciega en mi Padre, en Ella.

Si mi corazón está realmente arraigado en María viviré con más paz ante mis miedos. Me gusta pensar que María siempre es fiel a mí, aunque yo me olvide de Ella.

Dice el Padre Kentenich: “María permanece fiel. No tienen por qué angustiarse. Es cierto que, en general, hay poca fidelidad. Pero la Santísima Virgen es la Virgen fiel. Ella nos quiere, aunque andemos con el vestido sucio. Ella nos quiere, incluso si alguna vez le hemos vuelto las espaldas. Ella permanece fiel, y su fidelidad termina sólo cuando nos sabe allá arriba en el cielo”[2].

Yo me angustio pensando en su mirada. ¿Me mirará enfadada? ¿Me mirará exigiéndome que cambie? ¿Me rechazará? Tengo miedo. Ella es siempre fiel.

Pero ¿creo realmente que su amor es para siempre, hasta que llegue al cielo? Yo me turbo a menudo. Porque experimento la frustración y el miedo. Porque no me veo capaz de amar siempre. De ser fiel siempre.

Me consuela que el amor sea asimétrico. Eso me da paz. Ella me ama con todo su ser, me ama con locura.

Yo con mis torpezas e incapacidades no sé amar con locura. Amo torpemente, egoístamente. Pongo en sus manos mi vida, mis planes, mi camino. Y Ella los toma y los abraza. Su fidelidad me da fuerzas para la vida.

Me arrodillo ante Ella cada mañana repitiendo mi sí torpemente. Le digo que quiero amarla hasta el extremo, y luego tropiezo y caigo. Le digo que estaré a su lado siempre. Y ante las primeras dificultades de la vida me alejo temeroso.

Tengo miedo a sufrir. Miedo a que la vida se me complique. Miedo a no ser capaz de resistir en ambientes hostiles, en circunstancias adversas. Miedo a fracasar y ser humillado, despreciado, olvidado.

Cuando todo es fácil no dudo en dar mi sí y seguir adelante. “Lo que tú desees”, le digo a María. Pero, cuando comienzo a tener miedo, ni siquiera su abrazo me sostiene.

Quiero mirar a María. Miro su sí fiel al pie de la cruz. Miro su sí valiente al principio del camino cuando todo son incertidumbres y la única certeza es el amor de Dios. Como yo cada día. Mi camino es su camino. Mi vida pasa por su sí.

Recuerdo la letra de una canción que siempre me ha conmovido: “Madre, aquí estoy, toma mi voluntad, aquello que me ata y no me deja alcanzar la libertad. Madre, aquí estoy, toma mi soledad, sé tú mi compañía en el camino que asciende hasta la cruz. Y que el viento se calme a mi alrededor, que haya paz. Madre, te busco en el silencio de esa noche sin luz, de ese río en la tormenta, de ese niño que llora sin respuesta. Madre, aquí estoy, toma mi libertad, quiero encontrar tus manos, en esta noche, en este río tu paz. Madre, aquí estoy, Madre en tu soledad. Madre toma mis manos y colma mi ser”.

https://www.youtube.com/watch?v=n24xL4FKXbQ

Quiero repetirle siempre estas palabras a María. Quiero decirle que estoy aquí y que necesito siempre sus manos, su luz, su paz. Quiero decirle que estoy aquí porque su abrazo es mi refugio. Y junto a Ella las piezas de mi puzle, por lo general revueltas, súbitamente encajan.

Quiero decirle que en este mes me abrace con más fuerza. Calme mis tempestades. Detenga la furia de mi torrente. Y me dé una paz honda para enfrentar la vida llena de tensiones y dolores. Y me dé muchas alegrías.

 

[1] Kentenich Reader Tomo 1: Encuentro con el Padre Fundador, Peter Locher, Jonathan Niehaus

[2] Kentenich Reader Tomo 1: Encuentro con el Padre Fundador, Peter Locher, Jonathan Niehaus

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