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Cómo seguir confiando en mí

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 04/05/18

Si no dejo de liarla

Me gustan las cosas como son. Pero también me gusta lo que todavía no es y puede llegar a ser. Lo que sueño, lo que deseo, aquello a lo que aspiro. En mi alma, en los demás. A veces me cuesta creer en lo que todavía no veo. La vista se me nubla y me desanimo.

No quiero que me pase lo que leía: “A menudo es la lectura de las cosas y, sobre todo, de uno mismo, la que da el tono a lo que seguirá; si nos sentimos ineptos, seremos ineptos; las profecías generadas por el miedo tienden a autocumplirse”[1].

No quiero verme inepto sino capaz. No torpe sino hábil. Porque cuando dudo de mí mismo y temo fracasar, acabaré fracasando. No quiero creer que nunca llegaré a ser lo que deseo.

Quiero, eso sí, ser honesto conmigo mismo, aceptar los límites y saber dónde queda lo imposible.

Pero al mismo tiempo, al ver la semilla que hay en mi interior, quiero creer en lo que puedo llegar a ser.

Es cierto que siempre habrá personas dispuestas a desanimarme en medio de mi camino. Me humillarán con sus palabras. Pretenderán que no llegue tan lejos como quiero.

Desacreditarán mis intentos por cambiar asegurándome que no puedo lograrlo. O porque ellos no han podido. O porque desean que yo no lo logre.

No quiero creer en sus palabras que minan mi confianza. Las palabras de los demás tienen sobre mí sólo el poder que yo les doy.

El otro día leía: “Si dejas que se den cuenta de que sus palabras te hacen daño, jamás te librarás de las burlas. Si te ponen un mote, adóptalo y transfórmalo en tu nombre, y así no podrán usarlo para herirte”.

Acepto mis límites y no olvido de dónde vengo. Sé dónde están mis heridas y mis topes. Mis luces y mis sombras. Sé lo que he escalado y lo que todavía me falta hasta la cima. No me olvido de mi origen, ni del color de mi piel.

No quiero que me pase lo que observa el psiquiatra George Vaillant: “Es muy común que las larvas se conviertan en mariposas y que después sostengan que han sido pequeñas mariposas también en su juventud. La maduración nos hace a todos mentirosos”[2].

Soy larva y mariposa al mismo tiempo. Soy pecado y virtud. Soy torpe y hábil. Estoy en camino, a medio hacer, aún no he llegado a la meta.

Me gusta cómo soy sin ser todavía mariposa. Y me gusta todo lo que puedo llegar a ser si me dejo hacer por Dios.

Me alegra ver que mi alegría todavía no es plena. Y mis luces conviven con mis sombras. Siempre a mitad de camino entre el ayer y el mañana.

Sé que tengo que mejorar, que crecer. Me cuesta aceptar el presente a veces. Echo la culpa a los demás de mis carencias. Al tiempo, a la vida.

Culpo a otros para no tener que tomarme en serio mi propia educación. Para no tener que cambiar lo que me cuesta cambiar.

Me falta orden. Y me dejo llevar por las pasiones y los sentimientos más hondos. Me justifico. Soy así, me digo.

Quiero que la alegría esté presente siempre en mi alma. Y quiero ser causa de alegría para muchos, y no estallar con ira cuando las cosas no salen como quiero.

Quiero tener esa paz alegre de los santos y no vivir nervioso y angustiado, por no confiar en Dios que conduce mi vida.

Comenta el padre José Kentenich: “¿Cómo educar en la alegría, cómo ser maestros, modelos y apóstoles de la alegría? En nuestra alma tiene que manar, caudalosa, la fuente de la alegría. Y para ser maestros, apóstoles, artistas de la alegría, hay que ser artistas, apóstoles y maestros de un amor a Dios muy hondo y de alto vuelo”[3].

Una alegría que descansa en el corazón de Dios. Que la alegría de Dios reine en mí apagando la tristeza. Que mi alegría llegue a su plenitud. Un corazón alegre, puro, confiado. Transformado en el amor de Dios.

He sido larva y muchas veces soy larva antes de crecer y ser mariposa. Antes de que haya alegría conozco la miseria y el pecado. La tristeza y el desorden.

Dios puede cambiarme por dentro. Puede hacerlo. Para vencer lo que no es suyo. Para cambiarme y hacerme mejor.

Quiero empezar de cero. Siempre de nuevo. Reconozco mi fragilidad y sueño con los milagros que puede hacer Dios en mí.

[1] Giovanni Cucci SJ, La fuerza que nace de la debilidad

[2] Giovanni Cucci SJ, La fuerza que nace de la debilidad

[3]Kentenich Reader Tomo 2: Estudiar al Fundador, Peter Locher, Jonathan Niehaus

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