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Las 6 poderosas últimas palabras de los santos

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“He visto muchas muertes, pero cuando vengo aquí, la muerte es diferente”

Hace poco una enfermera de hospicio visitó a una hermana moribunda en nuestro convento. Tras sentarse junto a la hermana, se percató de la paz que reinaba en la habitación. Me dijo: “He visto muchas muertes, pero cuando vengo aquí, la muerte es diferente”.

La vida religiosa tiende de forma natural a la muerte. Los religiosos aceptan la muerte en los votos, renunciando a cosas buenas —una pareja de vida, bienes materiales y autonomía individual— como signo de que Dios es suficiente.

San Juan Pablo II escribió en Vita Consecrata que “a la vida consagrada se confía la misión de señalar al Hijo de Dios hecho hombre como la meta escatológica a la que todo tiende, el resplandor ante el cual cualquier otra luz languidece, la infinita belleza que, sola, puede satisfacer totalmente el corazón humano”.

La vida religiosa es una señal especial de la vida venidera, pero vivir para el paraíso no es exclusivo de ninguna vocación. Todos los cristianos están llamados a vivir sus vidas de forma que declaren que Dios es suficiente y que Dios es el objetivo hacia el que tiende la vida.

Cuando los cristianos reconocen que Dios es el objetivo de la vida, entonces toda la vida se convierte en una preparación para la muerte.

La muerte se convierte en una realidad que no está solamente integrada y aceptada en la vida propia, sino que se abraza.

En las vidas de los santos, podemos inspirarnos por los últimos momentos de esos hombres y mujeres que vivieron completamente para Dios. Incluso bajo las circunstancias más dolorosas y horribles, sus últimas palabras revelan una paz que solamente puede venir de saber que pronto verán al Único por el que han vivido y a Quien tanto han amado.

Los últimos momentos de seis santos, relatados por testigos:

Santa Isabel de la Trinidad

ELIZABETH
Willuconquer CC

Isabel no intentó esconder al médico el abrumador placer que sentía debido a su fe. El médico estaba tan estupefacto por su felicidad que ella intentó explicarle hablándole de forma conmovedora sobre cómo somos todos hijos de Dios. Cuando terminó de hablar, las lágrimas brotaban entre muchos de los que la escuchaban. Agotada por su esfuerzo, entró por última vez en su preciado silencio. Solamente escuchamos su murmuro casi como en un canto: “¡Voy a la luz, al amor, a la vida!”. Fueron sus últimas palabras inteligibles.

– extracto de Alabanza de Gloria: Recuerdos de Sor Isabel de la Santísima Trinidad

San Ignacio de Loyola

Public Domain

Ignacio llamó [a su secretario, el padre Polanco] y, a solas con él, le dijo que informara al Papa de que no tenía recuperación posible y que pidiera la bendición papal (…). El padre Polanco preguntó sorprendido si estaba realmente tan enfermo, garantizándole que los médicos tenían otra opinión y que confiaba en que Dios lo mantendría todavía para Su servicio. Ignacio insistió. Sin embargo, tan obstinado estaba el padre Polanco en su confianza optimista en la opinión médica que preguntó si podía esperar hasta el día siguiente, ya que tenía cartas internacionales que escribir aquella noche. “No”, respondió Ignacio, “preferiría que lo hicieras hoy mejor que mañana. Y cuanto antes mejor”. No obstante, Ignacio dejó que el padre Polanco hiciera lo que creyera conveniente: se abandonó por completo en sus manos. Fue un esfuerzo final de resignación y de renuncia, ya que Ignacio seguramente debió haber sabido que el día siguiente sería demasiado tarde. El padre Polanco consultó al doctor Petronio, que dijo que le daría una opinión al día siguiente sobre si había peligro; hoy no diría nada. Polanco decidió esperar el veredicto del día siguiente y se retiró a escribir sus cartas. (…) Aquella noche, Ignacio actuó como de costumbre, salvo que ya no llamó al hermano asistente con tanta frecuencia y, después de la medianoche, quedó en silencio. De vez en cuando, a medida que se gastaban las lentas horas de su insospechada muerte, se le escuchaba llorar “¡Ay Dios!”.

Saint Ignatius of Loyola, de Francis Thompson

San Francisco de Asís

FRANCIS
Public-Domain

Acercándose, por fin, el momento de su tránsito, hizo llamar a su presencia a todos los hermanos que estaban en el lugar y, tratando de suavizar con palabras de consuelo el dolor que pudieran sentir ante su muerte, los exhortó con paterno afecto al amor de Dios. Después se prolongó, hablándoles acerca de la guarda de la paciencia, de la pobreza y de la fidelidad a la santa Iglesia romana (…). Sentados a su alrededor todos los hermanos, extendió sobre ellos las manos, poniendo los brazos en forma de cruz por el amor que siempre profesó a esta señal, y, en virtud y en nombre del Crucificado, bendijo a todos los hermanos (…).Después de esto entonó él, como pudo, este salmo: “A voz en grito clamo al Señor, a voz en grito suplico al Señor”, y lo recitó hasta el fin, diciendo: “Los justos me están aguardando hasta que me des la recompensa” (Sal 141).

– fragmento de Leyenda Mayor de San Francisco, por san Buenaventura

Santa Juana de Arco

Jeanne d'Arc © Public Domain via Wiki Art
Jeanne d'Arc

Declara el que habla que Juana tuvo al fin tan grande constricción (…) que era una cosa admirable, diciendo palabras tan devotas, piadosas y católicas, que todos cuantos la contemplaban, en gran multitud, lloraban ardientes lágrimas, talmente que el cardenal de Inglaterra y otros muchos ingleses no pudieron evitar llorar y tenerle compasión. Dice además que la piadosa mujer le pidió, requirió y suplicó humildemente, puesto que estaba cerca de ella el instante de su muerte, que fuese a la iglesia vecina y le trajese la cruz para tenerla alzada, derechamente, antes sus ojos hasta el trance de su muerte, a fin de que la cruz de que Dios pendió estuviese viva continuamente ante su vista. Dice además que estando ya envuelta en la llama, nunca cesó hasta el fin de confesar en alta voz el santo nombre de Jesús, implorando e invocando sin cesar la ayuda de los santos y las santas del Paraíso, y lo que aún es más, al rendir su espíritu inclinando la cabeza, profirió el nombre de Jesús en señal de que ella era ferviente en la fe de Dios. (…) Después de la ejecución, el verdugo vino a verme a mí y a mi compañero fray Martín Ladvenu, arrepentido, y como desesperado, pidiendo perdón a Dios y afirmando que a pesar del aceite, azufre y carbón que le había echado al cuerpo quemado de Juana, no se habían consumido sus entrañas ni el corazón, lo que le parecía un milagro evidente.

– Testimonio de fray Isambart de la Pierre, testigo ocular de su juicio en 1449.

Santo Tomás Moro

Han Holbein the Younger/Google Art Project/Public Domain

Al amanecer, sir Thomas Pope, su singular amigo, vino a traerle un mensaje del rey y su consejo, según el cual que antes de la 9 de la mañana del día siguiente sería decapitado. (…) Tomás Moro respondió: “Señor Pope, por sus buenas noticias le doy gracias de todo corazón. Siempre he tenido una muy estrecha obligación con su Alteza el Rey por lo beneficios y honores que ha acumulado sobre mí de manera generosísima. Y sin embargo más obligado estoy yo con su Alteza por ponerme en este lugar, en donde he tenido tanto tiempo y espacio para conmemorar mi final, con la ayuda de Dios. Y sobre todo, señor Pope, estoy obligado a su Alteza porque ha sido su placer liberarme con tanta prontitud de las miserias de este mundo desastroso. Y por eso, no dejaré de rezar sinceramente por su Alteza, tanto aquí como también en el otro mundo” (…) Y así fue traído por el señor Teniente fuera de la Torre y luego conducido hacia el lugar de ejecución (…). Allí, pidió a todos los presentes que rezaran por él y que dieran testimonio con él, de que entonces sufriría la muerte en y por la fe de la santa Iglesia católica. Después, se arrodilló, pronunció sus oraciones y se giró hacia el verdugo, y con una expresión alegre dijo: “Arme de valor su espíritu hombre, y no tema hacer su oficio, mi cuello es muy corto. Ándese con tiento y no dé de lado (…)”. Así pasó Sir Tomás Moro de este mundo hasta Dios.

– fragmento de La vida de Tomás Moro, por su yerno William Roper

Santa Bernadette Soubirous

BERNADETTE SOUBIROUS
Public Domain

El martes de Pascua [Bernadette estaba muy enferma, así que] el capellán sugirió que se preparara para hacer el sacrificio de su vida. “¿Qué sacrificio?”, preguntó Bernadette, “no es ningún sacrificio abandonar esta pobre vida, en la que hay tantas dificultades para pertenecer a Dios”. El miércoles de Pascua, solicitó que su crucifijo le fuera atado, en caso de que sus débiles dedos no pudieran sostenerlo. Miró a la estatua de Nuestra Santísima Señora y dijo: “La he visto. Qué bella es y qué prisa tengo por ir a verla”. La hermana Nathalie Portat entró a las tres de la tarde aproximadamente y Bernadette pidió: “Ayúdame a dar gracias hasta el final”. Tomando el crucifijo, rezó: “Dios mío, te amo con todo mi corazón, con todo mi alma, con toda mi fuerza”. La hermana Nathalie empezó el Ave María. Bernadette respondió claramente: “Santa María, Madre de Dios, ruega por mí, pobre pecadora, pobre pecadora”. Ahora era la hora de su muerte y, como Jesús en la cruz, dijo: “Tengo sed”. Las hermanas trajeron agua. Bernadette hizo la Señal de la Cruz por última vez como su Señora le había enseñado en la gruta. Dio un pequeño sorbo de agua en silencio. Inclinó la cabeza tranquilamente. Suavemente rindió su alma.

– fragmento de My Name Is Bernadette

Estos santos y santas vivieron y murieron por Dios.

¡Ojalá nosotros hagamos igual!

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