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No es lo mismo estar solo que sentirse solo

KOBIETA NA PLAŻY
Jake Melara/Unsplash | CC0
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Necesitamos la soledad

Uno puede estar solo y sentirse acompañado por todas las personas que ama y que le aman, y si es creyente puede vivir con la certeza de que Dios le habita y le acompaña siempre.

Sin embargo, alguien puede no estar solo físicamente y sentirse profundamente solo en una comida familiar o en una reunión con amigos.

El sentimiento de estar solo hace sufrir a mucha gente, pero la soledad física no es un drama, sino una oportunidad para una vida de mayor calidad humana.

La soledad emocional es otra cosa, pero la soledad física, el tiempo en soledad es necesario para una mejor calidad de vida.

La “soledad” tiene mala prensa, pero la soledad buscada, cultivada, es necesaria para ordenar las ideas y el corazón, para proyectar la vida y para ser creativo.

Es normal que al comienzo hagamos resistencia a estar solos. De hecho hay muchas personas que no soportan estar solos en una habitación durante una mañana o tarde, y enseguida buscan a alguien para hablar por teléfono o conectarse a las redes sociales.

Resistir esa primera tentación nos abre la puerta a la posibilidad de crecer en interioridad. La soledad nos ayuda a encontrarnos con nosotros mismos, nos ilumina sobre nuestros miedos, proyectos, decisiones, dependencias, autoengaños, etc.

Todos los grandes pensadores han recomendado la soledad como algo fundamental. No todo el tiempo, pero reservarse esos mínimos espacios de intimidad con uno mismo.

Los grandes maestros espirituales eran expertos en silencio y soledad, sin lo cual no hubieran escrito o dicho las valiosas palabras que nos han dejado.

Los grandes artistas, poetas, escritores y músicos, los grandes creadores, hicieron sus obras en soledad, esperando la inspiración, meditando, tomándose el tiempo necesario para encontrar las palabras que solo brotan de lo más hondo del ser humano.

Todas las grandes obras que han enriquecido a la humanidad se han hecho en soledad.

Nuestras relaciones son más libres y más auténticas, más profundas y más duraderas si cultivamos la necesaria soledad, la necesaria interioridad que es fuente de tesoros inagotables para compartir con los demás.

Quien busca sanamente la soledad, no el aislamiento, es aquel que tiene coraje para mirarse cara a cara a sí mismo, para reconocer y asumir la propia tarea de llegar a ser uno mismo, con la humildad y la paz de quien se ha tomado en serio la propia vida.

Y es que las personas con una gran personalidad, con estilo muy propio, son personas que habitan la soledad y la buscan. Aprovechan un viaje a solas, una caminata o una tarde libre para poder entrar en la soledad que ordena la mente y el corazón. El tiempo de una buena y fructífera lectura es siempre en soledad y no en medio de actividades y distracciones constantes.

A propósito de la soledad escribe Enzo Bianchi: “La experiencia demuestra que únicamente quien sabe vivir solo sabe también vivir plenamente las relaciones. Más todavía, para ser tal y no caer en la fusión o en la absorción, la relación requiere soledad. Sólo quien no teme descender a la interioridad sabe también afrontar el encuentro con la alteridad”.

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