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El amor verdadero que nunca pasa de moda

TITANIC
© 1997 - Paramount Pictures
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Los 60 creyeron que enterraban las historias de amor «de las de antes»: pero estas siguen vivas

A lo largo de más de cien años de historia, el cine ha tratado de explicar cómo y por qué funciona el amor como lo hace en la vida real. Puede que las cosas no sean tan sencillas pero las películas han intentado que así sea. El resultado es variado y complicado pero en suma pocas cosas quedan claras. Como ocurre con el amor.

Recuerdo que cuando era adolescente buscaba en las películas una fórmula mágica con la que poder cortejar a la chica de mis sueños. Ahora que estoy casado y tengo dos hijos y después de haber visto unas cuantas películas puedo decir una cosa, no existe una fórmula mágica. El amor, como todo en esta vida en lo que anda metido el ser humano, no es perfecto, definible, organizable en cuatro letras. La realidad, el hombre y todo lo que le rodea suele ser complejo y lo que es todavía mejor, interpretable. Es decir, cada uno entenderá una cosa u otra.

Pues bien, algo de todo esto y un poco de más allá es el amor. Cuestión intrínsecamente humana que el cine se ha esforzado en retratar. Centrándonos en el amor entre un hombre y una mujer (bastante complicado es esto como para además meternos en variaciones como el amor a un hijo, a Dios, a un padre, a un concepto, a una forma expresión….) cada determinado tiempo suele aparecer una película generacional que de una vez por todas ha logrado estampar en una pantalla qué o cómo se consigue el amor insisto, entre un hombre y una mujer. Annie Hall (1977), Cuando Harry encontró a Sally (1989), Los peores años de nuestra vida (1994) o Persiguiendo a Amy (1997).

Fíjese en que la película más antigua que se me ha venido a la cabeza es de 1977. Hasta ese momento el amor se había empezado a convertir en el cine en un estado agridulce, no necesariamente repleto de felicidad con películas como Un toque de distinción (1972), Love Story (1970), El graduado (1967) o Quién teme a Virginia Wolf (1966).

De hecho, fueron los sesenta la época fuerte en la que las grandes figuras del cine clásico de toda la vida comenzaban a tambalearse. Aunque seguían estando presente, comenzaron a estar de moda relatos sobre el odio entre parejas, sobre romances truculentos con finales trágicos o fugaces en el tiempo. Durante la década de los sesenta comenzó a fraguarse la idea de que el amor no era inmortal ni intocable y mucho menos algo idílico. En esencia, se nos venía a decir que el amor en estado puro no existía.

Actualmente continuamos cultivando cierta forma de entender las relaciones entre hombres y mujeres como una jungla salvaje imprevisible y sin reglas a las que ajustarse. Por esta razón, los hombres han dejado de cortejar a las mujeres y por esta razón también, las mujeres han dejado de jugar un papel pasivo en las películas. No digo que esto sea malo, estamos en otros tiempos, no cabe duda y el cine, como cualquier medio de comunicación, lo refleja.

Sin embargo, es curioso contemplar cómo el público reacciona ante historias de amor, podríamos decir, como las de antes. Me remito a ejemplos como Ghost (1990), Pretty Woman (1990), Titanic (1997), Algo para recordar (1993), Shakespeare in Love (1998) o La princesa prometida (1987), películas, mejores o peores, que en su día encandilaron, entre otras razones, por su tratamiento del amor de manera clásica.

En el fondo, el problema de todo esto es que por lo general Annie Hall es mejor película que Ghost, o Cuando Harry encontró a Sally mejor propuesta que Pretty Woman, o Los peores años de nuestra vida mejor apuesta que Titanic, por cara y ruidosa que fuera esta última. Tal vez, todo esto se deba a la óptica desde la que abordamos las historias de amor. Unos se preocupan por desentrañar cuestiones de las que algunos nunca han hablado, otros en cambio parecen conformarse con plasmar los estereotipos esperados sin esforzarse demasiado tal vez porque saben que con solo exponerlos siguen funcionando.

Esto, a su vez, nos dice algo interesante: Que los modelos de amor clásico siguen funcionando y seguramente lo seguirán haciendo. También nos dicen que es necesario esforzarse un poco más para contar una historia de amor aunque en esencia sea la misma de siempre. O tal vez, precisamente por eso. Y en tercer lugar también nos pone en evidencia que explorar los lados menos claros, o sobre los que menos se suele hablar, también puede ser interesante.

El amor, como decíamos al principio, no es una fórmula mágica, ni siquiera matemática. Es difícil de explicar, en un texto como este y desde luego, en una película de un par de horas. El cine ha hecho sus deberes al respecto, de esto no cabe duda, y lo ha hecho desde dos ópticas abiertamente dispares. No creo que ninguna visión sea mejor que la otra únicamente creo que unos se esfuerzan más que otros.

Los tiempos cambian y el cine con ellos sin embargo en esto del amor y el cine sigue habiendo una máxima ineludible, la universalidad y la inmortalidad. Annie Hall sí tiene visos de ser inmortal, y sin embargo, Ghost no. En cambio, las grandes historias de amor de todos los tiempos, las que han marcado a generaciones enteras, como Lo que el viento se llevó, Memorias de África, Doctor Zhivago o Romeo y Julieta siguen ahí y de momento son historias de amor “como las de antes”.

¿Ha quedado algo claro con todo esto? Espero que no. Pues bien. Así es el amor.

 

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