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 ¿Qué sentido estamos dando a la Primera Comunión?

COMMUNION
Alicia Chelini - Shutterstock
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¿Y si optamos por Primeras Comuniones solidarias?

Hay prácticas que solemos desarrollar por pura inercia incluso a pesar de que puede entrar en colisión con el sentido profundo de lo que defendemos. Son situaciones paradójicas que sobrellevamos resignadamente por inercia social.

Aunque parezca impensable, ¿imaginan a un enólogo, tras largos meses de cuidado exquisito para elaborar un gran vino, catándolo como calimocho? ¿O que, tras su última carrera, un atleta realizara una declaración a pie de pista fumando tomando una bebida alcohólica?

Pues esto tan inverosímil se vuelve normal cuando dejamos que la inercia gobierne la celebración de la Primera Comunión de nuestros hijos. 

Las familias solemos organizar el encaje de la catequesis con complejos equilibrios de agenda plagada de actividades extraescolares, reuniones, trabajos y deberes; con la intención de que transmitirles, en el mejor de los casos, una fe y unos buenos valores.

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Intentamos mostrar que comulgar, entre otras virtudes, implica compartir con los demás, hacerse pequeño con el débil, ser cercano con el sufrimiento del prójimo, dejar que la conciencia desplace a la opulencia, compartir esa amistad trascendental de Jesús que no se limita a relaciones interesadas por razón de las condiciones de cuna o por posición social. 

Y tras este esfuerzo y rico trayecto, todo culmina en una fiesta plagada de obligaciones sociales y, en ocasiones, excesos como opulentas limusinas o carrozas Barbie y euroDisneys.

Sin apenas percatarnos podemos ser lastrados por la extravagancia y el derroche como elementos diferenciadores. 

El coste de una celebración de este tipo puede ascender en promedio a niveles de entre 6.000 y 7.000 euros. ¡Un gran dispendio para un solo día!

En un desglose de precios promedios que podemos encontrar para una celebración con familia y amigos de unos 65 adultos y unos 15 niños tendríamos la siguiente aproximación:

  • La celebración del banquete a unos 60 euros por cubierto de adultos y 35 euros el de niños que ascendería a unos 4125 euros.
  • El vestido o traje que suele ser más caro para las niñas entre 200 y 900 euros y en el caso de niños entre 120 y 400 euros.
  • Los zapatos a un precio promedio de unos 60 euros.
  • Complementos y adornos que pueden ascender entre 250 y 600 euros.
  • El fotógrafo que comportaría unos 300 euros y en caso de añadir un reportaje con vídeo alcanzar unos 600 euros. 
  • La peluquería tampoco suele ser barata si se desea un peinado especial que oscilaría entre 50 y 100 euros.
  • Las tarjetas de invitación y detalles de recuerdo que conjuntamente pueden alcanzar unos 400 euros. 
  • Si además se contrata animación y mesa de dulces hay que añadirles unos 350 euros más. 
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Acongar - Shutterstock

Y por supuesto, ataviados con uniformes ¿clásicos? de marinerito o de princesa…cuyo sentido se me escapa. Si al atuendo que media entre dos realidades dispares le llamamos disfraz, puestos a ello, ¿por qué no ir de Spiderman o de Frozen que encima les divierte más? 

Pero no pretendo arremeter contra el cariño ni la ilusión festiva sino contra las inercias que desvirtúan lo que transmitimos a nuestros hijos.

Ellos lo aceptan todo porque su razonamiento no está forjado y nos quieren (y ojo, la fiesta es la fiesta) pero si lo tuvieran, ante la tremenda  incongruencia, nos lanzarían una mirada delatora. 

Por el contrario, hace unos meses fue noticia que un niño valenciano, llamado Rubén, había renunciado a los regalos de comunión en favor de donaciones para un proyecto de Manos Unidas, una casa de acogida de niñas en Guwahati, la India. Rubén expresaba: “Gracias a Dios tengo todo lo necesario, así es que he pensado que si queríais hacerme un regalo por este día, podéis darle mucho más fruto haciendo una donación anónima” 

Además, cada vez es más común que en nuestro entorno encontremos más niños que han optado por campañas benéficas o proyectos solidarios en sintonía con el sentido de la comunión.

Algunos optan por adquirir los detalles recuerdo para los invitados en asociaciones benéficas. 

Y cuando vemos esto nos damos cuenta de que tal vez los adultos podríamos aprovechar la oportunidad que nos brindan nuestros hijos para aprender de ellos, en lugar relegarles a un papel de espectadores de sí mismos.

Quizá así todavía podamos volver a la congruencia y superemos esas incomprensibles paradojas con las que nos pretenden hacen comulgar. ¿Nos atrevemos?

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