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Mamá de 5 en el Vaticano: La fortaleza es lo que las mujeres estamos llamadas a trabajar más

GABRIELLA GAMBINO
Photo Courtesy of Gabriella Gambino | © Santiago Perez de Camino
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Es una de las dos mujeres nombradas por el papa Francisco para el nuevo Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida

Ex profesora de Bioética de la Facultad de Filosofía, investigadora y profesora asociada en Filosofía del Derecho de la Facultad de Jurisprudencia ante la Universidad de los Estudios de Roma Tor Vergata y profesora del Instituto Pontificio Teológico Juan Pablo II para las Ciencias del Matrimonio y de la Familia, encargada de la sección Vida.

Gabriella Gambino aceptó amablemente ser entrevistada por Aleteia sobre temas centrales de la feminindad, la maternidad y la vida.

Le hicimos algunas preguntas para que nos ayudara a comprender más en profundidad la vocación de la mujer. Sus respuestas fueron para nosotros una gran riqueza y fuente de poderosa inspiración y consuelo.

La carga de las grandes responsabilidades que tiene a sus espaldas imagino que se dejan sentir: familia, esposa y mamá de 5 hijos – y cargos en la Iglesia, en este nuevo dicasterio en el que ha sido nombrada subsecretaria para la sección Vida. ¿Cómo mantiene un equilibrio, por dinámico que sea?

Cuando me propusieron este cargo, tuve que hacer un profundo discernimiento. No sólo porque fue una llamada inesperada, que pienso que tomaría por sorpresa a cualquier fiel laico en el mundo, sino porque al mirar cómo ha estado la Iglesia hasta ahora, no habría pensado nunca que pudiera pasarle a una mujer casada, madre, comprometida desde hace más de veinte años en buscar mantener equilibrios delicados, por un lado para seguir y organizar la vida normal cotidiana de una familia numerosa; por el otro, para trabajar en la didáctica y en la investigación en un ámbito, como el de la bioética, que hoy constituye un verdadero desafío antropológico.

Por eso, cuando me di cuenta que la realidad estaba por volverse aún más compleja, comprendí que debía dejarme conducir y, como ya en otros momentos de cambio de la vida, confiar en Dios.

Y así logré grabar en mi corazón ese pensamiento de san Agustín, que nos recuerda que cuando Dios parece que nos pide más, no pide nunca lo imposible, sino que “te exhorta a hacer lo que puedes y a pedir lo que no puedes, y entonces te ayuda para que puedas”.

Día a día, sin querer prever todo y con paciencia hacia nosotros mismos. En el fondo, la fe que nos pide el Señor es lo misma que le permitió a María no sucumbir al pronunciar su fiat: una fe concreta, que sabe que tiene que apoyarse en Dios, porque solos podemos hacer muy poco.

Sin retórica: ¿cuál es el don que, en los varios contextos incluido el eclesial, podemos ofrecer con nuestro genio específico femenino? Pensando en la vida y en tu experiencia: ¿qué parte del ser mujer y madre incide más en tu trabajo?

Primero que nada la conciencia de que las personas que están junto a mí, de alguna manera, me han sido confiadas, como sucede con los hijos. Esta conciencia para mí es motivo de gran fuerza interior.

En ese sentido, pienso que la virtud de la fortaleza es la que nosotras mujeres estamos llamadas a trabajar más y que mayormente tendríamos que buscar transmitir, sobre todo a nuestros hijos, para permitirles construirse una vida llena de sentido y de esperanza.

La fortaleza, de hecho, te mantiene sólida en las relaciones, te vuelve confiable ante los demás cuando cuentan contigo, como en la familia. Te da resiliencia y confianza. Y eso vale también en el ambiente de trabajo.

La gestión de una familia numerosa me ha enseñado también a planificar y organizar, no tanto para prever todo – algo que es imposible – sino más bien a buscar crear un ambiente sereno, animado por un espíritu de confianza recíproca, de estima y crecimiento.

Es muy importante saber dar el justo peso a las cosas, saber distinguir entre las cosas urgentes y las cosas importantes para intentar dar prioridad a las necesidades de las personas, tener confianza en las posibilidades de cada uno para cambiar y mejorar.

La maternidad da la conciencia de que nuestra vida es un sucederse de fases y que en cada fase ocurren cambios importantes y reflexiones de sentido que pueden volver fecundas las situaciones aparentemente muy difíciles.

El Papa pretende dar mayor ciudadanía a la contribución femenina en la Iglesia. Aunque ésta ciertamente desde sus inicios ha liberado a la mujer. Seguramente no se trata de una lucha de clases entre hombres y mujeres de lo que habla el pontífice, sino de una camino que continúa en la mayor expresión de nuestra valiosa diversidad e idéntica dignidad.

“La utopía neutral elimina tanto la dignidad humana de la constitución sexualmente diferente como la calidad personal de la transmisión generativa de la vida “, dijo en su discurso a los representantes de la Academia Pontificia para la Vida. E invitó a una nueva y decisiva alianza entre hombre y mujer. ¿Qué piden los tiempos de las mujeres ahora? Pero más que los tiempos, ¿qué nos pide la Iglesia y el Señor?

Sabemos que la revolución pastoral que el Santo Padre está iniciando como proceso también parte de la presencia necesaria, viva y participativa de los fieles laicos, y en particular de las mujeres, dentro de la Iglesia.

En el proprium de las mujeres que se nos pide llevar a la Iglesia y a la sociedad siempre se ha dicho mucho: seguramente nuestra capacidad de comunión, de cercanía al ser humano, de escucha, pero sobre todo, pienso en el tema de la maternidad.

Porque la mujer es madre, pero me parece que se habla poco de este aspecto, quizá por temor a volver vanas las conquistas de la emancipación femenina.

El mismo papa Francisco, con ocasión de la reciente fiesta de la traslación del icono de la Salus populi Romani, nos recordó una vez más que la maternidad debe ponerse al centro de la Iglesia, porque es el corazón del mensaje evangélico.

La maternidad como capacidad de llevar amor y protección a la fragilidad humana, como misericordia (me parece significativo que en la lengua hebrea el mismo término – rahamin – indique la misericordia y el vientre materno), como acogida y, sobre todo, como capacidad generadora moral y espiritual.

Lo femenino, de hecho, tiene la capacidad de remover ese alto grado de eficiencia masculina que cansa al ser humano, que en cambio necesita sentirse regenerado en su identidad filial.

En ese sentido, un aspecto igualmente importante es el papel que pueden tener las mujeres en el devolver al centro de la Iglesia la consciencia de que somos hijos de Dios.

En el fondo, cada madre, con su ser, le recuerda a su hijo que en la raíz de su existencia hay un padre. Así la mujer, con su ser en la Iglesia, puede mostrarle al hombre contemporáneo, encerrado en su racionalismo e individualismo autorreferencial, que en el origen de su vida está el gran amor del Padre por cada uno de nosotros.

Existe un deseo de Dios. Esta consciencia puede restituirle la fe al mundo, es decir, la capacidad de cada hombre de confiar en Dios, y con la fe también una mayor solidez moral.

La fe auténtica mueve al sujeto a un compromiso coherente de vida. Lo sabemos por experiencia: de la idea de Dios que un padre y una madre transmiten a los hijos se genera la idea de libertad que marcará su vida moral. Que no es en absoluto, como hoy se cree, esa condición que se crea cuando abandonamos a nuestros hijos en el laberinto de las propuestas ideológicas y culturales, sin indicarles una dirección, sino más bien cuando los ayudamos a saber distinguir, escuchar y así responder a la propuesta de Amor que Dios dirige a cada uno de ellos para poder decir sí a su vocación.

Photo Courtesy of Gabriella Gambino | © Santiago Perez de Camino

Las mujeres, guardianas de la vida y las relaciones: vemos al hombre antes del hombre, incluso sin ser madres biológicas. ¿Arquetipo o estereotipo?

(“A la luz del «principio» la madre acepta y ama al hijo que lleva en su seno como una persona. Este modo único de contacto con el nuevo hombre que se está formando crea a su vez una actitud hacia el hombre —no sólo hacia el propio hijo, sino hacia el hombre en general—, que caracteriza profundamente toda la personalidad de la mujer. Comúnmente se piensa que la mujer es más capaz que el hombre de dirigir su atención hacia la persona concreta y que la maternidad desarrolla todavía más esta disposición”. Mulieris dignitatem, VI, 18)

Lo masculino y femenino no son estereotipos, sino arquetipos, es decir que son dimensiones ontológicas en que se manifiesta el ser humano, como hombre o como mujer. Dimensiones profundas, que reflejan el modo de ser masculino y femenino de Dios. Y que por eso pueden realizarse en plenitud sólo en la reciprocidad y en la búsqueda de la armonía.

La maternidad y la paternidad, por lo tanto, son dimensiones antropológicas, no son ni intercambiables, ni sustituibles y están en la base de ese código materno y de ese código paterno que estructuran la identidad de cualquier hijo.

La maternidad, en particular, pertenece de manera consustancial a la mujer: ella está constituida según esa capacidad que concierne a su esencia y que es un don, un privilegio, que la vuelve capaz de una relación profunda con el ser humano.
La misma expresión que se usaba en un tiempo en referencia al embarazo como estado inter-esante expresa una condición (inter-es) entre dos sujetos, una relación en sí. Que es lo que vuelve a la mujer estructuralmente capaz de captar la presencia del otro y el significado profundo de su ser.
En ese sentido, encuentro que es necesario hoy, más que nunca, que la mujer se asuma la tarea de devolver a la Iglesia y a la sociedad el sentido auténtico del sacrificio como sacrum-facere, como saber volver sagrada la realidad del hombre.
La incapacidad de captar el sentido de lo sagrado es, de hecho, lo que vuelve difícil proteger la vida humana y hacer comprender el valor profundo del cuerpo, de la sexualidad y el sufrimiento.

La maternidad hoy está puesta de lado, más aún detrás, para perseguir la agitación de una sociedad colocada en un alto nivel de eficiencia para nada “calibrado” sobre los tiempos del ser humano y de la vida. Sobre todo porque cada hombre se forma y nace en el vientre de su mamá, con calma. Y una vez que ha nacido necesita presencia, cercanía, tiempo. Mucho tiempo: ya no pega la historia del “tiempo de calidad”. ¿No es la primera calidad del tiempo para las madres y para los niños la cantidad? ¿El ser?

Y nosotras mujeres normales hoy, quitadas de todas partes, aplastadas por el cansancio y los sentimientos de culpa. ¿Hay algo que debemos pedir a la sociedad y a la Iglesia para que nuestra feminidad y maternidad sean visibles, para el bien de los hijos y de todos?

Creo que el primer paso debería ser intentar conocer y comprender las dimensiones de la feminidad y la maternidad que son constitutivas de las mujeres y que, solo si se valoran, permiten su pleno desarrollo.

En el mundo occidental, por ejemplo, a través de la legislación y la cultura dominante, lo femenino está perdiendo su relación simbólica, sobre todo en relación a la maternidad, y eso corre el riesgo de dañar y desnaturalizar a las mujeres.

La sustitución y la fragmentación de la maternidad con las tecnologías reproductivas es la expresión más evidente, así como la renuncia a la maternidad para abrazar oportunidades profesionales que de otro modo serían imposibles.

La filosofía durante siglos ha dejado de lado el pensamiento del nacimiento, ocupándose sólo de la muerte, y eso ha contribuido a remover la idea de que se nace de un cuerpo de mujer, con todas las consecuencias que se derivan de ella en el ámbito social, cultural, jurídico y económico.

Hemos llegado a tal punto, que somos las mujeres las que estamos haciendo un gran esfuerzo para comprender las dimensiones de nuestro ser, que, si se viven con equilibrio, nos permitirían realmente realizar nuestro potencial.

En ese sentido, creo que es necesario empezar a señalar que las normas que rigen la maternidad son a menudo inadecuadas y en un país como Italia un tercio de las mujeres deja el trabajo al nacer su primer hijo no porque las mujeres tengan sentimientos de culpa ingestionables, sino porque tienen una necesidad objetiva, es decir antropológica, de dedicarse al hijo y poder vivir esta relación en plenitud, sobre todo en los primeros años de vida del niño.

El ser de la mamá, de hecho, sirve no sólo al hijo, sino a la mujer, que debe poder elaborar su maternidad en el tiempo. La maternidad, de hecho, se caracteriza como experiencia interior única, un periodo de transformación de la identidad femenina, que necesita paciencia y tiempo.

No se reduce al instinto materno y necesita un intenso trabajo psíquico, para que la mujer pueda elaborar ese equilibrio precioso que le consiente aprender a ser mujer y madre.

Por esta razón es necesario que la sociedad, la cultura, pero también la Iglesia, entiendan que ir más allá para satisfacer las necesidades de la maternidad no solo es en interés del niño, sino sobre todo de las mujeres y su necesidad antropológica de ser madres y mujeres en plenitud

En este sentido, profundizar los aspectos fenomenológicos de ser mujer y madre puede tener importantes repercusiones para salvaguardar la justicia en la convivencia social, es decir, para potenciar y promover lo que pertenece a la mujer como tal.

¿Y a nuestros jóvenes, tan expuestos a la hipersexualización por una parte y a la estigmatización del embarazo vista como accidente, efecto colateral muy indeseable, por la otra, no les estamos diciendo que también ellos son un accidente del camino, que dar la vida es una gran pesadilla? Aborto y anticoncepción parecen estrofas y coro que repiten “la vida se puede despreciar y tirar”, precisamente en una sociedad, la nuestra, cerrada en el hielo demográfico.

Pero la Iglesia tiene para ofrecerles el gran tesoro y la belleza del amor conyugal y de la sexualidad curadas por la gracia. ¿Se les recuerda lo suficiente según tú?

No todavía. Y, sin embargo, es verdad que en los últimos años los desafíos que la sexualidad, la maternidad, la familia y la vida están viviendo son realmente inéditos, porque son desafíos institucionalizados por un control biopolítico de la vida humana, a través de legislaciones cómplices, que reducen la maternidad a una decisión reproductiva y que subestiman las implicaciones de la tecnología sobre el significado de la paternidad y de nuestro ser hijos.

Si piensas, por ejemplo, en el hecho que no existen lugares de “elaboración” de la esterilidad de pareja. Lugares en los que el hombre y la mujer puedan ser ayudados a comprender el significado profundo de esa condición para volverla una esterilidad fecunda en el ámbito existencial.

La tecnología, en cambio, que encuentra una solución práctica para cada problema, incluso a costa de sacrificar vidas humanas, tiene el espacio para introducirse de manera invasiva, medicalizando todo y transformando la esterilidad biológica en un poder que, en la cultura contrapone de manera fluctuante el derecho a no tener hijos al derecho al hijo. Ahora también en la mente de los adolescentes.

Me parece, por lo tanto, urgente, aplicarse, sobre todo en la Iglesia, para que logremos no sólo formar en el perfil bioético a las mujeres, para volverlas conscientes de los desafíos que deben saber reconocer en relación a su cuerpo, a la sexualidad, a la maternidad y al valor de la vida, pero también para saberlas acompañar cuando deben realizar opciones que tienen repercusiones éticas importantes en su existencia.

Formar sacerdotes, trabajadores pastorales, educadores y padres es una emergencia. Las mujeres deben recuperar la consciencia de ser las auténticas guardianas de la vida humana y no tener miedo de la propia maternidad.

En el fondo, como leía en un bello libro sobre María, el hombre y la mujer son aquellos sin cuya valentía ni siquiera Dios podría tener hijos.

La capacidad y la alegría de generar en un horizonte de libertad y responsabilidad, conscientes del valor inviolable de cada vida humana, es el don maravilloso que Dios nos ha dado. Es hora de que recomencemos a anunciar esta alegría dentro y fuera de la Iglesia.

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