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Cómo mantener la paz cuando intentas guiar a otros

Father Son
By Adam Gregor | Shutterstock
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El muro de mi incapacidad me bloquea, pongo la fuerza en mis obras

La labor del buen pastor tiene que ver con cuidar la vida que se le confía. La vida es un don sagrado ante el que el pastor se arrodilla conmovido. Una vida que es de Dios. Una vida que no es suya.

El pastor sólo administra. Yo no quiero hacerme propietario de lo que hago. Dueño de mi existencia.

A veces me siento en posesión de derechos que nadie me ha concedido. Y creo que soy imprescindible para que el mundo siga su curso correcto. Me veo como ese buen pastor, profeta, hacedor de milagros. Consejero envidiable. Creador de sueños. Emprendedor incansable.

Casi llego a pensar que Dios sin mí se perdería un gran talento. Y doy demasiada importancia a mis obras. A lo que hago y digo. A lo que escribo y sueño. Como si todo dependiera de mi mano firme sobre el timón de mi barca. Y mi palabra fuerte condujera el devenir de los días.

Un buen pastor que todo lo realiza con fuerza y voluntad, siempre de acuerdo con lo que Dios quiere. Suena demasiado perfecto. Demasiado completo.

Miro mi vida y compruebo que no es así. Mis obras no son perfectas. Mi vida tampoco. Es Dios el que hace en mí su obra perfecta. No soy yo.

Recuerdo las palabras del cardenal Van Thuan cuando fue encarcelado. En su angustia perdió la alegría. Pensaba que abandonaba a sus ovejas, que se quedaban sin pastor. Desorientadas y perdidas. El buen pastor encarcelado.

Se daba tal vez demasiada importancia. Se sentía quizás imprescindible, como yo tantas veces. Y de repente, sintió en su corazón la voz del Señor:

Durante mi larga tribulación de nueve años de aislamiento en una celda sin ventanas, estaba al borde de la locura. Yo era todavía un joven obispo con ocho años de experiencia pastoral. No podía dormir. Me atormentaba el pensamiento de tener que abandonar la diócesis, de dejar que se hundieran todas las obras que había levantado para Dios. Experimentaba una especie de revuelta en todo mi ser. Una noche, en lo profundo de mi corazón, escuché una voz que me decía: – ¿Por qué te atormentas así? Tienes que distinguir entre Dios y las obras de Dios. Todo aquello que has hecho y querrías continuar haciendo, todo esto es una obra excelente, pero son obras de Dios, no son Dios[1].

Eligió entonces simplemente vivir en presente junto al Señor.

Comenta el papa Francisco: “Cuando el cardenal Francisco Javier Nguyen Van Thuan estaba en la cárcel, renunció a desgastarse esperando su liberación. Su opción fue vivir el momento presente colmándolo de amor; y el modo como se concretaba esto era: – Aprovecho las ocasiones que se presentan cada día para realizar acciones ordinarias de manera extraordinaria.

Quisiera saber distinguir entre las obras de Dios y Dios mismo. Pero no siempre me resulta fácil.

Me he hecho pastor para estar con Él, para ser el buen pastor al modo de Jesús. Pero le doy más importancia a las ovejas que a Él mismo. Quizás porque las veo desorientadas.

Llego a pensar que gracias a mí se salvan. No gracias a Él. Y creo que soy yo con mis obras el que cambia el mundo, lo llena de amor, lo hace mejor. Me veo poderoso. Fuerte. Invencible.

Me pasa lo que le pasaba a san Ignacio: “Mientras siga pretendiendo que alcanzar a Dios depende de sus propios esfuerzos seguirá estrellándose contra el muro de su incapacidad[2].

El muro de mi incapacidad me bloquea. Pongo la fuerza en mis obras. Como si esas obras me salvaran. Como si esas obras sin mí se quedaran en nada.

Tiemblo. El poder de los logros, de los resultados, de los milagros que observo y me atribuyo. El poder de mi mano y de mi palabra. La genialidad de mis obras.

¿A quién siguen mis pasos? A Jesús sin obras. Sigo a Jesús que no hace nada. Que simplemente me ama y muere en silencio. Y su gran obra es su amor sin medida.

Su misericordia me supera, me desborda. No son sus obras. Sólo tres años de obras. No son tampoco mis obras las que vencen el mundo. No es la obra de un hombre. De un fundador. De un santo. De un Papa.

Sus obras son importantes, pero no tanto. Lo importante es la obra de Dios en ellos. Lo que los hombres no ven. Lo que no vende. Lo que no convence porque permanece vivo en lo oculto.

Lo que importa es esa cercanía con el Dios que guía mis pasos y me llamó un día a adentrarme en la herida de su corazón. Para estar con Él. Para vivir a su lado. No para hacer muchas cosas y todas bien. Sino más bien para estar a su lado. En sus pastos.

Y el salmo del buen pastor me conmueve. Porque quiero ser oveja que descansa en su regazo. Allí donde los pastos son abundantes. Y puedo descansar.

Es a Dios a quien sigo. Dios por el que soy sacerdote desde hace ya muchos años. Jesús por el que quiero dejarlo todo para seguirlo a otros prados más verdes que los míos. Y cuidar sus ovejas.

No tengo que cumplir continuamente con las expectativas del mundo. Me gusta pensar así en mi vocación. Soy pastor en el pastor. Pastor que es pasto. Pastor que se hace lugar de descanso. Porque he tocado la paz de Jesús y algo se me ha pegado a la piel.

Y pienso que mi vida sólo tiene sentido si dejo de lado tantas obras que me obsesionan y vivo sólo para Él. Y desde ahí podré dar vida a muchos.

Hay tantas ovejas sin pastor. Lo sé. Pero no puedo llegar a todas. No logro que todas descansen en mí.

Cada pastor tiene su camino, su misión, su vocación. Jesús me muestra la mía cada mañana. Va conmigo. En mi voz, en mis manos, en mi pecho.

[1] Cardenal Van Thuan, Cinco panes y dos peces

[2] José María Rodríguez Olaizola, Ignacio de Loyola, nunca solo

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