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Cómo «comprar tiempo» me hizo mejor esposa y madre

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Grace Stark - publicado el 19/04/18 - actualizado el 19/04/18

Si cambias tu perspectiva sobre contratar ayuda, quizás puedas cambiar tu vida

Habiéndome criado durante la Gran Recesión, hija de un carpintero, sé que mi familia ha pasado unos cuantos años de austeridad.

Fui a la única escuela católica que había, al otro lado de la ciudad, donde muchas de las familias de los estudiantes eran muy pudientes. Incluso en los buenos años, era imposible que mis padres se permitieran el estilo de vida que tenían muchos de mis compañeros de clase.

Pero éramos felices y yo tuve una infancia maravillosa que a menudo contrastaba con lo tumultuoso de la juventud de algunos de mis compañeros. Así que experimenté de primera mano que el dinero, definitivamente, no compra la felicidad.

No obstante, según un estudio reciente, la manera en que gastamos nuestro dinero puede influir en nuestra felicidad. Unos investigadores han descubierto que cuando las personas gastan dinero en servicios que les ahorran tiempo (por ejemplo, en limpieza del hogar, reparto de alimentos, etc.), puede ser un pequeño estímulo para nuestra felicidad, porque nos da más tiempo que dedicar a otras cosas.

Como era de esperar, gastar dinero en cosas materiales no contribuye igual en nuestro nivel de felicidad.

Como adulta y ahora esposa y madre, todavía creo que el dinero no compra la felicidad, pero mi reciente experiencia al contratar a una niñera a tiempo parcial para mi hijo de un año me ha mostrado que concedernos el regalo de un poco de tiempo puede suponer un enorme impulso a nuestra felicidad.

Desde que volvimos de Guam para instalarnos de nuevo en Estados Unidos el pasado verano, mi marido me ha animado a contratar una niñera para algunas mañanas a la semana y así darme algún tiempo para centrarme en mi carrera de escritora.

Se lo discutí durante varios meses: “Eso es lo que hace la gente rica”, le decía. Me preocupaba que contratar una niñera fuera un gasto egoísta en nuestra familia y creía, vanidosamente, que era capaz de compaginar mi floreciente carrera escribiendo con el ser madre reciente y cuidar de la casa yo sola.

“Simplemente escribiré cuando Gabriel duerma la siesta”, le decía a mi marido cuando –por enésima vez– me decía que buscara a alguien para cuidar del pequeño algunas horas a la semana, mientras yo lamentaba no poder escribir tanto como quería y mantener la casa ordenada y planificar las comidas y hacer la compra y cocinar y…

Lo cierto es que cada vez que Gabriel dormía, yo me sentía dividida entre irme a escribir o a fregar los baños. Miraba mi casa sucia y me inundaba el resentimiento, porque en una hora podía limpiar o escribir, pero no las dos cosas. Como resultado, tenía un archivo de escritos a medio hacer y cuartos de baño a medio limpiar y sentía que me ahogaba en los dos.

Todo llegó a su punto crítico cuando mi marido tuvo que marcharse por trabajo durante 6 semanas y yo me di cuenta de que sería una madre sola además de todo lo demás.

Me presenté llorando en la casa de una amiga del barrio y ella escribió de inmediato a su niñera para ver si estaba disponible. Resultó que sí. La contraté para dos mañanas a la semana, tres horas y media cada vez, y ha sido el mejor dinero que he gastado nunca y la mejor decisión que podía tomar.

Solamente hicieron falta 6 meses de escritura inconcluyente (por mi parte) y súplicas exasperadas (por parte de mi marido).

Ahora, cuando Gabriel duerme, me encargo de la casa y lo hago sin amargura. Sé que tengo tiempo establecido para escribir todas las semanas y eso me ayuda a centrarme en las tareas necesarias para mantener la casa en marcha.

E incluso mejor, vuelvo de cada sesión de escritura sintiéndome refrescada, realizada y entusiasmada para jugar con mi hijo.

Para mí, escribir es algo profundamente reconstituyente y he descubierto que “comprar tiempo” para escribir es una inversión en mi propio bienestar.

En consecuencia, soy una esposa y una madre mejor y más feliz para mi marido y mi hijo, y ya no siento que me ahogo en la gestión diaria de mi hogar.

Soy consciente de que no todo el mundo puede permitirse “comprar tiempo”. Sin embargo, cuando valoraba mi decisión de contratar a una niñera, este artículo de Emily Stimpson Chapman me ayudó a ponerlo todo en perspectiva, en especial el hecho de que, como dice ella, “es una noción absolutamente moderna [pensar] que las personas pueden cuidar de sus hogares y patios por sí solas”.

Y continúa: “Para la mayoría de nosotros, la ayuda no es inaccesible. Por 40 dólares al mes, hay adolescentes que te cortan el césped. Por 10-15 dólares la hora, hay madres con dificultades o universitarios que limpian suelos. No necesitas ayuda a tiempo completo en tu hogar para experimentar algo de alivio. Cuatro horas a la semana es suficiente para concederte un descanso o quitar de en medio tus tareas menos favoritas. Son unos 80-120 dólares al mes. Más o menos lo que te cuesta tu costumbre de Starbucks”.

Para hacer que la niñera me salga más asequible, divido su tiempo con una amiga del barrio una vez a la semana. Y tengo suerte de poder ganar dinero con mis escritos, lo cual me ayuda a aliviar (y ojalá un día incluso cubrir por completo) los costes.

En cualquier caso, sea lo que sea que te resulte reconstituyente –lo que te recargue las pilas–, plantéate “comprar tiempo” . Quizás sea más asequible de lo que piensas y quizás también sea el dinero que mejor hayas gastado nunca.

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