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Anatomía de la frustración

FRUSTRATION
Gaudilab - Shutterstock
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Compartimos un testimonio de una persona que ha acudido a nuestro consultorio. Su nombre ha sido cambiado para proteger la identidad de quien nos ha cedido su historia con la motivación de ayudar a otros

Sara contesta una llamada y se le escucha decir con afectada amabilidad: “¡Hola licenciado! ¡Qué gusto escucharlo!” Luego, a medida que recibe un informe que no la favorece sobre su reciente accidente de tránsito, en su rostro se dibuja una expresión iracunda.

Es entonces, que su estado de ánimo explota con un tono altanero seguido de ofensivas descalificaciones a quien le llama y corta la comunicación abruptamente.

A continuación, a duras penas se contiene para dirigirme la palabra: “¡Hoy todo me ha salido mal! ¡Fatal!”.

Es la misma quien hace ya bastantes años, en la fiesta de uno de sus cumpleaños, lloró, se lanzó al suelo pataleando, y finalmente,  cuando parecía dispuesta a soplar ocho velitas, se abalanzó sobre el pastel y lo destrozó. La razón: se encontraba frustrada pues esperaba recibir una mascota como regalo que no se había podido conseguir.

Su historia personal es un claro ejemplo de cómo la frustración, cuando es un sentimiento mal asumido, puede traducirse en ira o decepción, desestabilizando la personalidad de quien no ha podido conseguir lo pretendido.

En aquella fiesta infantil no solo no la castigaron, de hecho acabaron consintiendo su capricho. Pienso que hubiese sido mejor más una buena azotaina.

Lo digo por experiencia profesional, ya que en mi consultorio suelo atender verdaderos conflictos de personalidad de quienes, desde la niñez, vieron cómo les resolvían sus problemas. Fueron educados en la permisividad del “dejar hacer, dejar pasar” para evitarles “traumas y frustraciones”.

Y fue precisamente eso lo que se cultivó.

Sara creció con una falsa autoestima. Llegó a creer que sería eximida del dolor, de los duros trabajos, de las contradicciones, del sufrimiento moral y de todo lo que consideraba los temas tabú que, según ella, convertían a los demás en seres reprimidos.

Así pretendiendo liberarse de todo mal, consideraba que en toda situación de su interés, primero debería ser ella, después ella y por último ella. Sin embargo, no pudo liberarse de sí misma pues hubo un momento en el que no pudo escurrir el bulto.

La niña que lloró y acabó con aquel pastel de cumpleaños, es ahora una adulta que vocifera con una personalidad que no tolera las frustraciones. Llora, pero ahora con otro lenguaje: el mal humor, la agresividad y la queja. De hecho esta última constituye prácticamente el único tema de su conversación. 

De esa forma se engaña a sí misma inutilizándose, pues para ella la frustración es algo absolutamente negativa. Atribuye a la frustración todas las calamidades que cree que le acontecen, desde las más pequeñas dificultades hasta los desengaños que con frecuencia sazonan la vida cotidiana.

Convertida en una persona tóxica que no controla su inestabilidad emocional, se ha decidido a pedir ayuda profesional. 

Durante el proceso al que se enfrenta ahora deberá ser capaz de reconocer en ella algunas de las causas que originan sus frustraciones.

  • La falta de realismo: Reconocer que los medios disponibles para alcanzar una meta no son los correctos o que la meta en sí requiere ser cambiada o modificada.
  • La impaciencia que impide el conocimiento. El aprendizaje requiere tiempo y esfuerzo para lograr las cosas que verdaderamente valen la pena.
  • La impulsividad lleva a actuar solo por emociones o sentimientos, sin reflexionar sobre cómo lograr que las cosas buenas sucedan poniendo los medios adecuados, el esfuerzo adecuado y el tiempo necesario.
  • La falta de serenidad por la que fácilmente se deja arrastrar por la ira. Lejos de ser una demostración de fuerza es señal de debilidad.

Después, ha de asumir su debilidad y recomenzar de nuevo para obtener nuevos e importantes logros:

  • Aprender  a desarrollar objetivos que en vez de llevarla a la frustración, la lleven a la tranquilidad y a la capacidad de no reaccionar violentamente con consecuencias que la alejan aún más de lo que desea conseguir.
  • A perseverar con humildad en medio de las dificultades por adquirir virtudes humanas y espirituales, ya que la persona es un todo.
  • Ser realista ante las dificultades que nunca van a faltar, lo mismo que a ser optimista ante las cosas ya conseguidas y, por qué no, también ante las posibilidades que se abren al cerrarse otras.
  • Comprender que existen frustraciones que suelen ser dolorosas por provenir de los seres que amamos o esperamos amor, pero que deberá  asumir  para no quedar anclada en la desestabilización emocional.

La frustración es un hecho inevitable en la vida de todas las personas y de ordinario lo normal es que salgamos fortalecidos de esas experiencias, bien porque las asumimos  y desactivamos de su carga de ansiedad;  porque las afrontamos para resolverlas, o porque cuando esto no es posible, nos adaptamos sin que nuestra conducta se desajuste demasiado. 

De esa forma protegemos  las raíces más profundas de nuestra personalidad  y conservamos nuestra estabilidad.

 

Escríbenos a: consultorio@aleteia.org

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