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Alegre y triste, cobarde y valiente: Vivir es combinar extremos

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Lo importante es ver a Dios en todo lo que sucede cada día, en todo

Me asombra siempre la mezcla de la tristeza y la alegría. Del estupor y la esperanza. Del miedo y el valor. Son los opuestos que suceden al mismo tiempo.

Un niño le pregunta a su padre: “¿Un hombre puede ser valiente cuando tiene miedo?”. Y su padre le responde: “Es el único momento en el que se puede ser valiente”.

Tal vez en esos extremos se juega la vida. Son pasiones opuestas. Tensiones que se encuentran. En un mismo momento se acarician los opuestos. Se rozan el miedo más salvaje y el valor más grande. La tristeza más profunda y la alegría más sublime.

Es por eso que no me gustan las medias tintas. Ni la tibieza. Prefiero los superlativos, los extremos. No me gusta una vida llena de diminutivos. Elijo las exclamaciones antes que los susurros que adormecen. Prefiero una entrega total que un miedo absoluto a entregar la vida.

A veces el dolor no me deja ver más allá. Como si Dios me dijera: “Cuando todo lo que puedes ver es tu dolor, quizá me pierdes de vista a mí”[1].

Atrapado por el miedo a sufrir, no logro mirar lejos. Amargado por el dolor que me hiela el alma, me ahogo en mi sangre. “El dolor tiene poder para cortarnos las alas e impedirnos ser capaces de volar”[2].

El dolor me hunde. Me ciega. No me deja relacionarme. Atarme a otros. “No es fácil dar solución a tu dolor. Créeme: si lo fuera, lo haría en este momento. Pero no tengo una varita mágica que pasarte encima para que todo sea mejor. La vida implica un poco de tiempo, y mucho de relación”[3].

Mi dolor es una losa que cierra mi sepulcro vacío y me aísla del mundo. Y vago sin esperanza. Pero también sé que el dolor y el sufrimiento me dejan ver que estoy vivo: “El sufrimiento y el dolor indican que estamos vivos. Hay que aceptar el sufrimiento y acogerlo en silencio. Sé que es difícil mantenerse en pie ante el sufrimiento y asumirlo”[4].

Le pido a Jesús que levante esa losa. Quiero pasar de un extremo al otro. De la tristeza que me paraliza a la alegría que me da alas. De la oscuridad sin esperanza a la luz llena de optimismo. De la soledad a la comunión.

Quiero que Jesús vivo sea quien me sostenga en medio de mi camino. Quiero aprender a caminar con mis dolores y sufrimientos aceptándolos. Confiando en que Jesús se aparece en mi vida para calmar mi sed.

Quiero reconocerlo. Y si no lo hago, fiarme de los que sí lo ven: “Es el Señor”, me dicen. Yo tantas veces no lo veo.

Y por eso me quedo encogido, aterido, quieto, mudo, solo. Y no salgo de mis miedos. No venzo mis ataduras.

Necesito una mirada más profunda que penetre la superficie de las cosas. Quiero ver a Dios en lo que me sucede cada día.

Son tantas cosas las que dejo pasar… Me quedo sólo en lo que me falta. En lo que no tengo. En mi dolor que me ciega. En mi sufrimiento que me pesa.

Quiero pasar de un extremo al otro. De la tristeza honda a la alegría liviana. Es el camino que más deseo.

Necesito más fe para ver a Jesús oculto en medio de mis días. En lo cotidiano donde viene a decirme que me quiere.

Y yo me despisto pensando sólo en lo que tengo que hacer. En mis planes. En mis cálculos humanos. No distingo a Dios oculto bajo la piel humana. En la carne que no resplandece. Y es demasiado vulgar, como la mía.

Jesús come como yo. Es el mismo. Pero es distinto. Ha vuelto del lugar de los muertos. Estaba muerto y ahora vive.

Todos lo vieron morir. Pocos lo ven ahora vivo. Como hoy en mi camino. Muchos me hablan de su muerte. De su ausencia. De su impotencia.

No ven los signos de resurrección. Sólo ven los signos de desesperanza, de terror, de angustia. ¿Dónde está viva la esperanza? Lo busco entre las sombras levantando la losa de mi dolor.

Hay un paso estrecho entre los extremos. Se me olvida. Entre la tristeza y la alegría. Entre el miedo y el valor. Entre el odio y el amor.

Camino por esa cuerda floja que divide los opuestos. La cruzo. Me inclino por el bien, por la luz, por la esperanza. Miro a Jesús y lo veo. Y todo se llena de una luz nueva.

 

[1] Young, Wm. Paul, La Cabaña: Donde la tragedia se encuentra con la eternidad

[2] Young, Wm. Paul, La Cabaña: Donde la tragedia se encuentra con la eternidad

[3] Young, Wm. Paul, La Cabaña: Donde la tragedia se encuentra con la eternidad

[4] Cardenal Robert Sarah, La fuerza del silencio, 66

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