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¿Quién fue la princesa que dejaba su castillo para entrar en las casas de los pobres?

PRINCESS ELIZABETH
Renata Sedmakova - Shutterstock
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La autoridad femenina vivida como un servicio a los demás

En la época medieval existió una mujer soberana cuya vida al servicio del bien común se destacó por sus obras de misericordia y caridad tanto con su familia como con su pueblo, especialmente con los más pobres.

Isabel vivió en la corte húngara los primeros cuatro años de su infancia, tiempo en que la joven ya mostraba una atención especial por los pobres a quienes ayudaba con una buena palabra o con un gesto afectuoso.

Pero su niñez se interrumpió bruscamente cuando llegaron unos caballeros para llevarla a Alemania central. En efecto, según las costumbres de la época, su padre había decidido que Isabel se convertiría en princesa de Turingia.

El conde de aquella región era uno de los soberanos más ricos e influyentes de toda Europa a comienzos del siglo XIII y aceptó el noviazgo entre su hijo Luis y la princesa húngara, por lo que Isabel dejó su patria con una rica dote y un gran séquito incluidas sus doncellas personales.

Tras un largo viaje llegaron a la fortaleza de Wartburg, el castillo que dominaba la ciudad y que Isabel convertiría en un centro de acogida y ayuda para muchas personas; una construcción que hasta el día de hoy continúa siendo un centro de magnificencia por su profundo valor histórico y cultural.

Allí se celebró el compromiso y pese a que el noviazgo se había decidido por motivos políticos, entre los dos jóvenes nació un amor sincero que con los años sería notable y ejemplar en valores.

Decidieron celebrar su matrimonio sencillamente y dar parte del dinero de los costos del banquete a los pobres.

Si bien la mayoría de los habitantes del castillo sentía resentimiento por su espíritu de pobreza, la generosidad de Isabel fue siempre admirada, acogida y apoyada por Luis. 

En una ocasión ponderando su ayuda a los pobres le dijo: “Querida Isabel, es a Cristo a quien has lavado, alimentado y cuidado”. Y ante las acusaciones que recibía de la gente del castillo, les expresó: “Mientras no me venda el castillo, me alegro”.

PRINCESS ELIZABETH
Sergey Kohl - Shutterstock

Pero un momento clave para Isabel fue cuando conoció la historia de conversión del joven y rico comerciante Francisco de Asís. Con su testimonio de vida se entusiasmó aún más en ayudar a los más desamparados y desde aquel momento, siguió con más decisión a Cristo pobre y crucificado, presente en los pobres.

Isabel practicaba asiduamente las obras de misericordia con todo aquél que llamaba a su puerta: les daba de beber y de comer, les proporcionaba vestidos, pagaba sus deudas y se hacía cargo de los enfermos, pero también iba al encuentro de ellos.

Bajando del castillo con sus doncellas visitaba las casas de los pobres para llevarles pan, carne, harina y otros alimentos que ella misma les entregaba personalmente además de controlar lo que les faltaba y brindarles lo que necesitaban.

No consumía alimentos si antes no estaba segura de que provenían de las propiedades y de los legítimos bienes de su marido. Se abstenía de los bienes conseguidos ilícitamente, y se preocupaba incluso por indemnizar a aquellos que habían sufrido violencia.

Era un verdadero ejemplo para todos aquellos que ocupan cargos de mando: el ejercicio de la autoridad, en todos los niveles, vivido como un servicio a la justicia y a la caridad en la búsqueda constante del bien común, especialmente con los más vulnerables.

Ayudó en la construcción de un convento en Halberstadt, construyó un hospital al pie del castillo donde trabajaba varios días a la semana y también hacía arreglos para que los necesitados sean recibidos y fueran alimentados en las galas.

Pero en el año 1226 su ayuda fue determinante. El país fue barrido por una gran hambruna y el invierno desató la enfermedad desenfrenada a lo que Isabel respondió regalando  la comida almacenada en el castillo y vendiendo sus vestidos y joyas para seguir ayudando a las familias necesitadas y así evitar que otros se murieran de hambre o por enfermedad.

Sin embargo, el cuidado de los pobres sería desafiado por la familia de su esposo tras el duro adiós a Luis, quien luego de enfermar murió con las tropas en Otranto.

Así, su cuñado acusó a Isabel de ser una mujer devota incompetente para gobernar y usurpó el gobierno de Turingia declarándose como auténtico heredero.

Le negaron todas las posesiones del castillo y la joven viuda, junto con sus tres hijos, buscó un lugar donde refugiarse y trabajar como costurera hasta poder recibir una renta apropiada para retirarse en el castillo de la familia en Marburgo.

Isabel logró pasar estos obstáculos con gran fortaleza sirviendo en su propia mesa a los más miserables y desamparados y poco después, recogió a enfermos e inválidos y fundó un hospital en el que pasaría sus últimos años de vida sirviendo a los enfermos y velando por los moribundos.

Además de ser declarada santa por la Iglesia Católica, su vida es recordada en numerosos libros, poesías y obras de arte, y muchos hospitales e iglesias llevan su nombre.

La hermosa Iglesia de Santa Isabel en Marburgo está dedicada a ella, y muchos dicen que es el monumento más grandioso jamás levantado para una mujer.

 

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