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Cumbre de Lima: Baja la expectativa

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No obstante, sienta un precedente y rescata una prioridad

La Cumbre de Las Américas tiene una historia remarcable. Recapitulando, se trata de una reunión de los gobernantes de los 35 países de América para tratar temas diplomáticos y comerciales de importancia a nivel continental. La primera reunión se realizó en diciembre de 1994, en Miami, Estados Unidos, para considerar la implementación del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA).

Hasta ahora se han realizado cumbres, además, en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) en 1966; Santiago de Chile en 1998; Quebec (Canadá) en 2001; Monterrey (México) en 2004; Mar del Plata (Argentina) en 2005; Puerto España (Trinidad y Tobago) en 2009; Cartagena de Indias (Colombia) en 2012; Ciudad de Panamá en 2015.

Particular importancia e interés revistió la reunión celebrada en Mar del Plata en 2005. Pese a haberse programado una agenda inicial Estados Unidos y Canadá introdujeron de nuevo el tema del ALCA, provocando además protestas de sectores sociales de Argentina y otros países por la presencia del Presidente George W. Bush y la intervención militar norteamericana de Irak y Afganistán.

La de Quebec tuvo resonancia al sentar las bases para la Carta Democrática Intermericana que se aprobaría en Lima poco despúes y sería un instrumento crucial para el proceso que se siguió a Fujimori.

No han faltado los intentos de saboteo por parte de contingente cubanos-venezolanos, esta vez enviados a Lima en vuelo especial lo cual ha sido denunciado a través de las redes sociales. Son grupos de choque y colectivos que se encuentran en el lugar y han protagonizado algunos incidentes de menor significación. Viajaron desde Cuba en un avión del gobierno y lograron interrumpir por unas dos horas el inicio de las sesiones de la Cumbre.

Este año la Cumbre de las Américas se realiza entre los días 13 y 14 de abril, rodeada de importantes expectativas políticas como la visita de Donald Trump, el retiro de la invitación al Presidente venezolano Nicolás Maduro y las tensiones provocadas en ese país por la reciente renuncia a la presidencia de Pedro Pablo Kuczynski, además del broche de oro: la prisión del exmandatario brasileño Lula da Silva, acusado de actos de corrupción y quien encabeza las encuestas para las elecciones presidenciales del mes de octubre.

El anuncio de Trump –que sería al estrella mediática del evento- de no asistir, la previa renuncia de PPK, el presidente peruano que llevaba con fuerza la línea de defensa de la vuelta a la democracia en Venezuela y la decisión del tribunal brasileño que llevó a Lula a la cárcel, son episodios que gravitan sobre la Cumbre de Lima, restando empuje y brillo a la significación que bien pudo tener, dadas, como estaban, todas las condiciones.

Es importante tener en cuenta que la ausencia de Trump en la Cumbre y la consecuente suspensión de su visita a Colombia, muy probablemente no se deba a las razones que se han hecho visibles. No es Siria ni es el escándalo puntual surgido en sus negocios particulares. Se trata de un tema más prominente: Trump necesita un éxito -todos los presidentes norteamericanos lo han procurado y lo han tenido y Trump aún no se lo anota- y una Cumbre donde no se alcanzaron acuerdos previos que lo garanticen no es escenario para Trump en vísperas de encuentros tan cruciales como el que debe sostener con Norcorea, por ejemplo.

Pero hay asuntos notable, sin embargo, que sientan un buen precedente. Hemos conocido décadas durante las cuales el tema comercial ha signado la gestión diplomática, dejando en un segundo plano los derechos humanos y esas otras “menudencias” que han permitido a dictadores de todo pelaje cebarse sobre nuestros pueblos sin mayores consecuencias, amparados por una desorbitada idea de nacionalismo y soberanía que satanizaba, incluso, cualquier pronunciamiento al respecto, calificándolo como “inaceptable injerencia”. En esta oportunidad el tema comercial pasó a un segundo plano, dando paso a la problemática política del continente basada en altos niveles de corrupción de los gobiernos y las dificultades para asegurar reglas eficientes de gobernabilidad.

Vale reseñar que este continente tiene récord en presidentes y expresidentes aventados fuera del poder o enjuiciados a posteriori por acusaciones de corrupción. En muchos casos, tocan a la familia como es el caso de Martinelli en Panamá, Fujimori en Perú y Bachelet en Chile, cuyo hijo ha sido mencionado en reiteradas oportunidades.

Toledo (Perú) “No soy fugitivo… No me he escapado de mi país” dijo en su momento el expresidente de Perú, Alejandro Toledo, a BBC Mundo sobre el pedido de arresto en su contra. Y Ortega (Nicaragua) siempre ha estado en la mira, él, tanto como su esposa.

Oscar Iván Zuloaga, el candidato de Uribe que enfrentó a Santos, también fue investigado. La reelección de Santos, a su vez, se manchó por los millones supuestamente recibidos por Otto Bula, exsenador preso en Colombia, aunque luego se aclaró que el mandatario colombiano no tenía conocimiento de la operación.

Se mantiene la acusación del trasiego de US$3 millones de Odebrecht a la pareja para la campaña presidencial de 2011, en la que Ollanta Humala resultó vencedor.

Tenemos los casos anteriores de Alan García en Perú, de Carlos Andrés Pérez en Venezuela (quien salió por acusaciones de malversación, no de corrupción y cuya responsabilidad nunca nadie probó, a pesar de un largo juicio), de Torrijos en Panamá y hasta el propio Varela, hoy en funciones, ha sido salpicado por la supuesta entrada de dinero de Odebrecth en su campaña electoral. Ya sabemos lo ocurrido con Zelaya en Honduras y con Correa en Ecuador.

En El Salvador, Mauricio Funes, en Brasil, además de Lula, ya teníamos a Color de Mello y a la propia Dilma Roussef y los Kirshner en Argentina, sin mencionar que hasta el actual presidente Mauricio Macri ha visto su nombre incluido en los señalamientos más recientes. El actual presidente Michel Temer, por su parte, también es investigado por el caso Odebrecht. Huelga referir el caso de Chávez y Maduro en Venezuela, los cuales revisten escándalos conocidos y también por venir. Lo que se ha visto hasta ahora, según los analistas más avezados, “es sólo la punta del iceberg”.

Otra de las novedades que enaltecen los esfuerzos de esta cumbre tiene que ver con la participación de una nutrida representación de la sociedad civil – especialmente organizaciones y voceros venezolanos- que han sido escuchados atentamente en reuniones privadas donde han podido exponer al detalle las vicisitudes que se vive en nuestros países y las propuestas que han articulado para hacerles frente, con la solidaridad internacional.

Lo cierto es que el gran dilema de América Latina para este año 2018 es la excesiva influencia del presidencialismo y la manera tan grave como afecta la corrupción a la gobernabilidad en los países de continente, cuyos problemas se profundizan a pesar de que algunos de ellos presenten cifras económicas más o menos auspiciosas.

Javier Corrales, profesor de ciencia política en el Amherst College de Estados Unidos ha advertido: “Los latinoamericanos se han dado cuenta de que los presidentes en el poder y fuera del poder son figuras prepotentes y difíciles de contener”. El problema de los expresidentes en América Latina es que les cuesta mucho trabajo retirarse de la política. Y en sus intentos por seguir vigentes, aun cuando su momento tal vez haya pasado, hacen todo tipo de actos políticos que impiden la renovación de liderazgos.

“Generalmente –sigue el analista- son polarizantes: sus seguidores los adoran, pero suelen generar alergias muy profundas. Generalmente la opción es muy visceral. Cuesta mucho trabajo en sus respectivos partidos que surjan liderazgos nuevos, porque es como un sol muy brillante. Entonces opacan a grupos nuevos dentro de sus partidos”.

El caso colombiano es emblemático: Uribe tiene prohibida la reelección, pero sigue siendo el que determina el conservadurismo. Su candidato puntea hoy.

Después de observar lo que pasa en Venezuela, con Correa en Ecuador, con Morales en Bolivia, presidentes que se quieren perpetuar y se sienten indispensables, los latinoamericanos se dan cuenta de que un presidente malo en el poder es fatal, pero un expresidente que quiera volver es peligroso. No obstante, hay que salir del círculo vicioso. La Cumbre de Lima está considerando el problema y su arista más perniciosa: la corrupción que daña la gobernabilidad. Eso es un avance.-

 

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