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Para Dios tú no eres uno más

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© Procyk Radek | Shutterstock

En plein repas, une louvette demande soucieuse : « Mais Akela comment elles font les princesses quand elles vont aux louvettes ? Elles emmènent leur robe et leur lit à baldaquin avec elles en camp ? » 2ème Orléans - FSE

Carlos Padilla Esteban - publicado el 08/04/18

El consolador significado de un aparente descuido de Jesús

Jesús vuelve pasados ocho días sólo para ver a Tomás. “A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos”. Y se adapta a su petición algo extraña: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”.

Jesús se pone a la altura de Tomás y toma su mano: “Luego dijo a Tomás: – Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”.

Tomás sólo está dispuesto a creer si llega a tocar las heridas con sus propias manos. No cree en sus hermanos de camino. No cree en sus palabras. No cree en los que dicen haber visto a Jesús.

Está herido. Tiene tanta rabia… Jesús lo mira con infinita misericordia y accede a sus deseos. Le muestra a Tomás un amor imposible, un amor divino, una misericordia infinita.

Y lo hace así sólo para que él crea: “¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto”.

El amor de Jesús es imposible. No tiene medida. Se abaja hasta lo más hondo, hasta lo más humillante. Antes se dejó matar de forma injusta. Y ahora se doblega a los deseos del corazón incrédulo de Tomás.

Decía el padre José Kentenich: “El auténtico amor jamás dice: – Es suficiente. Porque la medida del amor es justamente no tener medida. Y nuestra mutua relación tiene que llevar más y más hondamente hacia esa medida sin medida, hacia el Dios eterno e infinito”[1].

El amor de Jesús por Tomás es inmenso. Lo ama con toda su alma. Y se adapta a sus deseos. Eso me impresiona.

Tomás tenía miedo. Temía que Jesús no lo amara a él de forma personal. Temía ser sólo uno más. Un discípulo dentro de un grupo de discípulos. Nada especial.

A veces yo mismo me miro así frente a Dios. Me veo como uno más de sus sacerdotes, uno más de sus hijos. Uno más entre una masa ingente de seguidores. Uno entre muchos más santos que yo. Mucho más obedientes y fieles.

Y me he formado la idea equivocada de que el amor que me tienen crece en correspondencia con la bondad de mis actos. Cuanto mejor me porto, más me aman. Y lo proyecto en Dios.

Tal vez como Tomás. ¿Dónde estuvo escondido esa noche? También huyó. Igual que muchos otros. Igual que Pedro que lo negó públicamente.

Pero en Tomás su huida parecía tener más peso. Es lo que pensaba. Jesús no había esperado a que él estuviera. Había llegado a destiempo. O él no había estado en el momento adecuado. ¿De quién era la culpa? ¿No era Jesús Dios? Sabía que Tomás no estaba y eligió ese momento. ¿Un descuido?

Bendito descuido. Esa aparente negligencia permitió uno de esos encuentros maravillosos entre Jesús y los hombres. Uno de esos encuentros que me llenan de esperanza.

A veces siento que no estoy en el momento oportuno. Pero Jesús vuelve para estar conmigo. Como cuando da alcance a los discípulos de Emaús que huyen con miedo y tristeza. Los alcanza por la espalda. Se cuelga a ellos.

Igual que Tomás se cuelga de sus heridas. Un encuentro que quita de un plumazo todos mis miedos. A mí también me quiere así. Personalmente. Con un amor infinito. Y viene a mi lugar. Donde me encuentro escondido o huyendo de Él porque tengo miedo.

No lo sé. Pero viene. Cuando ya menos lo espero. Incluso cuando le pongo condiciones absurdas. O pienso como un niño inmaduro que quiere más a otros. Porque me comparo. Comparo mi vida con otras vidas.

Veo las injusticias que sufro. Veo los desniveles, las diferencias. Y pienso que merezco más. Y no soy capaz de alegrarme por lo que tengo.

Y en medio de mi mediocridad e inmadurez viene Jesús a buscarme. Toma mi mano para meterla en sus heridas. Yo me dejo hacer.

Y Él, seguro que también, mete su mano en mis heridas. Para calmar mi dolor. Para que cierren con el perdón.

Soy esclavo de mis estados de ánimo tantas veces. De mi pena y mi rencor. Leía el otro día que “las emociones, los afectos, el humor… parecen presentarse como una bandera que se mueve según de dónde venga el viento: un día está uno contento, pero no sabría decir por qué, y al día siguiente se descubre triste. Las emociones, los afectos, pueden turbar la tranquilidad”[2].

Tomás sufre, está turbado, ha perdido la alegría. Parece no alegrarse de que Jesús vive. Es tan absurdo. Sufre porque no lo ha visto. Y no se alegra porque está vivo.

Debería entonar con los demás discípulos el salmo que tan bien conocía: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. Pero no puede hacerlo. La tristeza es honda en su alma.

No puede alegrarse cuando piensa que Jesús no lo ama de forma predilecta. Entiendo tan bien sus emociones…

Todavía no ha llegado el Espíritu Santo en Pentecostés. Y no puede vivir lo que más tarde se dirá de los cristianos: “En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor”.

Tomás siente la división dentro de su alma. No piensa igual que todos. No siente igual que todos. No habla de la resurrección con valor.

Es curioso. Esta descripción de la Iglesia tampoco encaja hoy a la perfección. ¡Cuántas veces la envidia y los celos dividen! Dentro de la misma Iglesia no pensamos todos igual. No sentimos lo mismo.

Tomás encarna ese espíritu de división. Cada uno con sus razones pero lejos del ideal soñado. Tomás no cree en el hermano. No confía en sus palabras.

El ideal brilla ante mis ojos. Un solo pensamiento, un solo sentir. Un mismo Espíritu: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío Yo. Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: – Recibid el Espíritu Santo”.

Es el Espíritu que pacifica, que une, que calma el dolor y el rencor. Es el Espíritu de su misericordia.

[1]Kentenich Reader Tomo 1: Encuentro con el Padre Fundador, Peter Locher, Jonathan Niehaus

[2] Giovanni Cucci SJ, La fuerza que nace de la debilidad

Tags:
fe
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