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La sangre de religiosos sigue clamando paz para Colombia

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Las cifras de la Conferencia Episcopal (CEC) de 1984 a 2013 son contundentes: unos cien, entre obispos, sacerdotes, religiosos, monjas y seminaristas figuran entre los muertos. Su delito: luchar por el bienestar de los perseguidos tras más de medio siglo de conflicto armado

La Iglesia cosecha dolor en medio de un proceso que no consigue la paz. En Colombia las huellas de sangre permanecen frescas en la tierra cafetera, donde hace menos de un año el papa Francisco beatificó a dos sacerdotes asesinados por grupos armados.

Son “los más susceptibles a recibir amenazas, ataques y hostigamientos por parte de los ilegales”, según reseña el diario El Espectador, que cita el reporte “Colombia 2020”, el cual recoge nombres de muchos de los que murieron por defender los derechos de sus comunidades “desde la Iglesia Católica”.

Coincide además con el Informe Internacional de Libertad Religiosa, del Departamento de Estado de Estados Unidos, según el cual: sacerdotes y religiosas han dejado su vida al promover los derechos humanos y brindar ayuda a los desplazadas; así como al participar en el proceso de reinserción laboral y reemplazo de cultivos en el país neogranadino.

Asesinado “a machetazos”

Las historias son tan crueles como dramáticas. Pedro María fue asesinado “a machetazos”. El llamado “mártir de Armero” fue desalojado con violencia de la Iglesia donde acostumbrara celebrar Misa, por una “turba enardecida”.

El sacerdote de Tolima murió a golpes la tarde del 10 de abril de 1948 en medio de la violenta asonada conocida como “Bogotazo”, que iniciara horas antes en la capital de Colombia como consecuencia del asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán.

Las últimas palabras del mártir colombiano se unieron al clamor de Jesús en su pasión: “Padre, perdónalos. Todo por Cristo”, y cerraron el crudo episodio que incluyó la profanación de templo en el que sus victimarios buscaron sin éxito las armas que aseguraban escondía para apoyar al régimen conservador.

Las muertes no cesan

En 1989 fue asesinado el obispo Jaramillo por miembros del Ejército de Liberación Nacional (ELN), con el que actualmente negocia el gobierno de Juan Manuel Santos un proceso de paz; a propósito del obtenido con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), hoy convertida en partido político.

Fungía como obispo del Arauca, un pequeño departamento al este colombiano. Una región que debería ser de las más ricas del país gracias a los ingresos por las regalías derivadas de la explotación de recursos naturales como el petróleo.

Pero paradójicamente es uno de los más pobres y de los que tienen mayor presencia de integrantes del Ejército de Liberación Nacional, al que se le atribuyen más de sus 1.500 muertos. Un informe de la Corporación Arco Irisconstata que es “uno de los departamentos más afectados por el conflicto”, gracias en parte a los daños de su infraestructura eléctrica y petrolera.

Investigaciones abiertas

Fue en esa zona donde el grupo rebelde acabó con la vida del obispo Jaramillo, quien contaba 73 años de edad. ¿La razón? Despertaba malestar en la guerrilla por su distanciamiento de la teología de la liberación; así como por su alto poder de convocatoria, que le ganara el apoyo y cariño de indígenas y campesinos.

Dos mártires de al menos un centenar de muertos que acumula la nación cafetera. Y es que entre 1984 y 2013 fueron asesinados más de 80 sacerdotes, 5 cinco monjas, 3 religiosos e igual número de seminaristas y un par de obispos, según las cifras oficiales de la Conferencia Episcopal de Colombia (CEC).

Por esta situación han tomado nota organismos del Estado, según la Dirección de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario de la Procuraduría General, que de acuerdo con prensa local trabaja en una veintena de investigaciones relacionadas con líderes religiosos.

Proceso de reparación

En distintos años, algunos en 2013, Raúl Cuervo Arias, Jesús Manuel Serrano, José Rubín Rodríguez y Saulo Carreño corrieron la misma suerte que el obispo: sacerdotes que tiñeron con su sangre esta rica pero sufrida tierra, cuyas muertes claman paz y reconciliación.

No obstante, la beatificación aprobada por el Papa Francisco ha permitido visibilizar los casos y marcar precedentes hacia un proceso lento pero significativo de reparación futura. No en vano, la Diócesis de Arauca -donde ejercía el mártir Jesús Jaramillo- fue la primera en ser reconocida “como víctima y como sujeto de reparación colectiva” en junio del año 2017. “Derramaron la sangre por amor a la grey que les fue confiada. De ahora en adelante sean llamados beatos y se podrá celebrar su fiesta cada año, en los lugares y en el modo establecido por el Derecho, el 3 y el 24 de octubre respectivamente”, dijo el Papa en su visita a la nación cafetera. Hoy son símbolos de un clamor a Dios por la paz definitiva de Colombia.

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