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¿Nos exigimos demasiado? ¿Cómo detectar nuestro límite?

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SG SHOT - Shutterstock
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Aceptar que no somos perfectos es el primer paso para disfrutar de la vida.

Es cierto, a veces nos exigimos más de lo prudente. Queremos atender y hacer tantísimas cosas, controlar para que todo sea perfecto, cumplir expectativas de aquí y de allá … Y llega un momento en que estamos tan abrumados que dejamos de disfrutar el proceso y terminamos frustrados y ansiosos.

El control y el exigirnos demasiado responde a cierto ego, a creer que somos capaces, competentes, suficientemente buenos, etcétera. Todo ello porque creemos de que solo así seremos aceptados, amados, admirados por los demás.

Por eso nos exigimos de forma desordenada, nos exigimos demasiado, y buscamos una perfección no existe por el simple hecho que somos humanos.

Eso no quiere decir que no tengamos que hacer las cosas lo mejor que podamos, de acuerdo con nuestras capacidades personales. Pero hemos de tener cuidado con el perfeccionismo que no nos permite estar satisfechos con lo que hacemos pese a haberlo hecho bien y recibir buenos comentarios. ¡Somos nuestros peores jueces y verdugos!

La vida perfecta, el mundo perfecto y el yo perfecto no existen. Es un hecho a aceptar.

Encontrar nuestro límite es fundamental para lograr esa armonía que nos permitirá disfrutar de nuestra vida. Para ello, conviene reflexionar y hacernos varias preguntas:

  • ¿Para qué lo hago?
  • ¿Cuál es mi verdadera intención o propósito de hacerlo?
  • ¿Dónde está la respuesta: en el amor o en el ego perfeccionista?

Si la respuesta estas preguntas nos genera paz sabremos que estamos realizando lo correcto. Si en cambio sentimos ansiedad, estrés, mal humor o agotamiento, estamos en peligro. Hemos rebasado el límite y nuestra actitud se está siendo tóxica.  El autoexigirnos no debe convertirse en un contraproducente mal hábito.

Aceptar nuestro límite requiere de valor y de una profunda confianza y seguridad personal. Y es que exige callar a ese ego desvirtuado que continuamente nos susurra que hay que dar más, que hay que destacar, que no importa poner en riesgo la salud, que hay que ser mejor que mengano, etcétera.

Es momento de reconocer nuestra humanidad y abrazarla en su totalidad, con límites y capacidades, con cualidades y defectos, con errores y aciertos.

¿Cómo?

  • Aceptando que para ser felices nuestra vida no tiene ni debe ser perfecta.
  • Comprendiendo que el propósito de nuestra vida es llegar a la plenitud (de dentro hacia afuera) al tiempo que disfrutamos del camino.
  • Sabiendo diferenciar entre lo que necesitamos aceptar y lo que tenemos la capacidad de cambiar.
  • Reconociendo y aceptando nuestros límites.
  • Dejando a un lado el “qué dirán si no lo logro”.
  • No comparándose con los demás. Tus capacidades no son ni mejores ni peores. Son únicas e inalienables.
  • Observando las virtudes de los otros como inspiración para ayudarte a mejorar.
  • Dejando de exigir o pretender que las cosas o las personas sean como nosotros queremos.
  • Callando a nuestro verdugo interior, a esa voz que nos susurra que no somos suficientemente buenos.
  • Reconociendo que hicimos lo mejor que pudimos con los elementos que tuvimos.

Lo importante es pararnos a pensar hasta dónde podemos llegar. Si nos estamos dando cuenta que nos estamos auto exigiendo de una forma opresiva, cual jefe gruñón y cascarrabias que genera un mal ambiente de trabajo, que nos oprime y estresa, entonces hay que reeducar a nuestra vocecita y transformarla en un buen líder interior que nos diga de una forma amable y amorosa: “Hasta aquí llegaste y lo hiciste muy bien. ¡Bravo por ti!”

 

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