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En el Via Crucis, el Papa pidió esperanza a pesar de los intentos de desacreditar a la Iglesia

Filippo MONTEFORTE / AFP
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La esperanza para que la Iglesia sea “un modelo de altruismo, un arca de salvación y una fuente de certeza y de verdad”, dijo el Papa ante ante 20.000 fieles

El Papa Francisco presidió el Vía Crucis en el Coliseo romano este Viernes Santo, 30 de marzo de 2018, e imploró a Dios en recuerdo del calvario de Cristo: habló de vergüenza, arrepentimiento y esperanza.

“La esperanza de que tu Iglesia, santa y compuesta de pecadores, continúe, incluso hoy, a pesar de todos los intentos de desacreditarla, a ser una luz que ilumine, aliente, eleve y atestigüe tu amor ilimitado por la humanidad”, 

La esperanza para que la Iglesia sea “un modelo de altruismo, un arca de salvación y una fuente de certeza y de verdad”, dijo el Papa ante 20.000 fieles que presenciaron las 14 Estaciones de la Via Crucis. 

Francisco desde la colina del Palatino, próxima al Anfiteatro Flavio, asistió al rito en actitud de profundo recogimiento. 

Asimismo, habló de vergüenza “porque muchas personas, e incluso algunos de tus ministros (de la Iglesia), se dejaron engañar por la ambición y la vana gloria, perdiendo su dignidad y su primer amor”. 

Al final de la ceremonia, cuando la cruz llegó desde el interior del Coliseo y se la presentaron al lado, Francisco  pronunció una oración en la que incidió en los problemas del mundo: 

“La vergüenza de haber elegido a Barrabás y no a ti, al poder y no a ti, a la apariencia y no a ti, al dios dinero y no a ti, a la mundanidad y no a la eternidad”. 

“Sólo tú puedes sanarnos de nuestra lepra de odio, del egoísmo, del orgullo, de la codicia, de la venganza, de la idolatría, y sólo tu puedes volvernos a abrazar devolviéndonos la dignidad filial y regocijarte por nuestro regreso a casa, a la vida”.

Lamentó la vergüenza de haber perdido la vergüenza: “la vergüenza porque nuestras generaciones están dejando a los jóvenes un mundo fracturado por divisiones y guerras; un mundo devorado por el egoísmo donde los jóvenes, los pequeños, los enfermos, los ancianos son marginados”. 

También mencionó la esperanza “para que muchos misioneros sigan adelante, incluso hoy en día, para desafiar la conciencia dormida de la humanidad, arriesgando la vidas para servirte en los pobres, en los descartados, en los inmigrantes, en los invisibles, en los explotados, en los hambrientos y en los prisioneros”. 

Por otro lado, en el crucifico también ha puesto como símbolo “el arrepentimiento que surge de sentir nuestra pequeñez, nuestra nada, nuestra vanidad y que se deja acariciar por su dulce y poderosa invitación a la conversión”. 

Por último, Francisco pidió a Jesús, la gracia de la santa esperanza. 

Ayúdanos, hijo del hombre, para despojarnos de la arrogancia del ladrón colocado a tu izquierda y de los miopes y corruptos, que vieron en ti una oportunidad para aprovechar, un condenado para criticar, un perdedor para burlarse, otra oportunidad para descargar sobre los demás, e incluso sobre Dios, las propias culpas.

En cambio, te pedimos, Hijo de Dios, que nos identifiquemos con el buen ladrón que te ha mirado con ojos llenos de vergüenza, arrepentimiento y esperanza; quien, con los ojos de la fe, vio en tu derrota aparente la victoria divina y así se arrodilló ante tu misericordia y con honestidad ha robado el paraíso!”. 

Para este año, las autoridades romanas han establecido un imponente protocolo de seguridad, debido a la amenaza terrorista en Europa, y los miles de fieles que asistieron al rito del Via Crucis fueron registrados y sometidos al detector de metales. 

Igualmente, en esta ocasión, los jóvenes de una escuela de bachillerato en Roma fueron los encargados de realizar las meditaciones para las 14 Estaciones. Tras el Via Crucis, el Papa pronunció su oración. 

El Viernes Santo es el segundo día del Triduo Pascual y recuerda la pasión de Cristo y su calvario hasta ser crucificado.

El rito del Vía Crucis fue instaurado en 1741 por orden de Benedicto XIV, aunque su práctica cayó en el olvido con el paso del tiempo, hasta que se retomó en 1925. Y Pablo VI la volvió a proponer en el año 1964, en el Coliseo Romano, como símbolo de los cristianos perseguidos en el mundo. 

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