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Más ciencia y filosofía para el debate sobre el aborto

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¿Cómo es la discusión sobre el aborto? Aunque la prudencia no venda en los medios de comunicación y las redes sociales, la cuestión la requiere y, para ello, abogamos por más filosofía y ciencia en el debate público sobre el aborto.

El debate parlamentario sobre el aborto en Argentina se da en simultáneo con un debate público sobre el tema. Los escenarios de esta discusión, que sin duda pueden replicarse además en las familias y en el trabajo, incluyen dos grandes arenas: los medios de comunicación tradicionales y las redes sociales. Es en la lógica entre ambas, que se va construyendo un diálogo que puede hacer que incluso aquellos que aún no tienen una postura tomada, la terminan asumiendo.

El algoritmo de las redes sociales se moviliza con patrones absolutamente endogámicos: vemos en las redes aquellas cosas que estamos cómodos viendo, ideas que nos son amigables, de personas que nos interesan, y que probablemente generen un “me gusta”.

Las redes funcionan buscando el confort del que las usa, no la pluralidad de voces. Así es lógico pensar al consumir nuestras redes que “todos van a la marcha”, sea la del día de la mujer en la que se pidió por la despenalización del aborto, o la del día del niño por nacer, en la que se pidió para que ese proyecto de ley no prospere.

El periodismo, por su lado, tiene como corazón de su rutina la noticiabilidad. Ese es su algoritmo. El código del algoritmo es la intuición del periodista y de los editores, su habilidad para identificar el valor noticia. Cuando se encuentra con algo que cree es de valor, lo da a conocer de la manera más atractiva posible.

Y la supervivencia de esa noticia dependerá en gran medida de su habilidad y voluntad para proponerla, pero también de otras noticias que haya en ese momento, y sobre todo, del interés, mensurable, de las audiencias.

Si una nota con un enfoque determinado no tiene interés, desaparece de la pantalla, sea de computadora o de televisión. Los medios de comunicación funcionan buscando atrapar la atención de las audiencias para solventar su existencia, no sólo garantizando la pluralidad de voces.

Ni en las redes ni en los productos periodísticos la verdad es la única condición de una información para imponerse por sobre otras informaciones. No quiere decir que no tenga valor, pero no es el único valor que prima.

Los medios y las redes tienen otro punto en común: la popularidad de los agresivos. La templanza, posiblemente poco atractiva tanto para el algoritmo como para el rating, no parece ser una alternativa en la discusión. Aquel que no está dispuesto a discutir para no recibir agresiones, calla. Y tanto las redes como los medios por su misma naturaleza lo invisibilizan, pues se sienten más atractivos con la vehemencia.

La ciencia y la filosofía, de la mano, tienen mucho para aportar en el debate sobre el aborto. La primera para mostrar las cosas como probablemente son. La segunda, para discernir qué significa para nuestra especie que las cosas sean como probablemente sean. Pero ambas, ciencia y filosofía, no se sienten cómodas con la vehemencia mediática. Tienen otro método, que puede ser virulento y las fenomenales discusiones académicas lo confirman, pero no entran en la lógica de los medios y de las redes.

La prudencia filosófica ayudaría a abordar las implicancias de que exista una verdadera discusión sobre el inicio de la vida. Desde su perspectiva, abordamos como un punto de vista lógico que sólo hay dos posibilidades en disputa: o el embrión está vivo y el aborto provoca su muerte, o el embrión no está vivo y el aborto no implica un cambio de estado moral o legalmente relevante.

La cuestión es cuál de esos riesgos es más lógico correr: ¿es moralmente aceptable correr el riesgo de estar matando a un hombre? ¿Es lícito que la ley avale la posibilidad de un 50 % de estar matando un ser humano?

Aunque hay muchas y muy buenas razones para sostener que el embrión es un viviente de la especie humana, tendría que alcanzar el beneficio de la duda para desalentar el aborto con todos los medios lícitos a nuestro alcance.

Sucede como cuando un periodista tiene dos fuentes confiables diciendo exactamente lo contrario sobre un tercero. ¿Es lógico correr el riesgo de difamar o calumniar? Probablemente no. En un caso así, un periodista acudiría al uso de los verbos en modo potencial (habría hecho, habría dicho…), o probablemente ni siquiera publique la información.

En el caso del aborto, la duda sobre qué fuente está en lo cierto, si la que advierte la vida desde el momento desde la concepción o la que no, conlleva un riesgo demasiado alto, y la duda puede decantar hacia impedir el nacimiento de una persona que, posiblemente, ya sea, ya exista.

El uso de los verbos en condicional no es posible: o ese feto sigue su camino hasta el nacimiento, o deja de vivir en ese momento. Si, a fin de no difamar a una persona, no corremos el riesgo y no informamos, ¿a qué decisión prudencial debería conducirnos la posibilidad de estar terminando con una vida?

La duda llama a la prudencia. La prudencia no parece atractiva ni para el algoritmo en las redes ni para el rating en televisión. Pero en este debate sobre el aborto es muy necesaria. Abogamos por más filosofía y ciencia, en contenido y en método, para el debate público sobre el aborto.

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