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Orgullo y soledad, un posible camino al psiquiátrico

ELDER
Photographee.eu - Shutterstock
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No saber amar, un mal que puede desencadenar enfermedades mentales, como podemos ver en esta historia de vida. 

Siendo trabajadora social, acepté participar en la “adopción” de uno de los ancianos que en un asilo se encontraban en una situación de extrema soledad. Se trataba de hacerles visitas ofreciéndoles amor y compañía. Se nos advirtió de las dificultades que podríamos encontrar pues presentaban ciertos problemas de personalidad.

Así, una mañana al llegar a la institución, una enfermera me acompañó a un pequeño y soleado patio donde se encontraba un anciano en sillas de ruedas apartado de los demás. Lo abordé con mi más tierna y agradable sonrisa y como respuesta recibí la fría mirada de unos apagados ojos azules y un rostro inexpresivo.

Después de entregarle unos obsequios e intentar sin resultados convivir con él, me pidió que lo trasladase en su silla de ruedas a un lugar menos soleado. Al hacerlo me regañó alegando mi torpeza. Luego, haciendo con su mano despectivas señas, me indicó que me retirara. Su actitud era clara. Con ella me decía: “Déjeme en paz”.

Cuando cabizbaja me retiraba, me dijeron que se trataba de un hombre rico que aun defendía su posición de influencia en la familia a través de las expectativas que sostenía en su testamento, el cual modificaba con frecuencia. Y como la mayoría de sus compañeros había recibido tratamiento psiquiátrico.

Tras inútiles intentos, desistí al considerar imprescindible que mi afecto fuera aceptado y no rechazado. Para ello era fundamental entregárselo a alguien con corazón abierto. Mas en el asilo me encontraba siempre con la cerrazón de una enfermiza susceptibilidad y victimismo.

Algunos solo daban cabida al “sentirse ofendidos” sin mayores razonamientos. Mientras que otros solo hablaban de sí mismos, de su bondad y amabilidad injustamente valoradas. Todo en un monólogo  de reproche continúo,  en petición de compasión, gratitud, admiración…

Eran como gritos en un silencio creado por ellos.

Después de varios intentos, tuve suerte y encontré a un anciano vivaz, reflexivo, arrepentido. Me contó algunas historias escondidas tras el triste semblante sus compañeros. Historias en las que se podían identificar actitudes de autosuficiencia, inmadurez, amor egoísta, afán posesivo, voluntarismo, problemas matrimoniales, susceptibilidad, inseguridad y un ingente cantidad de problemas y sentimientos negativos que habían terminado aislándolos de amigos y parientes.

Todas, actitudes nacidas del desordenado amor hacia ellos mismos, que abarcó sus vida marcando un destino que los alcanzó en la vejez.

El  anciano reconoció que, como los demás, también  había caído en el autoengaño de no admitir el mal que había dentro de él, por lo que hizo de su vida una trágica comedia.

Me dio a entender que había llegado al asilo porque sepultó su verdadero yo al negarse a entregarselo por amor a un tú. Su problema de orgullo y egoísmo se convirtió en una patología de tipo neurótico, en un trastorno de soledad.

Por fortuna, con ayuda especializada pudo recuperar su lucidez. Me dijo: “Ya no más. Ha sido mucho el daño que me hice a mí mismo y a los demás, no quiero volver a la autocompasión sin esperanza, ni a ser tan susceptible que al menor atisbo de un supuesto menosprecio, comentario o actitud, se desate mi falso orgullo. Quiero terminar con mi sufrimiento y volver con los míos, ayúdeme, por favor”.

Se necesitaron varias visitas para lograr que sus parientes admitieran que volviera a formar parte de sus vidas bajo un mismo techo y darle así la oportunidad de aprender a amar. Ahora el amor que siente por los demás procede del ordenado amor que siente por sí mismo.

En la práctica de mi profesión he vuelto al asilo, e igual he visitados ancianos que viven en la soledad de descuidados departamentos que de alguna forma van acogiendo mi presencia. He comprendido que se  precisa saber conjugar la más exquisita comprensión, con la más amorosa exigencia, ya que por el orgullo y la extrema susceptibilidad, tienen una necesidad de aprecio insaciable que deriva en el sufrimiento de enfermedades neuróticas.

Cuando se tiene en casa a una persona anciana con estas características, es necesario vivir la caridad atendiéndolas en su deseo de llamar la atención, antes que dejarlas aislarse en su soberbia, ya que para ellos es mejor amar mal, que no amar nada. De lo contrario, seguirán ancladas en un círculo vicioso de autocompasión o irascibilidad, enquistadas en un yo diezmado y sin esperanzas. 

Para terminar en un asilo o en el psiquiátrico.

Escríbenos a: consultorio@aleteia.org

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