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La historia de la “reliquia” más singular de la Cristiandad

© Scala Archives
La circoncision, Armadio degli argenti (détail).
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El Santo Oficio prohibió venerarla, pero el pueblo se resiste a abandonar las viejas creencias...

Circuncidado Jesús, la Virgen María guardó con todo cuidado el “santo prepucio” y no lo perdió ni siquiera durante la huída a Egipto. Lo entregó finalmente a la Magdalena, y podemos imaginar que esto fue después de la Ascensión al cielo, cuando ya no quedaban en la tierra más vestigios de la carne de Cristo. De María de Magdala a Carlomagno tenemos un paréntesis de siglos, y no sabemos de dónde lo tomó el ángel que lo entregó al emperador en Aquisgrán, aunque tocará a su nieto Carlos el Calvo llevarlo a Roma.

Será un lansquenete alemán quien se haga con él en la gran confusión del Saqueo de Roma (1527) y lo lleve a Calcata, una villa al norte de Roma, hacia Viterbo. Allí permaneció hasta 1983, cuando fue robado de la casa del párroco, Dario Magnoni, como este denuncia a los carabinieri.

¿O quizás Dario lo hizo desaparecer obedeciendo órdenes superiores? Porque lo sagrado tiene tiempos lentos, pero también estos pasan — como todo —, y un prepucio que antes atraía hoy corre el riesgo de alejar, tanto es así que el Santo Oficio ya había prohibido la veneración de esa “reliquia” a principios del siglo XX.

Pero los párrocos seguían exponiéndola en la iglesia de los Santos Cornelio y Cipriano cada Nochevieja, en la fiesta que se llamaba in Circumcisione Domini, en la Circuncisión del Señor. Entre tanto se había producido la reforma del calendario litúrgico, y el Rito Romano celebraba a primeros de año a María Santísima Madre de Dios.

Si cambia la misa quiere decir que cambia el mundo, debieron pensar en Calcata en 1970 con la llegada del nuevo calendario, que misteriosamente preludiaba al alejamiento del increíble prepucio. Una de las reliquias más singulares de la cristiandad, entre las que se encontraba el Grial y se encuentra aún la Sindone, o la del Velo de la Verónica, también él acabó alejado como el prepucio, y ahora se encuentra — si es él — en Manoppello (Abruzzo, Italia).

¿Es el destino de las reliquias converger a Roma y volver a alejarse? Parece también que su destino sea mantener márgenes de misterio, como es obvio para quienes creen haber tocado (precisamente) el misterio. Aquí hemos contado muy sencillamente el caso del prepucio, que está lleno de apariciones y desapariciones, duplicaciones y multiplicaciones.

Son unas 32 las localidades europeas en las que el prepucio de Cristo ha sido señalado durante los siglos, explica Tonino Ceravolo en Il prepuzio di Cristo. Storie di reliquie nell’Europa cristiana (Rubbettino). Y hubo un tiempo en que supuestamente estaba tanto en Roma — en San Juan de Letrán — como en Calcata, y se argumentaba que uno era el prepucio y otro el ombligo, o sea, el cordón umbilical, que hoy se suele conservar para extraer las células madre, y que antes se conservaba quien sabe por qué, pero en el caso de Jesús, seguramente por buenos motivos.

Del cordón de hecho habla la fuente más antigua que nombra al prepucio, y se trata de un apócrifo del Nuevo Testamento, el evangelio arabo-siriaco (quizás del siglo VIII): “Lo circuncidaron en gruta. Esa vieja hebrea tomó el trocito de piel — pero otros dicen que tomó el cordón umbilical — y lo puso en una ampolla de viejo aceite de nardo”.

Hoy el cordón umbilical se suele conservar en nitrógeno líquido: por tanto, hay una clara continuidad entre el apócrifo y las normas de nuestro sistema sanitario. Pero ¿cómo se presentaba el “sacrosanto prepucio”? Lo observaron de cerca a mitad del siglo XIV dos enviados de Pablo IV. Uno de los dos, de nombre Pipinelli, apretando con los dedos “lo partió en dos” y las dos partes se describieron así por la Narración crítico-histórica de la Reliquia preciosísima del Santísimo Prepucio (que es de 1802): “Una era del grosor de un pequeñísimo garbanzo, la otra de un granito de semilla de cáñamo”.

Tantos como prepucios había — en toda Europa — sangres de Cristo: y aquí ya no se habla de la del cordón, sino de la de la Pasión, salida de las heridas de la flagelación, de las espinas, de los clavos, del costado. Una parte la recogió Longinos, el soldado que le atravesó con la lanza y que estaba allí debajo. La otra impregnaba el guante de Nicodemo, que desclavó a Jesús y que escondió el guante en el pico de un pájaro. Pero también María y la Magdalena habían recogido algo en el Calvario. Demasiada sangre y trozos de la cruz y de las espinas de la corona, que pronto desencadenaron burlas, de Boccaccio a Chaucer, a Calvino, hasta Garibaldi y Joyce.

Erasmo de Rotterdam afirmaba no sin ironía que en sus tiempos había tantos fragmentos de la cruz que se podría construir un barco. Pero san Paulino se tomó en serio la proliferación de las esquirlas y encontró una solución: la reintegración de la cruz; se podían extraer todos los fragmentos que se quisiera, pero la cruz seguía estando íntegra.

Boccaccio por su parte, en la novela décima de la sexta jornada, saca a escena al inefable Fray Cebolla, que promete a ciertos campesinos mostrarles “la pluma del ángel Gabriel”, pero después — habiendo sufrido el robo de la pluma — se aviene a mostrar los “carbones que asaron a San Lorenzo”.

En aquellos tiempos, sátira y devoción se tocaban: una “santa lágrima” derramada por Cristo por Lázaro muerto se conservaba en Vendôme, y en Roma, en San Lorenzo in Lucina, había – hay – un trozo de la parrilla de San Lorenzo.

El culto de las reliquias no cesa con la llegada del tercer milenio. Come entonces los fragmentos de la cruz, hoy son innumerables los filamentos del sayal de Padre Pío por todo el mundo, o las ampolletas con la sangre de Wojtyla recogido por don Stanislaw — nuevo Nicodemo — con ocasión de un análisis en el Gemelli. Tampoco termina la cantidad de reliquias de contacto, o reliquias de reliquias.

Antes se multiplican por todas partes los birretes y las camisas de Garibaldi, y hoy vemos a los peregrinos que ofrecen un capelo al papa Francisco, que se lo pone en la cabeza un momento y se lo devuelve a su dueño, haciéndolo suyo “por contacto”. ¿Y el entusiasmo de los napolitanos por la presencia en la ciudad de las “cenizas” de Pino Daniele? ¿Y los autógrafos no son una reliquia? ¿Y la manía de los selfies? Reliquia por contacto, reliquia por imagen. Las reliquias cambian, pero no cesa, porque es propio de la vida dejar reliquias y quizás el mundo entero sea un relicario.

[Por Luigi Accatoli, tomado de “la Lettura” – Corriere della Sera – del 29 marzo 2015]

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reliquias
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